El poder que se suponia á la Iglesia reunida y á sus jefes era inmenso, pues la primera conferia todas las misiones, guiándose únicamente para su eleccion de los signos que daba el Espíritu[283], llegando su autoridad hasta el punto de poder decretar la muerte. Referíase que solo á la voz de Pedro, algunos delincuentes habian caido en el suelo y expirado en el acto[284]; San Pablo no teme un poco más tarde excomulgar á un incestuoso «entregándole á Satanás para que muera su carne y se pueda salvar su alma en el gran dia del Señor[285].» Considerábase la excomunion como el equivalente de una sentencia de muerte, y no se dudaba que toda persona á quien los apóstoles, ó los Jefes de la Iglesia, habian separado del gremio de los santos, entregándole al espíritu maligno[286], no estuviese perdida. Suponíase á Satanás autor de las enfermedades; abandonarle el miembro gangrenado era como entregarlo al ejecutor natural de la sentencia; una muerte prematura se tenia por el resultado de uno de esos decretos ocultos, que segun la fuerte expresion hebráica, «extirpaba una alma de Israel[287].» Los apóstoles se creian revestidos de poderes sobrenaturales, y al pronunciar semejantes condenas, pensaban que sus anatemas no dejarian de caer sobre los culpables.

La terrible impresion producida por las excomuniones, y el ódio que inspiraban á todos los cofrades los miembros así separados del gremio de la Iglesia, podia en efecto en muchos casos producir la muerte ó al menos obligar al culpable á expatriarse. El mismo terrible equívoco se encontraba en la antigua Ley: «la extirpacion» implicaba á la vez la muerte, la expulsion de la comunidad, el destierro, un retiro solitario y misterioso;[288] y matar al apóstata ó al que blasfemaba, herir el cuerpo para salvar el alma, era una cosa legítima. Debemos recordar que hablamos de la época de los zelotas, que consideraban como un acto de virtud dar de puñaladas al que faltase á la ley[289], y es preciso tener en cuenta que algunos cristianos eran ó habian sido zelotas[290]. Casos como el de la muerte de Ananías y de Safira[291], no causaban el menor escrúpulo. La idea del poder civil era tan extraña á todo aquel mundo, que no se hallaba al alcance del dominio romano, ó estaba tan persuadida que la Iglesia era una sociedad completa que se bastaba á sí misma, que ninguno consideraba que un milagro fuese un atentado punible ante la ley civil por más que causara la muerte ó la mutilacion de una persona. El entusiasmo es una fé ardiente que lo cubre todo y todo lo excusa; pero comprendíase fácilmente cuán grave era el peligro que indicaban para el porvenir aquellas máximas teocráticas. La Iglesia está armada de un puñal; la excomunion será una sentencia de muerte; en lo sucesivo habrá en el mundo además del Estado otro poder que disponga de la vida de los ciudadanos; y á fé que si la autoridad romana se hubiese limitado á reprimir entre los cristianos y los judíos principios tan condenables, habria tenido mil veces razon. Pero en su brutalidad confundia la más legítima de las libertades, la de adorar cada uno á su modo, con abusos que ninguna sociedad ha podido jamás tolerar impunemente.

Pedro gozaba entre los apóstoles de cierta superioridad debida principalmente á su actividad y celo[292]: en los primeros años, apenas se separa de Juan, hijo de Zebedeo; ambos van casi siempre juntos[293], y su buena armonía fué á no dudarlo la piedra angular de la nueva fé. Jacobo, hermano del Señor, les igualaba casi en autoridad, al menos en una fraccion de la Iglesia, y en cuanto á ciertos amigos íntimos de Jesús, tal como las mujeres galileas y la familia de Betania, ya hemos dicho que no hay para que hablar de ellos. Menos deseosas de organizar y de fundar, las fieles compañeras de Jesús se contentaban con amar muerto al que adoraran en vida; alimentándose con su esperanza, las nobles mujeres que fundaron la fé del mundo, permanecian casi desconocidas de los hombres notables de Jerusalem, y cuando murieron, quedaron enterradas en el sepulcro con ellas los caractéres más importantes de la historia del cristianismo naciente. Los que desempeñan un papel activo son los que se llevan la fama; aquellos que se contentan con amar en secreto permanecen oscuros, pero seguramente les corresponde la mejor parte.

