Los cazadores oyeron la lectura y se miraron unos a otros con extrañeza.

Cuando Dubreuil hubo acabado, se dirigió a su asiento, mientras decía:

—¡Ya lo ven ustedes!

—¿Y cómo tiene usted esto?—preguntó Kasper.

—Ese cartel, hijo mío, está puesto en todas las esquinas.

—¡Pues bien, no nos parece mal!—dijo Materne asiendo el brazo de Frantz, que se levantaba echando chispas por los ojos—. ¿Quieres fuego, Frantz? Aquí tienes mi eslabón.

Frantz volvió a sentarse; el viejo tomó una expresión ingenua y preguntó:

—Y nuestros amigos los alemanes ¿no se quedan con nada de nadie?

—La gente pacífica no tiene nada que temer; pero a los granujas que se insurreccionen se les confisca todo; y eso es justo, pues los buenos no deben pagar las culpas de los malos. Así, ustedes, por ejemplo, en lugar de ser maltratados, serían muy bien recibidos en el cuartel general de los aliados. Conocen ustedes la comarca, podrían servir de guías y les pagarían espléndidamente.

Hubo un instante de silencio; los cazadores se miraron otra vez; el padre había extendido las manos sobre la mesa, abriéndolas mucho, como aconsejando a sus hijos que tuvieran calma. Sin embargo, Materne estaba pálido.