Después se levantó y, golpeando una piedra con el cetro, dijo:

—¡Aquí están tus huesos!

Acercose a otra piedra, y añadió:

—¡Y los tuyos, Merweg, los tuyos!

El cortejo de lobos le siguió; el loco, subiéndose a una piedra y contemplando el abismo silencioso, exclamó:

—¡Nuestro canto de guerra ha muerto! ¡Nuestro canto de guerra es una lamentación! ¡La hora de que resucite se acerca! Y vosotros seréis los guerreros: volverán a ser vuestras estas cañadas y estas montañas.

—¡Oh! En el aire vibran aún los chirridos de los carros, los gritos de las mujeres, los golpes de las mazas.

—Sí, sí; nuestros enemigos descendieron de las alturas y nos vimos rodeados. Y ahora, todo ha muerto; oíd, todo ha muerto; vuestros huesos reposan, pero vuestros hijos llegan, y el día de la venganza volverá. ¡Cantad! ¡Cantad!

Y el loco comenzó también a aullar, mientras que los lobos reanudaban sus salvajes gritos.

Aquellos quejidos se hacían cada vez más lastimeros, y en el silencio de los montes cercanos, unos en sombra y otros iluminados por la Luna, en medio de la absoluta quietud de los arbustos que se doblaban por el peso de la nieve, los ecos lejanos respondían al lúgubre concierto con voz tan misteriosa, que el pobre pastor se hallaba poseído de un horror de que guardaría memoria durante toda su vida.