—¡Oh!, de eso no sé nada—exclamó el posadero—; sólo puedo decir que hasta el presente los aliados no han pasado de Mutzig y, además, que no hacen daño a nadie y que admiten a todos los hombres de buena voluntad que quieran combatir al usurpador.
—¡El usurpador! ¿Qué es eso?
—¡Bah! ¡Napoleón Bonaparte, el usurpador, todo el mundo lo conoce! Miren ustedes a la pared.
Y les señaló un cartelón pegado a la pared, cerca del reloj.
—Vean ustedes esto y se convencerán que los austriacos son verdaderamente amigos nuestros.
Las cejas del anciano Materne se unieron; pero reprimiendo acto continuo aquel estremecimiento, dijo:
—¡Ah, bah!
—Sí; lean eso.
—Pero si yo no sé leer, señor Dubreuil, ni mis hijos tampoco; explíquenos usted por encima de lo que se trata.
Entonces el tabernero, apoyando las pesadas manos rojas en los brazos del sillón, se levantó resoplando como un becerro y fue a colocarse delante del cartelón, con los brazos cruzados sobre su enorme grupa. Después, en tono solemne, leyó una proclama de los soberanos aliados en la que declaraban «que habían declarado la guerra a la persona de Napoleón, pero no a Francia; y como consecuencia de ello todo el mundo debía permanecer tranquilo y no mezclarse en sus asuntos, so pena de ser quemados, saqueados y fusilados».