La costumbre de vivir juntos, en una misma fé y una misma confianza, creó naturalmente hábitos comunes. Pronto se adoptaron varias reglas que dieron á esta Iglesia primitiva alguna analogía con los establecimientos de vida cenobítica que el cristianismo instituyó más adelante. Muchos preceptos de Jesús tendian á este fin; el verdadero ideal de la vida evangélica es un monasterio: no un monasterio cerrado con rejas, una cárcel al estilo de la edad media con separacion de ambos sexos, sino un asilo en medio del mundo, un espacio reservado para la vida del espíritu, una asociacion libre, ó pequeña congregacion íntima, trazando á su alrededor un vallado para que no entren en ella zozobras que perjudican á la libertad del reino de Dios.
Todos vivian, por consiguiente, en comunidad, no formando más que un cuerpo y un alma[242]. Nadie tenia nada suyo. Cuando entraban á ser discípulos de Jesús, vendian sus bienes y hacian donacion de su importe á la sociedad. Los jefes de esta distribuian luego el bien comun á cada uno segun sus necesidades. Habitaban en un solo barrio;[243], comian juntos y continuaban aplicando á la comida el sentido místico que Jesús habia prescrito[244]. Pasaban muchas horas orando; sus plegarias eran á veces improvisadas en alta voz, pero más á menudo meditadas en silencio. Los éxtasis eran frecuentes y cada cual se creia estar siempre favorecido por la inspiracion divina. La concordia que reinaba entre ellos era perfecta; nunca tenian ninguna discusion dogmática ni la menor disputa de amor propio, y la querida memoria de Jesucristo borraba todos los resentimientos. La alegría estaba en todos los corazones viva y profunda[245]. Su moral era austera, pero penetrada de un sentimiento dulce y tierno. Se agrupaban por casas para orar y entregarse á los ejercicios extáticos[246]. El recuerdo de aquellos dos ó tres primeros años, fué como el de un paraiso terrestre que nunca más volverá para el cristianismo, por más esfuerzos que haga. Efectivamente, ¿quién no comprende que semejante organizacion solo podia aplicarse á una pequeña Iglesia? Á pesar de esto, la vida monástica persiguió más adelante por su cuenta este ideal primitivo, que la Iglesia universal no se cuidó mucho de realizar.
Posible es que el autor de las Actas, á quien debemos la descripcion de esta primera cristiandad de Jerusalem, haya recargado algo los colores y exagerado especialmente la comunidad de bienes que hemos citado. El autor de las Actas, hace como el autor del tercer Evangelio, que en la vida de Jesús, acostumbra á desfigurar los hechos segun sus teorías[247] y que deja traslucir muy claramente su tendencia á las doctrinas del ebionismo[248], es decir, de la pobreza absoluta. No obstante, la relacion de las Actas no puede considerarse infundada respecto á este particular. Aun cuando Jesús no hubiese pronunciado ninguno de los axiomas comunistas que se leen en el tercer Evangelio, no hay duda que el renunciar á los bienes mundanales y la práctica de la caridad llevada hasta el punto de despojarse de todo lo que se poseyese, constituian el espíritu de su predicacion. La creencia del fin del mundo ha producido siempre el desprecio de los bienes terrenales y la vida en comunidad[249]. Por otra parte, lo que manifiestan las Actas está completamente de acuerdo con lo que sabemos del orígen de las otras religiones ascéticas, por ejemplo, del budismo. Esta clase de religiones principian siempre por la vida cenobítica. Sus primeros adeptos son una especie de frailes mendicantes. El seglar no figura entre ellos sino cuando estas religiones han conquistado sociedades enteras en las que la vida monástica solo puede existir por excepcion.[250]
Admitimos, pues, en la Iglesia de Jerusalem, un período de vida cenobítica. Dos siglos despues, los paganos todavía tenian al cristianismo por una secta comunista[251]. Debe recordarse que los esenios ó terapeutas habian dado ya el modelo de este género de vida, el cual provenia del mosaismo. Como el código mosaico era esencialmente moral y no político, su resultado natural era la utopia social, la iglesia, la sinagoga, el convento y no el estado civil, la nacion, ni la ciudad. El Egipto tenia, desde muchos siglos, reclusos y reclusas mantenidos por el Estado, probablemente en ejecucion de legados caritativos, cerca del Serapeo de Menfis[252]. Tambien debe tenerse en cuenta que semejante vida no es en Oriente lo que ha sido en nuestro Occidente. En Oriente, se puede disfrutar de la naturaleza y de la existencia sin poseer nada. El hombre es siempre libre porque tiene pocas necesidades y por lo tanto, la esclavitud del trabajo es completamente desconocida. Aunque el comunismo de la Iglesia primitiva no haya sido tan rígido ni tan universal como lo supone el autor de las Actas, lo cierto es que en Jerusalem habia una gran comunidad de pobres, gobernada por los apóstoles, á la que se hacian donativos de todos los puntos de la cristiandad[253]. Esta comunidad se vió obligada á establecer reglamentos bastante severos, y algunos años más tarde, hasta hubo de emplearse el terror para gobernarla. Se contaban de ella leyendas espantosas, segun las cuales el solo hecho de haberse apropiado algo de lo que hubiese sido dado para la comunidad, era señalado como un crímen capital y castigado con la muerte[254].