Inútil es decir que aquel pequeño grupo de gente sencilla, no tenia la menor idea de la teología especulativa, pues Jesús rehuyó siempre con la mayor prudencia toda cuestion metafísica, y no tuvo más que un dogma, su propia filiacion divina y la divinidad de su mision. Todo el símbolo de la Iglesia primitiva podia encerrarse en esta sola línea: «Jesús es el Mesías, hijo de Dios.» Esta creencia se fundaba en un argumento perentorio, en el hecho de la resurreccion, de la que figuraban como testigos los discípulos, por más que ninguno en realidad, ni aun las mujeres galileas, asegurará haber visto la resurreccion[294]; pero la ausencia del cuerpo y las apariciones que se siguieron despues, parece que equivalen al hecho mismo. Atestiguar la resurreccion de Jesús, era la mision que todos creian deber llevar á cabo ante todos[295], é imagináronse bien pronto que el Maestro habia pronosticado este acontecimiento. Recordábanse algunas de sus palabras que se creyó no haberse comprendido bien, y esto indujo á suponer que se habia anunciado la resurreccion[296]. La creencia en la próxima manifestacion gloriosa de Jesús era universal[297]; la palabra secreta que los cofrades se decian entre sí para reconocerse y fortificarse, era Maran atha, «el Señor va á venir»[298]. Creíase tambien recordar una declaracion de Jesús, segun la cual, no habia tiempo para que la predicacion alcanzara á todas las ciudades de Israel, antes que el hijo del hombre apareciese en su majestad[299]; pero entre tanto Jesús resucitado está sentado á la diestra de su Padre, y allí descansa hasta el dia solemne en que vendrá envuelto entre las nubes á juzgar á los vivos y á los muertos[300].

La idea que tenian de Jesús era la misma que aquel les diera: Jesús habia sido un profeta poderoso en obras y en palabras[301], un hombre elegido de Dios que recibiera una mision especial para la humanidad[302], mision que probó por sus milagros y su resurreccion. Dios le ungió del Espíritu Santo revistiéndole de fuerza; ha pasado haciendo bien y curando á los que estaban poseidos del demonio[303], porque Dios era con él[304]; es el Hijo de Dios, un representante de Dios en la tierra; es el Mesías, el salvador de Israel anunciado por los profetas[305]. La lectura de los libros del Antiguo Testamento, especialmente el de los Profetas y de los Salmos, era habitual en la secta, y al proceder á dicha lectura, fijábanse todos en la idea de encontrar siempre el tipo de Jesús; y persuadidos de que los antiguos libros hebreos estaban llenos de él, formóse desde los primeros años una coleccion de textos, sacados de los Profetas, de los Salmos y de ciertos libros apócrifos en los cuales, segun conviccion general, se predecia y describia de antemano la Vida de Jesús[306]. Este método de interpretacion arbitraria estaba adoptado en todas las escuelas judías; las alusiones mesiánicas eran una especie de juego de imaginacion, análogo al que hacian antiguos predicadores con los pasajes de la Biblia, trastornando su sentido natural y tomándolos como simples adornos de retórica sagrada.

Jesús, merced á su tacto exquisito de las cosas religiosas, no habia instituido ningun nuevo ritual, y por lo tanto, la nueva secta no tenia aún ceremonias especiales[307]. Las prácticas de piedad eran las prácticas judías; las reuniones no tenian nada de litúrgicas en el sentido preciso; eran sesiones de cofrades donde se rezaba, practicándose tambien los ejercicios de la profecía[308] y la lectura de la correspondencia. Allí no habia nada de sacerdotal: no hay sacerdote (cohen ó ἱερεύς); el presbyteros, es el anciano de la comunidad y nada más; el único sacerdote es Jesús[309]; ó en otro sentido, todos los fieles lo son.[310] Considerábase el ayuno como una práctica muy meritoria[311]; el bautismo era la señal de entrada en la secta[312] siendo su rito el mismo observado con Juan, pero se administraba en nombre de Jesús[313].

