Materne, acto continuo, bajó por la ladera, cubierta de nieve, hasta los jardinillos escalonados que se extienden por encima de Grand-Fontaine, en lo que tardó unos diez minutos; después, siguiendo unos surcos, llegó a la pradera, atravesó la plaza de la aldea, y sus dos hijos, que aguardaban con las armas en descanso, le vieron entrar en la posada. Pocos momentos después el cazador apareció en el umbral y agitó el sombrero, lo cual produjo a los jóvenes viva satisfacción.
No había pasado un cuarto de hora cuando los dos muchachos se encontraron con su padre en la sala grande de La Piña; era aquélla una habitación baja de techo, que tenía una estufa de hierro pintada de color plomo, con el suelo terrizo y unas largas mesas de pino perfectamente limpias con cola de caballo.
A excepción del posadero Dubreuil, el más gordo y apoplético de los taberneros de los Vosgos, un hombre de vientre hinchado en forma de odre, que se sustentaba en los enormes muslos, de ojos redondos, de nariz chata, con una verruga en la mejilla derecha y una triple papada que le caía a la manera de cascada sobre el doblado cuello de la camisa, a excepción de este curioso personaje, sentado en un ancho sillón de cuero cerca de la estufa, Materne se encontraba solo. Acababa el cazador de llenar las copas, cuando en el viejo reloj dieron las nueve; el gallo de madera agitaba las alas con un chirrido extraño.
—¡Salud, señor Dubreuil!—dijeron los muchachos con voz ruda.
—¡Buenos días, amigos míos, buenos días!—respondió el posadero esforzándose por sonreír; y luego, con voz opaca, preguntó:
—¿No hay nada nuevo?
—¡No, por cierto!—respondió Kasper—; ha llegado el invierno, el tiempo del jabalí.
Después, dejando uno y otro las carabinas en el rincón de la ventana, al alcance de la mano, por si llegaba un caso de alarma, montaron la pierna por encima del banco y se sentaron frente a su padre, que ocupaba la cabecera de la mesa.
Bebieron los tres, después de decir: «¡A vuestra salud!», como tenían siempre costumbre de hacer.
—¿De modo—dijo Materne volviéndose hacia el enorme posadero, como si prosiguiera una conversación interrumpida—que usted cree, señor Dubreuil, que no tenemos nada que temer en el bosque de las Baronías y que podremos tranquilamente entregarnos a cazar jabalíes?