Una conquista casi tan importante como la de Bernabé, fué la de cierto Juan que llevaba el sobrenombre romano de Marcus. Era primo de Bernabé, y circunciso[359]. Su madre, María, debia gozar de cierto bienestar y comodidades: convirtióse del propio modo que su hijo, y su morada fué más de una vez el sitio donde se reunian los apóstoles.[360] Parece que estas dos conversiones fueron obra de Pedro.[361] En todo caso, Pedro mantenia estrechas relaciones de amistad con la madre y con el hijo, de tal modo, que en casa de ellos se consideraba como en la suya propia[362]. Y aun admitiendo la hipótesis de que Juan Márcos no fuera idéntico al autor verdadero ó supuesto del segundo Evangelio,[363] el papel que desempeñó seria siempre de suma importancia; pues le veremos más tarde acompañar en sus excursiones apostólicas á Pablo, Bernabé, y probablemente al mismo Pedro.
Propagóse así el primer fuego con gran rapidez. Los hombres más célebres del siglo apostólico se sintieron casi todos arrastrados en dos ó tres años por una especie de impulso simultáneo. Fué una segunda generacion cristiana paralela á la que se habia formado, cinco ó seis años antes, á orillas del lago de Tiberiade. Esta segunda generacion no habia visto á Jesús y no podia igualar á la primera en autoridad; pero habia de sobrepujarla por su actividad y por su aficion á las misiones lejanas. Uno de los más conocidos entre los nuevos adeptos, era Stephanus ó Estéban, que no fué, segun parece, más que un simple prosélito, antes de su conversion[364]. Era un hombre ardiente y apasionado; su fé, de las más vivas; y creíasele favorecido de todos los dones del Espíritu Santo[365]. Felipe, quien como Stephanus, fué diácono y evangelista celoso, se agregó á la comunidad hácia el mismo tiempo[366], y confundiósele frecuentemente con su homónimo el apóstol[367]. Por último, en aquella época, convirtiéronse Andrónico y Junía[368], dos esposos, probablemente, que ofrecieron, como más tarde Aquila y Priscila, el modelo de una pareja apostólica, consagrada á todos los afanes y cuidados del misionero. Eran de la sangre de Israel, y tuvieron estrechísimas relaciones con los apóstoles[369].
Los nuevos convertidos eran todos judíos por su religion, cuando les tocó la gracia; pero pertenecian á dos clases de judíos muy distintas. Eran los unos «hebreos»[370], es decir, judíos de Palestina, que hablaban hebreo ó más bien arameo, y leian la Biblia en el texto hebreo; los otros eran «helenistas», es decir, judíos que hablaban griego y leian la Biblia en griego. Subdividíanse todavía estos últimos en dos clases; los unos eran de sangre judía y los otros eran prosélitos; es decir, gentes que no eran de orígen israelita, pero afiliados al judaismo en distintos grados. Estos helenistas, procedentes casi todos de Siria, del Asia Menor, de Egipto ó de Cirene[371], habitaban en distintos barrios en Jerusalem. Tenian sus sinagogas separadas y formaban aparte pequeñas comunidades. Contaba Jerusalem gran número de estas sinagogas particulares[372]; y allí es donde la palabra de Jesús encontró preparado el terreno para recibirla y hacer que fructificara.
Todo el núcleo primitivo de la Iglesia se componia de «hebreos»; el dialecto arameo, que fué la lengua de Jesús, era el único que se usaba entonces. Empero, se vé que desde el segundo ó el tercer año, despues de la muerte de Jesús, invadió el griego aquella pequeña comunidad, donde debia enseñorearse y predominar. Á consecuencia de sus relaciones cotidianas con aquellos nuevos hermanos, Pedro, Juan, Jacobo, Judas, y generalmente todos los discípulos galileos, aprendieron el griego tanto más fácilmente, cuanto que probablemente ya sabian algo de aquella lengua. Un incidente del que hablaremos muy en breve, acredita que esa diversidad de idiomas introdujo en un principio cierta division en la comunidad, y que no se entablaban muy fácilmente las relaciones entre ambos bandos[373]. Consumada la ruina de Jerusalem, veremos á los «hebreos» retirados más allá del Jordan, á la altura del lago de Tiberiade, formando una Iglesia separada, que tuvo distinta suerte; pero en el intervalo de estos dos hechos no parece que la diversidad de lenguaje produjera consecuencia alguna en la Iglesia. Los Orientales tienen gran facilidad para aprender las lenguas; así que, en las ciudades cada uno habla habitualmente dos ó tres idiomas. Es por lo tanto probable que aquellos de los apóstoles galileos que desempeñaron algun papel importante, adquirieran la práctica del griego[374], y aun llegaran á servirse de él con preferencia al siro-caldeo, cuando aumentó mucho el número de los fieles que hablaban en griego. Fué pues preciso