De todos modos, el bautismo no se creia una iniciacion suficiente si no era seguido de la colacion de los dones del Espíritu Santo[314], que se hacia prévia una oracion pronunciada por los apóstoles sobre la cabeza del neófito con la imposicion de las manos.

Esta imposicion ya tan familiar á Jesús[315], era el acto sacramental por excelencia[316]; conferia la inspiracion, la iluminacion interior, el poder de hacer prodigios, de profetizar y de hablar las lenguas, era lo que se llamaba el bautismo del Espíritu. Creíase recordar las siguientes palabras de Jesús: «Juan os ha bautizado por el agua, pero vosotros os habeis bautizado por el espíritu»[317]. Poco á poco formóse un conjunto de todas estas ideas y el bautismo se confirió, «en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo;[318]» pero no es probable que esta fórmula se emplease en los primeros dias de la época á que nos referimos. Vemos, pues, cuanta era la sencillez del primitivo culto cristiano, que no habian inventado ni Jesús ni los apóstoles, toda vez que fueron adoptadas antes por ciertas sectas judías estas graves y solemnes ceremonias que proceden al parecer de la Caldea, donde se practican aun con liturgias especiales para los Sabianos ó Mendaitas[319]. En la religion de Persia se encuentran tambien muchos ritos del mismo género[320].

Las creencias en la medicina popular, que tanto prestigio dieron á Jesús, se continuaban en sus discípulos: el don de curar era una de las gracias maravillosas que concedia el Espíritu[321]. Los primeros cristianos, así como casi todos los judíos de aquel tiempo, veian en las enfermedades el castigo de una falta[322] ó la obra de un demonio maligno,[323] y los apóstoles eran considerados del mismo modo que Jesús, como poderosos exorcistas.[324] Creíase que las oleaciones que hacian con la imposicion de las manos, invocando el nombre de Jesús, redimian los pecados, causa de la enfermedad y curaban estas[325]; el aceite ha sido siempre en Oriente el medicamento por excelencia[326], pero de todos modos, creíase que solo la imposicion de las manos de los apóstoles bastaba para producir los mismos efectos[327]. Esta imposicion se hacia por el contacto inmediato, y no es imposible que en ciertos casos, el calor de las manos, comunicándose vivamente á la cabeza, proporcionase algun alivio al enfermo.

Siendo jóven y poco numerosa la secta, no se entabló sino más adelante la cuestion de los muertos. Los primeros fallecimientos que ocurrieron entre los cofrades causaron un efecto extraño[328]. Preocupáronse de la suerte de los difuntos; pues deseaban saber si aquellos serian más favorecidos que los que sobrevivieran para ver por sus propios ojos el advenimiento del Hijo del hombre. Llegóse por fin á considerar generalmente el intervalo entre la muerte y la resurreccion como una especie de vacío en la conciencia del difunto.[329] La idea presentada en el Phedon, de que existe el alma, antes y despues de la muerte, de que la muerte es un bien, y aun de que es el estado filosófico por excelencia, pues entonces se encuentra el alma totalmente libre y desprendida, esta idea, repito, no era opinion decididamente admitida en los primeros cristianos; siendo lo más frecuente que considerasen no podia existir el hombre sin cuerpo. Y este modo de ver subsistió mucho tiempo sin que cambiara, hasta que la doctrina de la inmortalidad del alma, en el sentido de la filosofía griega, fué acogida en la Iglesia y se combinó bien ó mal con el dogma de la resurreccion y de la renovacion universal. Empero en la época á que nos referimos ahora, la creencia en la resurreccion reinaba casi exclusivamente[330]. El rito de los funerales era segun las apariencias el rito judío. No se le daba importancia alguna, y ninguna inscripcion indicaba el nombre del difunto, considerando tal vez que habia de ser pronta la resurreccion y que el cuerpo de aquel fiel cristiano habia de permanecer poco tiempo en la roca donde le depositaron. Cuidáronse muy poco de avenirse en cuanto á la cuestion de saber si la resurreccion seria universal, es decir, si comprenderia á los buenos y á los malos, ó si se aplicaria únicamente á los elegidos[331].