Los pórticos del templo, sobre todo el pórtico de Salomon, que dominaba el valle de Cedron, eran el lugar en donde acostumbraban á reunirse los discípulos durante el dia[255], recordando las horas que Jesús habia pasado en dicho sitio. En medio de la extrema actividad que reinaba al rededor del templo, debian ser estos muy poco notados. En las galerías que formaban parte de aquel edificio, habia varias escuelas y sectas y eran teatro de infinitas disputas. Además, los fieles de Jesús pasaban por muy devotos, porque todavía observaban escrupulosamente las prácticas judías, orando á las horas[256] fijadas y observando todos los preceptos de la Ley. Eran judíos que únicamente diferian de los demás en que creian que ya habia venido el Mesías. Los que no les conocian mucho, y estos eran el mayor número, los miraban como una secta de hasidim ó gentes piadosas. Para afiliarse á ellos[257] no era uno cismático ni griego, así como se puede ser discípulo de Spener sin dejar de ser protestante, ó de la órden de San Francisco ó de San Bruno, sin dejar de ser católico. El pueblo los amaba á causa de su piedad, su sencillez y dulzura[258], si bien los aristócratas del templo, los miraban quizás con desagrado. La secta, sin embargo, vivia tranquila, merced á su poco deseo de brillar.
Al volver por la noche los hermanos á su casa, cenaban, divididos en grupos[259], en señal de fraternidad y en recuerdo de Jesús á quien veian siempre entre ellos. El jefe de la mesa cortaba el pan, bendecia la copa[260], y la circulaba como un símbolo de union con Jesús, y de este modo, el acto más vulgar de la vida, convertíase en el más augusto y más santo. En estas cenas en familia, á que eran muy aficionados los judíos[261], rezábanse oraciones, reinaba una dulce alegría y todos creian hallarse aún en el tiempo en que el divino Maestro les animaba con su presencia, imaginándose verle, hasta el punto de que muy pronto circuló el rumor de que Jesús habia dicho: «Cada vez que corteis el pan hacedlo en memoria mia[262].» El mismo pan, llegó á ser en cierto modo Jesús, concebido como orígen único de fortaleza para los que le habian amado y vivian aún de él. Aquellas cenas, que fueron siempre el símbolo principal del cristianismo y el alma de sus misterios[263] se celebraban en un principio todas las noches, pero bien pronto la costumbre se practicó solo el domingo[264] por la noche[265] y más tarde, empezó á tomarse por la mañana la mística colacion[266]. Es probable que en aquel período de la historia á que nos referimos fué aún para los cristianos dia feriado el sábado[267].
