En el primer siglo de nuestra era, abundaban muchísimo los pobres en Judea, careciendo aquella comarca, por su naturaleza, de los recursos que proporciona el bienestar. En aquel país sin industria, casi todas las fortunas debian su orígen á instituciones religiosas ricamente dotadas, ó á los favores del gobierno. Las riquezas del templo eran desde luengos años herencia exclusiva de un corto número de nobles. Los Asmoneos habian constituido en derredor de su dinastía un grupo de familias ricas; así como los Herodes aumentaron muchísimo el lujo y el bienestar en determinada clase de la sociedad; pero el verdadero judío teócrata, al volver la espalda á la civilizacion romana, hízose cada vez más pobre. Formóse entonces una clase numerosa de hombres santos, piadosos, fanáticos, y rígidos observadores de la Ley, pero totalmente miserables en su exterioridad, y en aquella clase fué donde se reclutaron las sectas y los partidos fanáticos tan considerables en aquella época. El delirio universal era conseguir el predominio del judío proletario que habia permanecido fiel, y la humillacion del rico, considerado como un tránsfuga, como un traidor que habia pasado á la vida profana y á la civilizacion en la exterioridad. Jamás hubo ódio alguno que igualara al de los pobres de Dios, en contra de las espléndidas construcciones con que el país empezaba á cubrirse, no menos que contra las obras de los Romanos[381]. Precisados, para no perecer de hambre, á trabajar en aquellos edificios que les parecian monumentos de orgullo y de lujo prohibido, creíanse víctimas de ricos malvados, corrompidos é infieles á la Ley.
Concíbese con cuanto apresuramiento seria acogida una asociacion de socorros mútuos, en semejante estado social. La pequeña Iglesia debió parecerles un paraiso; así fué que aquella familia de hermanos, sencillos y unidos, de todas partes se atrajo afiliados. En cambio de lo que llevaban á la comunidad; aseguraban su porvenir, una confraternidad dulcísima y lisonjeras esperanzas. Era costumbre general que convirtieran sus bienes de fortuna en dinero antes de entrar en la secta[382], consistiendo comunmente esos bienes en pequeñas haciendas rurales poco productivas y cuya explotacion era incómoda. Las gentes solteras no encontraban sino ventajas en cambiar aquellos terrones por una colocacion de su valor en una sociedad de seguros, con pérdida del capital, pero con la esperanza de alcanzar el reino de los cielos. Algunos matrimonios solicitaron igualmente su participacion en este órden de cosas; pero tomáronse precauciones para que los asociados llevasen real y verdaderamente todo su haber á la comunidad, y no guardasen nada para sí, fuera del fondo comun[383]. Efectivamente, como cada cual no recibia en razon de la apuesta que habia hecho, sino proporcionalmente á sus necesidades[384], toda reserva de propiedad hubiera sido en realidad un robo hecho á la comunidad. En esto se vé la sorprendente semejanza de los tales ensayos de organizacion del proletariado con ciertas utopias que surgieron en una época no muy distante de nosotros. Empero nótase una profunda diferencia, que consiste en que el comunismo cristiano estribaba en una base religiosa, mientras que el socialismo moderno carece de ella. Claro está que una asociacion en que el dividendo se hace en razon de las necesidades de cada uno, y no en proporcion del capital abonado al fondo comun, no puede apoyarse sino en un sentimiento exaltadísimo de abnegacion, en una ardiente fé y en un ideal religioso.
