Nickel Bentz le dio su angarina y su sombrero. La gente que les rodeaba contemplábales con admiración.
Cuando hubo cambiado de traje, cualquiera hubiese tomado al anciano cazador, a pesar de sus grandes bigotes grises, por un aldeano de la montaña alta.
Sus dos hijos, muy satisfechos de tomar parte en aquella primera expedición, repasaban las espoletas de las carabinas, y sacando las bayonetas de caza, largas y rectas como espadas, las colocaron al extremo de los cañones. Al mismo tiempo requerían los cuchillos de monte, se pasaban los morrales, con un movimiento de hombros, a la cintura y se convencían de que todo se hallaba en orden, mientras dirigían a su alrededor miradas de triunfo.
—¡Eh, cuidado!—les dijo riendo el doctor Lorquin—; no olviden el consejo del señor Juan Claudio: ¡prudencia! Un alemán más o menos entre cien mil no nos ha de sacar ciertamente de apuros; en cambio, si alguno de ustedes vuelve estropeado, será difícil encontrar quien le sustituya.
—¡Oh, no tenga usted cuidado, doctor!, ¡iremos con el ojo alerta!
—Mis hijos—respondió altivamente Materne—son verdaderos cazadores y saben esperar y aprovechar la ocasión. No tirarán mas que si yo llamo. ¡Puede usted estar tranquilo! Y ahora, en marcha; hay que estar de vuelta antes de que llegue la noche.
Los expedicionarios salieron.
—¡Buena suerte!—les gritó Hullin, mientras trepaban por la nieve para salvar los obstáculos amontonados en el camino.
No tardaron los tres cazadores en descender al sendero que acorta el camino hacia la derecha de la sierra.
Los montañeses que formaban la partida le siguieron con la mirada. Sus largos cabellos rojos y rizados, sus enjutas y prolongadas piernas, sus anchos hombros, sus movimientos ligeros y rápidos, todo revelaba que, en caso de ocurrir un encuentro, cinco o seis kaiserlicks no saldrían bien parados de semejantes hombres.