—Sí, Juan Claudio; le vimos en la laguna de Riel, y Kasper le tiró.

Varios hombres bajaron el cadáver de la cabalgadura y le tendieron en el suelo.

Su rostro, de color amarillo viejo, presentaba reflejos extraños a la luz de las llamas.

El doctor Lorquin, después de contemplarlo, dijo:

—Es un hermoso ejemplar de la raza tártara; si yo tuviese tiempo, lo cubriría con una capa de cal para tener un esqueleto de esta especie.

Luego, arrodillándose y abriendo el largo casacón que cubría el cuerpo del cadáver, dijo:

—La bala ha atravesado el pericardio, lo que produce un efecto semejante al de un aneurisma cuando revienta.

Todos los demás guardaban silencio.

Kasper, con la mano apoyada en el cañón de la carabina, parecía muy contento de su cacería, y Materne, frotándose las manos, decía:

—Yo estaba seguro que les traería a ustedes algo; nosotros, lo mismo mis hijos que yo, nunca volvemos con las manos vacías. En fin, ahí está.