Con semejante constitucion social, las dificultades administrativas habian de ser numerosísimas, cualquiera que fuese el grado de fraternidad que reinara en la asociacion. Entre las dos fracciones de la comunidad, cuyo idioma era distinto, los malentendidos eran inevitables. Difícil era que los judíos de raza no se mostrasen algo desdeñosos con aquellos de sus correligionarios, que eran menos nobles. Efectivamente no tardaron en oirse quejas y murmuraciones; lamentábanse los «helenistas,» cuyo número iba aumentando diariamente, de que sus viudas fuesen menos bien tratadas en las distribuciones que las de los «hebreos»[385]. Hasta entonces habian cuidado los apóstoles de la administracion de caudales; pero en vista de semejantes reclamaciones, conocieron les era preciso delegar esta parte de sus poderes. Propusieron por lo tanto á la comunidad, que confiase el cuidado de la administracion á siete hombres entendidos y considerados; y habiendo sido aceptada la proposicion, procedióse á elegirlos. Los siete nombrados para aquel cargo fueron Stephano ó Estéban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timon, Pármenas y Nicolás. Este último era natural de Antioquía y simple prosélito, y Estéban era tal vez de igual condicion[386]. Parece que procediendo inversamente de la práctica observada en la eleccion del apóstol Matías, se impusieron la obligacion de elegir los siete administradores, no ya en el grupo de los discípulos primitivos, sino entre los nuevos convertidos y especialmente entre los helenistas; así es que todos ellos tienen nombres puramente griegos. Estéban era el más importante de los siete, y en cierto modo su jefe. Los presentaron á los apóstoles, quienes, segun mérito consagrado ya, oraron sobre sus cabezas, posando sus manos en ellas.
Dióse á los administradores así designados el nombre sirio de Schammaschin, en griego Διάκονοι. Llamábanlos á veces «los Siete» para oponerlos á los «Doce»[387]. Tal fué pues el orígen del diaconato, que viene siendo el empleo eclesiástico más antiguo en las sagradas órdenes. Todas las iglesias que con el tiempo se organizaron, tuvieron sus diáconos, á imitacion de la de Jerusalem. La fecundidad de esta institucion fué maravillosa: representaba la asistencia del pobre elevada al nivel de un servicio religioso; era la proclamacion de esta verdad, que las cuestiones sociales son las primeras de que hay que preocuparse; viniendo á ser tambien la fundacion de la economía política en cosas religiosas. Los diáconos fueron los mejores predicadores del cristianismo, y pronto veremos cuál fué su oficio como evangelistas; siendo mucho más importante todavía el que les cupo como organizadores, ecónomos y administradores. Aquellos hombres prácticos, que se hallaban en perpétuo contacto con los pobres, los enfermos y las mujeres, penetraban en todas partes, todo lo veian, y exhortaban y convertian con la mayor eficacia[388]. Hicieron más que los apóstoles, inmóviles en Jerusalem, en su puesto de honor. Ellos fueron los verdaderos creadores del cristianismo en su parte más sólida y duradera.
Admitióse desde luego á las mujeres en este empleo[389]; llevando como en la actualidad el nombre de «hermanas»[390]. Al principio lo desempeñaban las viudas[391]; pero dióse más adelante la preferencia á las vírgenes para este oficio[392]. El tacto que guió en todo esto á la primitiva Iglesia fué admirable. Aquellos hombres buenos y sencillos asentaron con profunda ciencia, porque emanaba del corazon, las bases de la gran cosa cristiana por excelencia; la caridad. En ninguna parte hubieron de encontrar el modelo de estas instituciones, y sin embargo, de aquellos dos ó tres primeros años de afanes y trabajo, surgió una santa creacion, un vasto ministerio de beneficencia y de socorros mútuos, en el que empleando los dos sexos sus diversas cualidades, concertaban sus esfuerzos para aliviar las miserias humanas. Aquellos fueron los años más fecundos en la historia del cristianismo. Concíbese que el pensamiento todavía palpitante de Jesús inspirara á sus discípulos y los dirigiera en todos sus actos con maravillosa lucidez. Obrando en justicia, es efectivamente á Jesús á quien debemos tributar el honor de cuanto bueno y grande hicieron los apóstoles, siendo muy probable que durante su vida asentara las bases de los establecimientos que surgieron y se desarrollaron con tan feliz éxito, poco tiempo despues de su muerte.
