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Mientras que Hullin, al frente de los montañeses, se preparaba para la defensa, el loco Yégof, aquel ser inconsciente, aquel desgraciado que llevaba en la cabeza una corona de hojalata, aquella dolorosa imagen del alma humana herida en su parte más noble, más hermosa y más importante, la inteligencia, el loco Yégof, con el pecho descubierto, los pies desnudos, insensible al frío, como el reptil preso en el hielo, vagaba de montaña en montaña, en medio de las nieves.
¿Por qué causa los privados de razón resisten las temperaturas más rigurosas, mientras que las personas con juicio en el mismo caso sucumben? ¿Se debe a una concentración más poderosa de la vida, a una circulación más rápida de la sangre, a un estado continuo de fiebre? ¿Es efecto de la sobreexcitación de los sentidos, o tiene quizás un origen que se desconoce?
La Ciencia nada dice a este respecto, pues no admite mas que causas materiales y se declara impotente para explicar tales fenómenos.
Yégof caminaba a la ventura mientras que la noche se acercaba; el frío aumentaba por momentos, y los zorros rechinaban los dientes persiguiendo una caza invisible: el buharro hambriento se dejaba caer sobre la maleza con las garras vacías, lanzando angustiosos gritos. El loco, con el cuervo al hombro, gesticulando y hablando como en sueños, caminaba, caminaba sin cesar, desde el Holderloch al Sonneberg, y desde el Sonneberg al Blutfeld.
Mas durante aquella noche el pastor Robin, de la granja de «El Encinar», iba a ser testigo del más raro y emocionante espectáculo.
Habiendo sorprendido al pastor Robin las primeras nieves, algunos días antes, en lo hondo del puerto de Blutfeld, dejó abandonado allí su carro, para llevar el rebaño a la granja; pero notando la falta de la piel de carnero con que se cubría y que se había dejado olvidada en su cabaña ambulante aquel día, terminada su labor, se puso en camino, hacia las cuatro de la tarde, para ir a buscarla.
El Blutfeld, situado entre el Schneeberg y el Grosmann, es una estrecha garganta rodeada de ingentes rocas cortadas a pico. Una corriente de agua se desliza por allí sinuosamente, tanto en invierno como en verano, a la sombra de crecidas malezas, y al fondo se extiende un ancho prado, en el que se ven grandes piedras esparcidas.
Rara vez cruza este desfiladero la gente de los contornos, porque el Blutfeld tiene algo de siniestro, sobre todo en invierno, a la luz de la Luna. Las personas ilustradas de la comarca, el maestro de escuela de Dagsburg lo mismo que el de Halzach, dicen que en aquel sitio se había librado una gran batalla entre los triboques y los germanos, los cuales querían penetrar en las Galias a las órdenes de un jefe llamado Luitprandt. Dicen los mismos que los triboques, situados en las cumbres de alrededor, arrojaron sobre sus enemigos numerosas piedras de gran tamaño y los trituraron allí como en un mortero, y que del hecho de tan gran matanza el puerto lleva el nombre de Blutfeld (campo de sangre). Se encuentran en tal lugar trastos viejos, pedazos de lanza enmohecidos, trozos de casco y espadas de dos varas de largas en forma de cruz.
De noche, cuando la Luna ilumina aquel campo y las ingentes piedras cubiertas de nieve, cuando el cierzo sopla moviendo las zarzas heladas, parece que se oye el grito de espanto de los germanos en el momento de la sorpresa, el llanto de las mujeres, el relinchar de los caballos, el estruendoso rodar de los carromatos que desfilaron; pues, a lo que parece, aquellos hombres conducían en carros cubiertos de pieles a mujeres, niños, viejos y todo cuanto poseían en oro y plata, así como sus muebles, del mismo modo que lo hacen los alemanes que se marchan a América.