Pero el caballo, que era tan ágil como una cabra, pasaba más fácilmente que ellos; visto lo cual, el anciano acabó diciendo:

—¡Excelentes caballos tienen estos cosacos! Si llego a viejo, éste me servirá para ir a cazar corzas. Hemos dado con un caballo excelente, muchachos; a pesar de su aspecto vacuno, vale tanto como un caballo de camino.

De vez en cuando hacía Materne sobre el cosaco reflexiones como éstas:

—¡Qué cosa más singular!, ¿eh? Una nariz redonda y una frente como una caja de queso. ¡Y eso que hay hombres raros en el mundo! Le has dado bien, Kasper; exactamente en medio del pecho; y, mira, la bala le ha salido por la espalda. ¡La pólvora es magnífica! Divès tiene siempre buen género.

Hacia las tres de la tarde, los caminantes oyeron las primeras voces de los centinelas de la partida:

—¿Quién vive?

—¡Francia!—respondió Materne adelantándose.

Todos salieron al encuentro de los recién llegados, gritando: «¡Viva Materne!»

El mismo Hullin, lleno de tanta curiosidad como los demás, no pudo contenerse y acudió, acompañado del doctor Lorquin. Los hombres de la partida rodeaban ya al caballo, y alargaban el cuello y se quedaban pasmados, junto a la gran hoguera en la que la comida se sazonaba.

—Es un cosaco—dijo Hullin, estrechando la mano de Materne.