Aquella huída fue tan rápida como una visión; en el momento que Kasper apuntaba por segunda vez, la cola del último caballo desaparecía entre los matorrales.

El caballo del cosaco muerto permanecía solo, junto al agua, porque una rara circunstancia le impedía moverse; su dueño, con la cabeza hundida en el légamo, tenía el pie metido en el estribo.

Materne, desde lo alto de la roca, estuvo escuchando un momento; después, alegremente, dijo:

—¡Se han marchado!... Pues bien...; vamos a ver. Tú, Frantz, quédate aquí... por si volviera alguno...

A pesar de la advertencia, los tres bajaron adonde se hallaba el caballo.

Materne cogió acto continuo la brida, diciendo:

—¡Bien, amigo mío!; ahora te enseñaremos a hablar francés.

—¡Vámonos!—dijo Kasper.

—No; hay que ver lo que hemos tirado; eso servirá para animar a los compañeros; los perros que no muerden la piel del animal nunca son buenos cazadores.

Los tres hombres extrajeron del légamo al cosaco, lo colocaron atravesado sobre el caballo y comenzaron a subir la falda del Donon por un sendero tan rápido, que Materne, en más de cien ocasiones, llegó a decir: «El caballo no puede pasar por ahí.»