Todos se sentaron a la misma mesa, frente a las ventanas, para no perder de vista el camino; sirviéronles vino, y cada cual comenzó a contar lo que sabía; uno dijo que los aliados eran tantos que tenían que acostarse uno junto a otro en el valle de Hirschenthal, y que estaban tan llenos de miseria que, así que se marchaban, las hojas secas andaban solas por el bosque; otro contó que los cosacos habían prendido fuego a una aldea de Alsacia porque no les dieron velas como postre después de una comida; que algunos de ellos, en particular los calmucos, comían jabón como si fuera queso, y la corteza del tocino como galleta; que muchos bebían aguardiente en vasos, después de haber echado en el líquido varios puñados de pimienta; que era preciso ocultarlo todo, porque todo era para ellos comestible y bebedero.

A este propósito, el guía dijo que, tres días antes, un cuerpo de ejército ruso, que había pasado por la noche al alcance de los cañones de Wisch y se había visto obligado a detenerse durante más de una hora en medio de la nieve, en la aldehuela de Rorbach, había bebido en un calentador que se hallaba abandonado en una ventana de la casa de una anciana de ochenta años; añadió que aquellos salvajes rompían el hielo para bañarse y luego, para secarse, se metían en hornos de ladrillos; en una palabra, que sólo temían al caporal schlague.

Aquellas sencillas gentes refirieron cosas tan extrañas—vistas por ellos mismos, según aseguraban, o sabidas por personas veraces—que apenas se podía creer nada de lo que contaban.

Fuera proseguía sin interrupción el tumulto, el rodar de los carros, el berrear de los rebaños, el clamor de los fugitivos, lo que producía el efecto de un descomunal zumbido.

A mediodía, cuando Materne y sus hijos se disponían a partir, oyose un grito más fuerte, más prolongado que los demás: «¡Los cosacos!, ¡los cosacos!»

Todo el mundo salió fuera, a excepción de los cazadores, que se limitaron a abrir una ventana para ver lo que pasaba; la gente huía a campo traviesa; hombres, rebaños, carros, todo se dispersaba como las hojas ante el viento del otoño.

En menos de dos minutos el camino quedó libre, salvo en Schirmeck, donde era tal la confusión, que no se podía dar un paso. Materne, alzando la vista a la parte más lejana del camino, exclamó:

—No hago mas que mirar, pero no veo nada.

—Ni yo—contestó Kasper.

—¡Vamos!, ¡vamos!—exclamó el cazador—; me parece que el miedo de esta gente atribuye al enemigo más fuerza de la que tiene. No recibiremos nosotros así a los cosacos en la sierra; ¡ya encontrarán quien les dé las buenas tardes!