Habia en ello un pensamiento liberal; querian significar que el Evangelio no tiene lengua propia, que puede traducirse en todos los idiomas y que la traduccion vale tanto como el original. No era esta la creencia del judaismo ortodoxo. El hebreo era para el judío de Jerusalem la lengua santa, y en su opinion ningun idioma podia comparársele. Las traducciones de la Biblia eran poco apreciadas porque se permitian en ellas varios cambios y modificaciones, al paso que el texto hebreo era escrupulosamente conservado. Bien es cierto que los judíos de Egipto y los helenistas de Palestina practicaban un sistema más tolerante, puesto que empleaban el griego para la oracion[212] y acostumbraban á leer las traducciones griegas de la Biblia, pero la primera idea cristiana fué todavía más lata; segun ella, la palabra de Dios no tiene lengua propia; es libre de toda traba, pertenece á todos los idiomas y no exige intérprete. La facilidad con que el cristianismo se separó del dialecto semítico que hablaba Jesús, la libertad que concedió á cada pueblo para crearse su liturgia y sus versiones de la Biblia en dialecto nacional, procedia de esta especie de emancipacion de lenguas. Generalmente se admitia que el Mesías reduciria los idiomas y los pueblos á la unidad[213]. El uso comun y la promiscuidad de los lenguajes eran el primer paso dado hácia aquella grande era de pacificacion universal.
Sin embargo, el don de las lenguas se transformó luego considerablemente y produjo efectos muy extraños. La exaltacion de las cabezas originó el éxtasis y la profecía. En los momentos de éxtasis, el fiel, inspirado por el Espíritu, proferia sonidos inarticulados y sin conexion, que se tomaban por palabras de un idioma extranjero y que se procuraba interpretar con la mayor candidez[214]. Otras veces se creia que el extático hablaba una lengua nueva y desconocida hasta entonces[215] ó el lenguaje mismo de los ángeles[216]. Tan extrañas escenas, que fueron causa de muchos abusos no se generalizaron sino algun tiempo despues,[217] aunque es probable que ya tendrian lugar desde los primeros tiempos del cristianismo. Las visiones de los antiguos profetas habian ido acompañadas de fenómenos de excitacion nerviosa[218]. El estado ditirámbico de los Griegos originaba hechos de la misma clase; la Pitia empleaba con preferencia aquellas palabras extranjeras ó inusitadas, llamadas como en el fenómeno apostólico, glosas[219]. Muchas palabras empleadas como santo y seña por el cristianismo primitivo, las cuales son justamente bilingües ó formadas de anagramas, tales como Abba pater, anathema Maranatha[220] procedian quizás de estos accesos extraños, mezclados de suspiros[221], de gemidos ahogados, de jaculatorias, oraciones y de arrebatos que se tenian por proféticos. Eran como una música vaga del alma, compuesta de sonidos indistintos, que los oyentes procuraban traducir en imágenes y en palabras determinadas[222] ó mejor dicho, plegarias del Espíritu dirigidas á Dios en un lenguaje conocido de Dios solo, y que él sabia interpretar[223]. El extático, efectivamente, ignoraba lo que decia sin tener siquiera conciencia de ello.[224] Los concurrentes escuchaban con avidez y atribuian á estas sílabas incoherentes pensamientos que traducian en seguida. Cada cual las aplicaba á su dialecto y procuraba comprender con la mayor candidez estos sonidos ininteligibles por lo que sabia de los demás idiomas. El oyente siempre lograba explicárselo, porque en último resultado, daba á estas palabras entrecortadas un sentido conforme á lo que pensaba.
La historia de las sectas de iluminados abunda en hechos de la misma clase. Los predicadores de las Cevenas ofrecieron varios casos de «glosolalia»[225]; pero el más notable es el de los «leyentes» suecos[226] ocurrido en los años de 1841 á 1843. Palabras sin sentido para los que las pronunciaban y acompañadas de convulsiones y desmayos, fueron durante largo tiempo el ejercicio diario de aquella pequeña secta, lo que pasó á ser contagioso y originó un gran movimiento popular. Entre los irvingianos, el fenómeno de las lenguas se presentaba con caractéres que reproducian exactamente las relaciones de las Actas y de San Pablo[227]. Nuestro siglo ha visto escenas de ilusion del mismo género que no creemos deber mencionar, porque no es justo comparar la credulidad inherente á un gran movimiento religioso, con la credulidad que únicamente reconoce por causa la torpeza de imaginacion.
En ciertos casos, estos fenómenos se verificaban en público. Algunos extáticos, en el momento de sus extravagantes iluminaciones, se atrevian á salir y á presentarse ante la gente, que los tomaba por borrachos[228]. Aunque sóbrio en cuestion de misticismo, Jesús habia ofrecido más de una vez los fenómenos ordinarios del éxtasis[229]. Durante dos ó tres años, sus discípulos estuvieron embargados por estas ideas. El profetismo era frecuente y considerado como un don análogo al de las lenguas[230]. La oracion, mezclada de convulsiones, de modulaciones cadenciosas, de suspiros místicos, de entusiasmo lírico, de cantos en accion de gracias,[231] era un ejercicio cotidiano. Esto dió nacimiento á un considerable número de «cánticos», «salmos» é «himnos» imitados á los del antiguo testamento[232]. Unas veces la boca y el corazon se acompañaban mútuamente, y otras el corazon cantaba solo, acompañado interiormente por la gracia[233]. Como no habia ninguna lengua que pudiese expresar las sensaciones nuevas que se experimentaban, se usaba un tartamudeo indistinto, á la vez sublime y pueril, en el que flotaba, en estado de embrion, lo que podriamos llamar «la lengua cristiana». No encontrando el cristianismo en las lenguas antiguas un instrumento adecuado á sus necesidades, las eliminó; pero antes que la religion nueva se hubiese formado un idioma para su uso, se pasaron algunos siglos de esfuerzos oscuros y de gemidos. El estilo de San Pablo, y en general, de los escritores del Nuevo Testamento, ¿qué es, bien considerado, sino la improvisacion ahogada, jadeante é informe del «glosolalio»? Carecian de lengua. Lo mismo que los profetas, principiaban con el a a a del niño.[234] No sabian hablar, ni producirse ni en griego ni en semítico. De ahí provino la enorme violencia hecha al lenguaje por el cristianismo naciente. Diríase que eran tartamudos, en cuya boca los sonidos se chocaban, se ahogaban y producian una pantomima confusa, pero soberanamente expresiva.
Todo esto distaba mucho del sentimiento de Jesús; pero para unos entendimientos penetrados de la creencia en lo sobrenatural, dichos fenómenos tenian una grande importancia. El don de las lenguas, particularmente, era considerado como un sello esencial de la nueva religion y como una prueba de su verdad[235]. Sea como fuere, ello es que producia abundantes frutos de edificacion, y hacia convertir á muchos paganos[236]. Hasta el siglo III la «glosolalia» se manifestó de una manera análoga á lo que describe San Pablo, y fué considerada como un milagro permanente[237]. Algunas de las palabras sublimes del cristianismo, han salido de aquellos suspiros entrecortados. El efecto general era tierno y penetrante. Este modo de reunir sus inspiraciones y de abandonarlas á la interpretacion de la comunidad, debia establecer entre los fieles un profundo lazo de fraternidad.
Conforme sucede con todos los místicos, los nuevos sectarios llevaban una vida de ayuno y de austeridad[238]. La mayor parte de los orientales comian muy poco, lo que contribuia á mantenerlos en la exaltacion. La sobriedad del Sirio, causa de su debilidad física, lo ponia en un estado perpétuo de calentura y de susceptibilidad nerviosa. Nuestros grandes y continuos esfuerzos de imaginacion serian imposibles con semejante régimen; pero esta debilidad cerebral y muscular, les ocasionaban, sin causa aparente, vivas alternativas de tristeza y de alegría, que hacian elevar su alma hácia Dios. Lo que llamaban la «tristeza de Dios»[239] pasaba por un don del cielo. Toda la doctrina de los Padres de la vida espiritual, de Juan Clímaco, Basilio, Nilo y Arsenio, todos los secretos del grande arte de la vida interior, una de las creaciones más gloriosas del cristianismo, germinaban en la fantástica disposicion de ánimo que atravesaron durante sus dias de expectacion extática, aquellos antepasados ilustres de todos los «hombres de deseos». Su estado moral no era regular; vivian en lo sobrenatural. Solo obraban por visiones; los sueños y las circunstancias más insignificantes les parecian avisos del cielo[240].
Bajo el nombre de dones del Espíritu Santo, se ocultaban las más raras y exquisitas efusiones del alma: amor, piedad, temor respetuoso, suspiros sin objeto, languidez súbita, ternuras espontáneas. Todo lo que nace bueno en el hombre, sin esfuerzo de éste, se atribuia á un soplo divino. Las lágrimas, especialmente, eran consideradas como una gracia del cielo. Este don precioso, privilegio únicamente de las almas buenas y puras, se producia con dulzuras infinitas. Nadie ignora la fuerza que sacan las naturalezas delicadas, sobre todo las mujeres, de la divina facultad de poder llorar mucho: es su plegaria, sin duda alguna, la más santa de las plegarias. Es preciso transportarse á la edad media y considerar la piedad tan regada con lágrimas de San Bruno, San Bernardo, y San Francisco de Asís, para volver á encontrar las castas melancolías de aquellos primeros tiempos en los que verdaderamente se sembraran lágrimas para recoger alegrías. Entonces, llorar era un acto piadoso; los que no sabian predicar, hablar idiomas, ni hacer milagros, lloraban.—Se lloraba orando, predicando, amonestando[241]; en una palabra, aquella época era el advenimiento del reino de las lágrimas. Hubiérase dicho que las almas se unian y querian en ausencia de un lenguaje que pudiese traducir sus sentimientos, manifestarse exteriormente por medio de una expresion viva y abreviada de todo su ser interior.
CAPÍTULO V.
Primera Iglesia de Jerusalem, enteramente cenobítica.
Año 35