renunciar al dialecto palestino, desde el dia en que se proyectó una propaganda que habia de extenderse á lo lejos; y además, como dialecto provincial, que apenas se usaba por escrito[375] y que no se hablaba fuera de la Siria, era tambien poco á propósito para semejante empresa. El griego, por lo contrario, fué impuesto en cierto modo al cristianismo. Era la lengua universal de la época, la que se hablaba al menos en todas las poblaciones situadas en la parte oriental del Mediterráneo. Era, con especialidad, la lengua de los judíos dispersos por todo el imperio romano; pues entonces, como ahora, los judíos adoptaban muy fácilmente los idiomas de los países que habitaban. No se picaban de purismo, y por eso aparece tan defectuoso el griego del cristianismo primitivo. Los judíos, aun aquellos más instruidos, pronunciaban mal la lengua clásica[376]. Calcaban su frase sobre el siriaco, y nunca se deshicieron de los dialectos groseros que les llevó la conquista alcanzada por los macedonios.[377]
Las conversiones al cristianismo tardaron poco en ser más numerosas entre los «helenistas» que entre los «hebreos». Los viejos judíos de Jerusalem sentian poco atractivo hácia una secta de provinciales, medianamente versados en la única ciencia que un fariseo apreciara, la ciencia de la Ley[378]. La posicion de la pequeña Iglesia respecto al judaismo, era algo equívoca, cual lo fué la del mismo Jesús. Empero, todo partido religioso ó político lleva en sí mismo una fuerza que le domina y le obliga, á pesar suyo, á recorrer su órbita. Los primeros cristianos, cualquiera que fuese su aparente respeto al judaismo, no eran realmente judíos sino por su nacimiento ó por sus hábitos exteriores; el verdadero espíritu de la secta traia otro orígen. El Talmud era el que germinaba en el judaismo oficial, y el cristianismo no tenia afinidad alguna con la escuela talmúdica. Hé ahí por qué encontraba favorable acogida el cristianismo en las partes menos judías del judaismo. Los ortodoxos rígidos adheríanse poco á él; los recien llegados, gentes apenas catequizadas, que no habian cursado en las grandes escuelas, exentos de la rutina y que no estaban iniciados en la lengua santa, eran los que prestaban atento oido á los apóstoles y á sus discípulos. Medianamente considerados por la aristocracia de Jerusalem, estos advenedizos del judaismo tomaban así una especie de desquite, y siempre son las partes más jóvenes, y nuevamente adquiridas en una comunidad, las que menos se cuidan de la tradicion y más se inclinan á las novedades.
En estas clases, poco sujetas á los Doctores de la Ley, la credulidad era tambien, segun parece, más candorosa y más completa y firme. Lo que choca en el judío talmudista, no es la credulidad. El judío crédulo y afecto á lo maravilloso, que conocieron los satíricos latinos, no era el judío de Jerusalem, sino el judío helenista, muy religioso, á la par que poco instruido y por consiguiente muy supersticioso. Ni el saduceo medio incrédulo, ni el fariseo rigorista, se conmovian sensiblemente con la teurgia, que tan grande boga alcanzaba en el círculo apostólico; pero que el Judæus Apella, del cual se sonreia Horacio[379], estaba allí para creer. Por otra parte, las cuestiones sociales interesaban particularmente á los que no sacaban provecho alguno de las riquezas que el templo y las instituciones centrales de la nacion atraian con afluencia á Jerusalem, y por eso sucedió que, combinándose con necesidades análogas á la que actualmente se llama «Socialismo», la nueva secta echó los sólidos cimientos en que habia de asentar el edificio de su porvenir.
CAPÍTULO VII.
La Iglesia considerada como una asociacion de pobres. — Institucion del diaconato. — Las diaconesas y las viudas.
Año 36
La historia comparada de las religiones, nos revela una verdad general; todas las que han tenido un principio y que no son contemporáneas del lenguaje mismo, se han establecido más bien por razones sociales que teológicas. Así sucedió seguramente con el budismo; pues, la suerte prodigiosa de esta religion, no fué debida á la filosofía nihilista en que se basaba, sino á su parte social. Proclamando la abolicion de las castas, y estableciendo segun su expresion «una ley de gracia para todos», es como Çakya-Mouni y sus discípulos arrastraron en pos de ellos, á la India primero, y luego á la mayor parte del Asia[380]. Del propio modo que el cristianismo, fué el budismo un movimiento de pobres. El grande atractivo que les hizo adherirse á él, fué la facilidad que se ofreciera á las clases desheredadas de rehabilitarse, profesando un culto que les enaltecia y les presentaba infinitos recursos de asistencia y de compasion.