Los apóstoles elegidos por Jesús y que se suponia habian recibido de él una órden especial para anunciar al mundo el reino de Dios, gozaban en la pequeña comunidad de una superioridad incontestable. Uno de los primeros cuidados de la secta, tan pronto como se vió establecida tranquilamente en Jerusalem, fué llenar el vacío que habia dejado Judas en su seno[268]; la opinion de que este último vendiera á su Maestro siendo la causa de su muerte, se iba generalizando cada vez más. El hecho pasaba al dominio de la leyenda, y todos los dias se averiguaba alguna nueva circunstancia que pintaba con más negros colores su traicion. Judas habia comprado un campo cerca de la antigua necrópolis de Hakeldama, al Sur de Jerusalem, y allí vivia retirado[269]. Tal era la ingénua exaltacion de la pequeña Iglesia, que para reemplazar á Judas se resolvió echar suertes: en las grandes emociones religiosas, es general emplear este medio, pues se admite como principio que nada es fortuito, que uno es el objeto principal de la atencion divina y que la parte que Dios toma en un hecho, es tanto mayor cuanto que la del hombre es más débil. Exigióse tan solo que los candidatos se eligieran en el grupo de los discípulos más antiguos que habian sido testigos de todos los acontecimientos desde el bautismo de Juan, y como esta circunstancia reducia mucho el número de aquellos, solo quedaron dos aspirantes, José Bar-sabá, por sobrenombre el Justo[270] y Matías, sobre el cual recayó la suerte y fué contado desde entonces en el número de los Doce. Pero ya no volvió á darse otro caso de semejante sustitucion, pues se consideró que los apóstoles nombrados por Jesús no debian tener sucesor. Evitóse tambien con sabia prudencia el peligro que ofrecia establecer un colegio permanente, donde se conservara toda la vida y la fuerza de la asociacion. La concentracion de la Iglesia en una oligarquía, no vino hasta más tarde.
Por lo demás, es necesario precaverse contra los errores á que ha dado lugar y puede dar el nombre de apóstol. En una época muy remota, por algunos pasajes de los Evangelios, y sobre todo por la analogía de la vida de San Pablo, se supuso que los apóstoles eran una especie de misioneros, especialmente viajantes, que se habian repartido el mundo de antemano y recorrian como conquistadores todos los reinos de la tierra[271]. Formóse sobre esta opinion una série de leyendas para la historia eclesiástica[272], pero nada hay más contrario á la verdad[273]. El cuerpo de los Doce permaneció por lo general en Jerusalem hasta el año 60, poco más ó menos, y los apóstoles no salieron de la ciudad santa sino para misiones temporales, lo cual explica la oscuridad en que estuvieron la mayor parte de los miembros del consejo central, pues muy pocos de ellos tuvieron representacion. Formaban una especie de colegio sacro ó senado[274] destinado únicamente á representar la tradicion y el espíritu conservador. Como no desempeñaban funcion alguna, no tenian que hacer otra cosa sino predicar y rogar[275]; apenas se conocian sus nombres fuera de Jerusalem y hácia el año 70 ú 80, las listas que se daban de estos Doce elegidos primitivos, no estaban de acuerdo sino en los nombres principales[276].
Los «hermanos del Señor» aparecen con frecuencia al lado de los «Apóstoles» aunque fuesen distintos[277], y su autoridad era inferior á la de los segundos, pero estos dos grupos constituyen en la iglesia naciente fundada tan solo en las relaciones más ó menos íntimas que sus miembros tuvieron con el Maestro. Aquellos eran los hombres que Pablo llamaba «las columnas de la Iglesia de Jerusalem[278],» y vemos, por lo tanto, que las distinciones de la gerarquía eclesiástica no existian aún. El título no era nada; la importancia personal lo era todo; el principio del celibato eclesiástico estaba sentado[279], pero necesitábase algun tiempo para el completo desarrollo de todos aquellos gérmenes. Pedro y Felipe estaban casados y tenian hijos é hijas[280].
El término usado para designar la reunion de los fieles, era la palabra del hebreo kahal que se sustituyó por la frase esencialmente democrática ἐκκλησία. Ecclesia es la convocacion del pueblo en las antiguas ciudades griegas, el llamamiento al Pnyx ó al ágora. Á partir del siglo II ó III antes de Jesucristo, las palabras de la democracia ateniense pasaron en cierto modo al dominio de la lengua helénica, y algunos de estos términos,[281] á consecuencia del uso que hacian de ellos las cofradías griegas, se adoptaron en la lengua cristiana. Esto era efecto del movimiento popular, que comprimido hacia siglos, seguia de nuevo su curso bajo formas enteramente distintas como querian serlo las antiguas repúblicas[282], pero menos exigente y desconfiada que aquellas ciudades, la Iglesia delegaba con gusto su autoridad: como toda sociedad teocrática trataba de abdicar en manos de un clero y era fácil prever que no pasarian más de dos siglos sin que toda aquella democracia se transformara en oligarquía.