Las mujeres acudian naturalmente presurosas á una comunidad en que el débil se encontraba amparado con tantas garantías, pues la posicion que venian ocupando en la sociedad de aquella época era harto humilde y precaria[393]; la viuda, sobre todo, á pesar de algunas leyes protectoras, veíase frecuentemente entregada á la miseria y poco respetada. Muchos doctores pretendian que no habia de darse á la mujer ninguna educacion religiosa[394]. El Talmud pone al mismo nivel, entre las calamidades públicas, á la viuda habladora y curiosa que pasa su vida chismeando y murmurando con la vecindad, así como á la vírgen que malgasta su tiempo en oraciones[395]. La nueva religion creó para aquellas pobres desheredadas un asilo honroso y seguro[396]. Algunas mujeres ocupaban un rango muy elevado en la Iglesia, sirviendo su casa de punto de reunion[397]. En cuanto á las que no tenian casa, las constituyeron en una especie de órden, ó de cuerpo presbiteral femenino[398], que comprendia tambien, probablemente, á las vírgenes, y cuyo oficio fué de la mayor importancia en la organizacion de la limosna. Las instituciones que se consideran como el fruto tardío del cristianismo, como son las congregaciones de mujeres, ciertas beatas (beguines), y las hermanas de la caridad, fueron una de sus primeras creaciones, el principio de su fuerza y la más perfecta expresion de su espíritu. Observaremos aquí particularmente que es completamente cristiana la admirable idea de consagrar con una especie de carácter religioso, y de sujetar á una disciplina regular á las mujeres que no están sujetas por los lazos del matrimonio. La palabra «viuda» vino á ser sinónima de persona religiosa, entregada á Dios, y por consiguiente «Diaconesa»[399]. En aquellos países donde la esposa de veinticuatro años está ya ajada, donde no hay casi intermedio entre la niña y la vieja, era como una nueva vida que se creaba para la mitad de la especie humana más capaz de afecto.
El tiempo de los Seleúcidas habia sido una época terrible de desenfreno femenino. Jamás se habian visto tantos dramas domésticos, tantas envenenadoras y adúlteras. Los sabios de entonces debieron considerar á la mujer como un azote de la humanidad, como un principio de bajeza y de vergüenza, como un genio malévolo cuyo oficio era únicamente combatir todas las nobles aspiraciones del otro sexo[400]. Empero el cristianismo lo cambió todo; pues en la edad que para nosotros es todavía la juventud, y que en la vida de la mujer de Oriente es tan triste, tan fatalmente entregada á las sugestiones del mal, sin más que rodear su cabeza con un chal negro[401], podia la viuda convertirse en una persona respetable, dignamente ocupada, una diaconesa, que igualaba á los hombres más estimados. El cristianismo elevó, é hizo santa[402] la posicion tan espinosa de la viuda sin hijos, pues esta vino á ser casi igual á la de la vírgen. Fué la calogría ó «bella anciana»[403], venerada, útil, tratada como madre. Esa clase de mujeres que iban y venian incesantemente[404], eran admirables misioneras para el nuevo culto, y los protestantes se equivocan, queriendo apreciar estos hechos con nuestro espíritu moderno de individualidad. Cuando se trata de historia cristiana, ha de reconocerse que el socialismo y el cenobitismo fueron primitivos.
