El posadero, que no se daba cuenta de nada, prosiguió:

—Ustedes tienen que temer más bien, por el bosque de las Baronías, a esos bandidos de Dagsburg, del Sarre y del Blanru que se han sublevado en masa y quieren volver al 93.

—¿Está usted seguro?—preguntó Materne haciendo esfuerzos por dominarse.

—¡Estoy seguro! No tiene usted mas que mirar por la ventana y los verá en el camino del Donon. Han sorprendido al anabaptista Pelsly, lo han atado al pie de la cama y se entregan a robar, al saqueo y a cortar los caminos; pero que tengan mucho cuidado. Dentro de pocos días van a ver cosas buenas. No son mil hombres los que los van a atacar; no son diez mil, son millares de millares... ¡Y no quedará uno!

Materne se levantó y dijo secamente:

—Es hora de ponerse en camino; hay que estar en el bosque a las dos, y estamos aquí hablando tranquilamente como cotorras. ¡Hasta la vista, señor Dubreuil!

Salieron los tres rápidamente, no pudiendo reprimir la cólera.

—¡No olviden lo que les he dicho!—gritó el posadero desde su asiento.

Una vez fuera, volviose Materne y exclamó, al tiempo que le temblaban los labios:

—Si no me hubiese contenido, le hubiera roto la botella en la cabeza.