Uno de los fenómenos más notables de la nueva religion fué la reaparicion del profetismo. Hacia ya mucho tiempo que casi no se hablaba más de profetas en Israel; pero este género particular de inspiracion pareció renacer en la pequeña secta. La Iglesia primitiva tuvo muchos profetas, y tambien profetisas[332] análogos á los del Antiguo Testamento. Aparecieron igualmente los salmistas; y el modelo de los salmos cristianos lo encontramos seguramente en los cánticos que Lucas se complace en esparcir por su Evangelio[333], y que están basados sobre los cánticos del Antiguo Testamento. Estos salmos y estas profecías carecen de originalidad en cuanto á su forma; pero están animados y henchidos de un admirable espíritu de dulzura y de piedad; vienen siendo un eco amortiguado de las últimas melodías que produjo la sagrada lira de Israel; y no parece sino que fueron los salmos el cáliz de la flor, donde la abeja cristiana hizo presa de su primer jugo. El Pentateuco, era segun las apariencias, poco leido y poco meditado, sustituyéndolo con alegorías, á estilo de los midraschim judíos, en que se suprimia todo el sentido histórico de los libros.

El canto con que se acompañaban los himnos nuevos[334] era probablemente esa especie de sollozo sin notas bien marcadas y perceptibles, que continúa siendo el canto de los griegos, de los maronitas y de los cristianos de Oriente en general[335]. No es debido á modulaciones musicales, sino á un modo peculiar de forzar la voz, emitiendo por la nariz una especie de gemido en que todas las inflexiones se suceden con rapidez unas á otras. Ejecútase esta singular melopea, en pié, con la vista fija, la frente arrugada, las cejas fruncidas y con un esfuerzo aparente. Pronúnciase sobre todo con voz temblorosa la palabra amen, la cual hacia gran papel en la liturgia. Á imitacion de los judíos[336] usábanla los nuevos cristianos para manifestar la adhesion de la muchedumbre á la palabra del profeta ó del sochantre[337]. Acaso atribuíanse ya virtudes secretas á esta palabra, y por eso la pronunciaban con cierto énfasis. Ignoramos si este canto eclesiástico primitivo iba acompañado de instrumentos[338]. Respecto al canto íntimo, el que los fieles «cantaban en el fondo de su corazon[339],» y que no era más que la expansion y desahogo de aquellas almas tiernas, fervorosas y contemplativas, es de presumir que lo ejecutaban á media voz como las cantilenas de los lolardos de la edad media[340]. Por lo general aquellos himnos eran la manifestacion de la alegría que rebosaba en sus corazones. Una de las máximas de los sabios de la secta era: «Si estás triste, ora; si estás alegre, canta[341]

Por lo demás, destinada simplemente á la edificacion de los fieles congregados, aquella primera literatura cristiana no se escribia. Componer ó escribir libros era una idea que á nadie se le ocurria, pues que Jesús habia hablado y recordaban sus palabras. ¿No habia prometido que la generacion de sus oyentes no pasaria antes que él reapareciera?[342]

CAPÍTULO VI.

Conversion de judíos helenistas y prosélitos.

Año 36

Hasta aquí, se ha presentado á nuestra vista la Iglesia de Jerusalem como una pequeña colonia galilea. Los amigos que habia adquirido Jesús en Jerusalem y en las cercanías, tales como Lázaro, Marta, María de Betania, José de Arimatea y Nicodemo, habian desaparecido de la escena. El grupo galileo, estrechado en derredor de los doce, fué el único que subsistió compacto y activo. Más adelante, despues de la destruccion de Jerusalem, y lejos de la Judea, imagináronse que los sermones de los apóstoles eran escenas públicas que se representaban en las plazas y á presencia del gentío que en ellas se reunia.[343] Semejante pensamiento debiera relegarse entre las supuestas imágenes que tanto abundan en las leyendas. Las autoridades que condenaron á muerte á Jesús, no hubieran consentido que semejantes escándalos se renovasen. El proselitismo de los fieles se comunicaba de uno á otro.[344] Sus predicaciones bajo el pórtico de Salomon, habian de dirigirse á muy pocos oyentes; pero su efecto, por lo mismo, no habia de ser sino más profundo. Consistian principalmente sus discursos en citas del Antiguo Testamento con las cuales creian probar que Jesús era el Mesías.[345] Su razonamiento era sutil y débil; pero todos los comentarios de los Judíos de aquella época eran por el mismo estilo, y las consecuencias que deducen de la Biblia los doce de la Mischna, no son tampoco satisfactorias.

Mucho más débil aún era la prueba invocada para sostener sus argumentos, deducida de los pretendidos prodigios. Imposible fuera dudar que los apóstoles hayan creido hacer milagros. Estos eran considerados como la señal de toda mision divina,[346] y San Pablo, cuyo entendimiento era ciertamente el más claro y adelantado de la primitiva escuela cristiana, creyó obrar milagros.[347] Se consideraba como indudable que Jesús los habia hecho, y era natural que se continuase la série de las manifestaciones divinas. Efectivamente, la taumaturgia aparece como un privilegio de los apóstoles hasta el fin del siglo primero.[348] Los milagros de los apóstoles son de igual índole que los de Jesús, y consisten sobre todo, aunque no exclusivamente, en curas de enfermedades y en exorcismos de poseidos.[349] Así es que se pretendia que bastaba la sombra para operar curas maravillosas.[350] Reputábanse estos prodigios por dones del Espíritu Santo, y eran justipreciados de igual valor que el don de ciencia, de predicacion ó de profeta.[351] En el siglo III, la Iglesia creia todavía poseer los mismos privilegios y ejercer como por una especie de derecho permanente, el poder de curar las enfermedades, echar fuera á los demonios y predecir el porvenir;[352] siendo todo esto posible para los ignorantes. ¿No vemos en la actualidad personas honradas y de probidad, pero que carecen de espíritu científico, firmemente engañadas con las quiméricas ideas del magnetismo y por otras ilusiones?[353]

Empero no debemos valernos de esos errores candorosos, ni de los mezquinos discursos que vemos en las Actas, para calificar los medios de conversion de que pudieran disponer los fundadores del cristianismo. La verdadera predicacion estribaba en las conversaciones de aquellos hombres buenos y convencidos; consistia en el reflejo, todavía sensible en sus discursos, de la palabra de Jesús, y sobre todo en su piedad y dulzura. El atractivo de la vida en comun que llevaban tenia tambien mucha influencia, siendo su casa como un hospicio en que todos los pobres, todos los que se vieran abandonados, encontraban asilo y auxilios.

Uno de los primeros que se afiliaron en aquella sociedad naciente, fué un chipriota llamado José Hallévi ó el Levita. Este vendió su campo como los demás, y fué á postrarse á los piés de los Doce ofreciéndoles el precio de la venta. Era un hombre inteligente, de un afecto á toda prueba y que usaba fácilmente de la palabra; así que uniéronse estrechamente con él los apóstoles, y le llamaron Bar-naba, es decir «el hijo de la profecía» ó «de la predicacion;»[354] pues se le contaba efectivamente en el número de los Profetas[355], es decir, de los predicadores inspirados. Verémosle más tarde figurar en primera línea, porque despues de San Pablo, fué el misionero más activo del primer siglo. Un tal Mnason, su compatriota, se convirtió por aquel mismo tiempo.[356] Los judíos ocupaban muchos barrios de Chipre,[357] y Bernabé y Mnason eran sin duda judíos de raza.[358] Las relaciones íntimas y prolongadas de Bernabé con la Iglesia de Jerusalem hacen creer que el siro-caldeo le era familiar.