El obispo y el sacerdote, tales como el tiempo los ha hecho, no existian todavía; pero, el ministerio pastoral, esa íntima familiaridad de las almas, independiente de los lazos de la sangre, estaba ya fundado. Ese ha sido siempre el don especial de Jesús, y como una herencia legada por él. Jesús repitió frecuentemente que él era para cada uno más que su padre, más que su madre, y que era preciso para seguirle, separarse de los séres más queridos. Por encima de la familia colocaba el cristianismo una cosa, creaba la fraternidad y el consorcio espirituales. El matrimonio antiguo, que entregaba la esposa al esposo, sin contrapeso alguno, era una verdadera esclavitud. La libertad de la mujer data del dia en que la Iglesia le dió un confidente, un guia en Jesús, quien la dirige y la consuela, quien la escucha siempre y á veces la invita á la resistencia. La mujer necesita ser gobernada, y no es dichosa sino cuando está gobernada; pero, es preciso que ame á quien la gobierna. Hé aquí lo que las sociedades antiguas, el judaismo, y el islamismo, nunca han podido conseguir. La mujer no ha tenido hasta ahora una conciencia religiosa, una individualidad moral, una opinion suya propia, sino profesando el cristianismo. Gracias á los obispos y á la vida monástica, una Radegunda sabrá encontrar los medios de sustraerse de los brazos de un esposo bárbaro. Siendo lo más importante la vida del alma, es justo y racional que el sacerdote que sabe hacer vibrar las cuerdas divinas, el consejero secreto que tiene la llave de las conciencias, sea más que el padre, más que el esposo.
En cierto modo, el cristianismo fué una reaccion contra la constitucion demasiado mezquina de la familia en la raza ariana. No solamente las viejas sociedades arianas no admitian casi más que al hombre casado, sino que comprendian el matrimonio en el sentido más estricto. Era una cosa análoga á la familia inglesa, un círculo estrecho, cerrado, sofocante, un egoismo entre varios, que desecaba tanto el alma, como el egoismo de uno solo. El cristianismo, con su divina nocion de la libertad del reino de Dios, corrigió esas exageraciones, y en primer lugar se guardó bien de hacer pesar sobre todos los deberes de la generalidad de los hombres. Comprendió que la familia no es el marco absoluto de la vida, ó por lo menos el marco en que han de encerrarse todos, que el deber de reproducir la especie humana, no habrá de imponerse á todos, que ha de haber personas exentas de esos deberes, bien que sean sagrados, pero no convenientes para todos. La excepcion que hizo la sociedad griega en favor de las héteras, á la manera de Aspasia; que la sociedad italiana admitió para la cortigiana, á la manera de Imperia, para satisfacer las necesidades de la sociedad culta; hízola el cristianismo para el sacerdote, la religiosa y la diaconesa, proponiéndose el bien general, admitiendo diversos estados en la sociedad; pues hay almas que encuentran más dulzura y satisfaccion en amarse entre quinientos, que entre cinco ó seis, y para las cuales la familia, en sus condiciones ordinarias, seria insuficiente, fria y fastidiosa. ¿Por qué pues aplicar á todos las exigencias de nuestras empañadas y medianas sociedades? La familia temporal no satisface completamente al hombre; necesita hermanos y hermanas fuera de los lazos carnales.
Con su gerarquía de los diferentes empleos sociales[405], la Iglesia primitiva pareció conciliar por el pronto estas exigencias opuestas. Nunca podremos comprender cuán felices fueron los que se sujetaron á aquellas reglas santas, que sostenian la libertad sin restringirla, haciendo posibles á la vez las dulzuras de la vida en comunidad y las de la vida privada. Era lo contrario de la mezcolanza de nuestras sociedades artificiales y destituidas de amor, en las que el alma sensible se encuentra á veces tan cruelmente aislada. La atmósfera era cálida y suave en aquellos pequeños asilos que se llamaban iglesias. Vivíase en comunidad, animados de la misma fé y de las mismas esperanzas; pero claro es tambien que semejantes condiciones no eran aplicables á una gran sociedad. Cuando países enteros se hicieron cristianos, convirtióse la regla de las primeras iglesias en una utopia, refugiándose en los monasterios. La vida monástica no es en este sentido sino la continuacion de las iglesias primitivas[406]. El convento es la consecuencia necesaria del espíritu cristiano, y no hay cristianismo perfecto sin convento, puesto que solo allí puede realizarse el ideal evangélico.