Todo el campo se puso en movimiento; algunos hombres corrieron a avisar a Hullin, que desde hacía una hora dormía en la alquería, echado en un enorme jergón, junto al doctor Lorquin y su perro Plutón.
Los tres salieron, acompañados del pastor Lagarmitte, a quien se había nombrado trompeta, y del anabaptista Pelsly, persona grave, de amplia barba corrida alrededor de las mandíbulas, que iba con los brazos metidos hasta los codos en los enormes bolsillos de su túnica de lana gris guarnecida de broche de latón, y a quien la borla de su gorro de algodón le caía en medio de la espalda.
Juan Claudio parecía contento.
—¿Qué hay, Nickel? ¿Qué pasa por allá abajo?—exclamó.
—Hasta el presente, nada nuevo, señor Juan Claudio; sólo del lado de Falsburgo se oye tronar como si fuese una tormenta. Labarbe dice que son cañonazos, porque durante la noche se han visto pasar los relámpagos sobre el bosque de Hildehouse, y esta mañana unas nubes grises se han extendido por el llano.
—Están atacando la ciudad—dijo Hullin—, ¿pero del lado de Lutzelstein?
—No se oye nada—respondió Bentz.
—Entonces es que el enemigo se propone rodear la plaza. De todos modos, los aliados están allá abajo; debe de haber muchísima gente en Alsacia.
Luego, volviéndose hacia Materne, que estaba de pie detrás de él, dijo:
—No podemos permanecer más tiempo en esta incertidumbre; así es que vas a salir, con tus hijos, de reconocimiento.