El rostro del viejo cazador se animó repentinamente.
—¡Muy bien! Por fin voy a poder estirar un poco las piernas—dijo Materne—, y a ver si logro despachar a uno de esos granujas de austriacos o de cosacos.
—¡Un momento, amigo mío! No se trata ahora de despachar a nadie; se trata de ver lo que pasa. Frantz y Kasper llevarán armas; pero tú, como te conozco, vas a dejar aquí la carabina, el cuerno de la pólvora y el cuchillo de monte.
—¿Y por qué?
—Porque tienes que entrar en poblado, y si te cogen con armas te fusilarán inmediatamente.
—¿Me fusilarán?
—Desde luego. Nosotros no somos tropas regulares y no podemos ser prisioneros; nos fusilan, y en paz. Así es que vas a tomar el camino de Schirmeck, con un palo solamente en la mano, y tus hijos te seguirán de lejos marchando entre la maleza, a la distancia de medio tiro de carabina. Si te atacan algunos merodeadores, ellos te auxiliarán; pero si es una columna o un pelotón, no harán nada y dejarán que te prendan.
—¡Ellos van a dejar que me prendan!—exclamó el cazador indignado—; yo quisiera ver semejante cosa.
—Sí, Materne, y eso será lo más sencillo, porque a un hombre desarmado se le suelta pronto; pero a un hombre que lleva armas se le fusila. No tengo necesidad de decirte que no pregones que vas a espiar a los alemanes.
—¡Ah!, ¡ah!, entiendo. Sí, sí; no está mal pensado; yo nunca dejo la carabina, Juan Claudio; pero la guerra es la guerra; aquí tienes la carabina, el cuerno y el cuchillo. ¿Quién quiere prestarme una blusa y un palo?