Pero su temor iba disminuyendo porque Yégof y su fúnebre cortejo se hallaban cada vez más lejos y se encaminaban hacia Halzach.

El cuervo, lanzando un grito ronco, extendió las alas y levantó el vuelo en el cielo azul pálido.

Esta sorprendente escena desapareció sin dejar rastro.

Durante largo tiempo, Robin oyó los aullidos que, poco a poco, se extinguían. Hacía más de veinte minutos que habían cesado y que el silencio del invierno reinaba solo en aquel abrupto paraje, cuando el buen hombre, sintiéndose seguro, salió de la garita y tomó corriendo el camino de la granja.

Cuando llegó a «El Encinar» encontró toda la casa en movimiento. Se hacían preparativos para matar un buey con destino a la tropa del Donon. Hullin, el doctor Lorquin y Luisa se habían marchado con los del Sarre. Catalina Lefèvre dirigía en persona la operación de cargar la galera, tirada por cuatro caballos, de pan, carne y aguardiente. Todo era ir y venir, correr y ayudar a hacer los preparativos.

Robin no pudo contar a nadie lo que había presenciado. Además, aquello le parecía a él mismo tan increíble, que no se atrevía a abrir la boca.

Y cuando se acostó en el pesebre que le servía de cama, en medio del establo, acabó por convencerse que Yégof había en otro tiempo domesticado una camada de lobos y que hablaba con ellos de sus desvaríos, como a veces se habla a un perro.

Pero siempre conservó de tal encuentro un temor supersticioso, y aun en su más avanzada edad el buen hombre no habló nunca de estas cosas sin estremecerse.

XI

Cuanto Hullin ordenó llevose a cabo; los desfiladeros de la Aduana y del Sarre se fortificaron con solidez; el de Blanru, que se hallaba a un extremo de la posición, fue puesto en condiciones de defensa por el propio Juan Claudio y los trescientos hombres que constituían su fuerza principal.