—Y yo—dijo Frantz—estuve por atravesarle la tripa con la bayoneta.
Kasper, con un pie en el escalón, parecía querer entrar; apretaba el mango del cuchillo de monte y su rostro tenía una expresión terrible. Pero el anciano lo cogió del brazo y se lo llevó, mientras decía:
—Vamos, vamos... ¡Ya nos lo tropezaremos más adelante! ¡Aconsejarme a mí que haga traición a mi país! Hullin hizo bien advirtiéndonos que tomáramos precauciones; tenía razón.
Bajaron los cazadores por la calle, dirigiendo a derecha e izquierda miradas hurañas. Las gentes se preguntaban unas a otras: «¿Qué les sucede a ésos?»
Cuando llegaron a las afueras del pueblo, frente a una cruz antigua que se alza muy cerca de la iglesia, se detuvieron los tres, y Materne, en un tono más reposado, señalando a sus hijos el sendero que, entre brezos, rodea a Framont, les dijo:
—Vais a tomar esa vereda. Yo sigo el camino hasta Schirmeck. No iré muy de prisa, para que podáis llegar al mismo tiempo que yo.
Se separaron, y el anciano cazador, muy pensativo y cabizbajo, anduvo un buen trecho preguntándose cuál habría sido la causa interna que le impidió abrir la cabeza al obeso posadero. Materne pensó que el hecho obedecía, sin duda, al miedo de comprometer a sus hijos.
Mientras iba pensando en estas cosas, Materne se encontraba de vez en cuando numerosos rebaños de bueyes, carneros y cabras que se encaminaban a la sierra. Había algunos que venían de Wisch, de Urmatt y hasta de Mutzig; los pobres animales no podían más.
—¿Adónde demonios vais tan de prisa?—gritaba el cazador a los pastores cariacontecidos—. ¿No tenéis vosotros confianza en las proclamas de los rusos y de los austriacos?
Los campesinos, de mal humor, le respondían: