Habrá de concederse seguramente una gran participacion al judaismo en estas magnas creaciones; pues cada una de las comunidades judías, dispersas en las costas del Mediterráneo, era ya una especie de Iglesia con su caja de socorros mútuos. La limosna recomendada siempre por los hombres caritativos y virtuosos y por los sabios,[407] se habia convertido en precepto y se levantaba un templo en las sinagogas[408] y era considerada como el primer deber del prosélito[409]. En todos tiempos el judaismo se distinguió por el cuidado de sus pobres y por el sentimiento de caridad fraternal que inspira.

Es una suprema injusticia oponer el cristianismo al judaismo, puesto que todo lo que está dentro del cristianismo primitivo ha sido como complemento del judaismo. Examinando el mundo romano, es cuando se notan los milagros de caridad y de asociacion libre operados por la Iglesia. Jamás sociedad humana que solo haya reconocido por base la razon, ha producido efectos tan admirables. La ley filosófica de toda sociedad profana, en lo antiguo, ha sido la libertad y perfecta igualdad, pero jamás la fraternidad. La caridad, bajo el aspecto del derecho, nada tiene obligatorio; no mira á los individuos, encuentra en ellos ciertos inconvenientes y se deshace de los mismos. Toda tentativa para aplicar los fondos públicos al bienestar de los proletarios, parece el comunismo. Cuando un hombre muere de hambre, cuando clases enteras languidecen en la miseria, la política declara que es inevitable; que no puede existir estado civil ni político sin la libertad y que consecuencia de la libertad es que aquel que nada tiene y que nada puede ganar, muera de hambre: esto es lógico y nadie puede atentar contra los abusos de la lógica. Los deseos de las clases numerosas acaban siempre por sofocarlos, y demuestran que las aspiraciones sociales y religiosas tienen tambien derecho á una legítima satisfaccion, ya que las instituciones puramente políticas y civiles no son suficientes.

La gloria del pueblo judío, es haber proclamado este principio con toda energía, saliendo de la postracion en que se hallaban los Estados antiguos. La ley judía es social y no política; los profetas, los autores del Apocalipsis son promovedores de las revoluciones sociales, no motores de revoluciones políticas. En la primera mitad del primer siglo, colocados en presencia de la civilizacion profana, veremos que los judíos no tienen más que una idea, esto es, la de rehusar los beneficios del derecho romano, de este derecho filosófico, ateo, igual para todos y proclamado por la excelencia de su ley teocrática, que forma una sociedad religiosa y moral. La ley constituye la felicidad; hé aquí la idea de todos los pensadores judíos tales como Philon y Josefo. Las leyes de los otros pueblos procuran que se cumpla la justicia; poco les importa que los hombres sean buenos y felices: la ley judía desciende á los últimos detalles de la educacion moral. El cristianismo no es más que el desarrollo de esta misma idea. Cada iglesia es un monasterio y todos tienen derecho sobre todos, no pudiendo haber pobres ni malos ya que todos velan los unos por los otros. El cristianismo primitivo puede definirse diciendo que es una grande asociacion de pobres, un esfuerzo heróico contra el egoismo fundado sobre la idea de que cada uno solo tiene derecho sobre lo que necesita y que lo supérfluo pertenece á los que no tienen. Se vé sin dificultad, que entre semejante espíritu y el espíritu romano, se establecerá una lucha á muerte y que el cristianismo, por su lado, no llegará á reinar, á dominar el mundo más que á condicion de modificar profundamente sus tendencias naturales y su programa original. Sin embargo, los deseos que representa durarán eternamente. La vida comun, desde la segunda mitad de la edad media, ha servido para los abusos de una Iglesia intolerante, y habiéndose transformado con frecuencia el monasterio en un castillo feudal donde existia la guardia de una milicia perjudicial y fanática, el espíritu moderno se ha demostrado demasiado severo al aspecto del cenobitismo. Nosotros hemos olvidado que en la vida comun es donde encuentra el alma humana el más grato placer. Aquel cántico que dice «¡oh qué bueno y agradable es á los hermanos vivir juntos!»[410] ha dejado de ser el nuestro; mas cuando el individualismo moderno haya dado sus últimos frutos, cuando la humanidad entristecida y pisoteada sea impotente, renacerán las grandes instituciones y las estrechas disciplinas; cuando nuestra mezquina sociedad, digo mal, nuestro mundo de pigmeos haya sido dispersado á latigazos por los individuos heróicos é idealistas de la humanidad, entonces recobrará todo su valor la vida comun. Una multitud de grandes cosas, tales como la ciencia, se reorganizarán bajo la forma monástica, recobrada en una herencia de sangre: la importancia que nuestro siglo atribuye á la familia disminuirá; el egoismo, ley esencial de la sociedad civil, no ahogará á las grandes almas: todas desde puntos opuestos se unirán contra la vulgaridad: se encontrará el verdadero sentido á las palabras de Jesús y á las ideas de la edad media acerca de la pobreza; se comprenderá, en fin, que poseer cualquier cosa, ha podido considerarse como una inferioridad, ya que los fundadores de la vida mística, han disputado varios siglos para saber si Jesús poseia, al menos, «las cosas que se consumen por el uso». Estas sutilezas franciscanas volverán á ser grandes problemas sociales. La espléndida idea trazada por el autor de las Actas, será inscrita, como una revelacion profética, á la entrada del paraiso de la humanidad: «¡La multitud de los fieles solo poseia un corazon y un alma y ninguno de ellos miraba lo que poseia como propiedad suya ya que de ello gozaban todos en comun. No habia pobres entre ellos; los que tenian campos y casas las vendian y llevaban el precio á los piés de los apóstoles y despues se distribuian segun las necesidades de cada uno, y cada dia comian el pan en medio de la mayor tranquilidad y sencillez de corazon[411]

No adelantemos el tiempo: hemos llegado, poco más ó menos, al año 36. Tiberio en Capri no apercibia al enemigo del imperio. En dos ó tres años la nueva secta habia hecho sorprendentes progresos. Contaba ya muchos miles de fieles[412]. Era fácil preveer que sus conquistas se efectuarian sobre todo entre los helenistas y prosélitos. El grupo galileo que habia oido al Maestro, guardando su primacia, era incomprensible y podia fácilmente preveerse que la victoria pertenecia á los últimos. Á la hora en que estamos, ningun pagano, es decir, ningun hombre sin lazo anterior con el judaismo, habia entrado en la Iglesia, pero desempeñaban en ella papeles importantes varios prosélitos[413]. El círculo de los discípulos se habia tambien alargado y no era ya un simple colegio de Palestinos, sino que habia varios hijos de Chipre, Antioquía y Cirene[414] y en general de casi todos los puntos de las costas orientales del Mediterráneo, donde se habian establecido colonias judías. El Egipto solo faltaba á esta primitiva Iglesia, y es probable le falte mucho tiempo. Los judíos de este país estaban en lucha con la Judea. Vivian de su vida propia, superior bajo todos conceptos á la de Palestina, y les afectaba débilmente el impulso de los movimientos religiosos de Jerusalem.

CAPÍTULO VIII.

Primera persecucion. — Muerte de Estéban. — Destruccion de la primera Iglesia de Jerusalem.

Año 36

Era inevitable que las predicaciones de la nueva secta, aunque se verificaran con toda reserva, despertasen los ódios que se habia conquistado su fundador, y acabaron por amenazarle con la muerte. Reinaba todavía la familia de Hanan que habia hecho matar á Jesús. José Kaiapha ocupó, hasta el 36, el soberano pontificado, cuyo poder efectivo abandonó á su abuelo Hanan y á sus parientes Juan y Alejandro[415]. Estos hombres altivos y sin piedad, veian con impaciencia un cuerpo de personas buenas y santas ganar, sin título oficial, el favor de la multitud[416]. Una ó dos veces, Pedro, Juan y los principales miembros del colegio apostólico, fueron puestos en la cárcel y condenados á ser azotados. Este era el castigo que se imponia á los herejes[417], para el cual no era necesaria autorizacion de los romanos. Estas brutalidades no hacian más que excitar el ardor de los apóstoles, saliendo de aquellos lugares llenos de gloria por haber sido juzgados y sufrido una afrenta por aquel al cual amaban y defendian[418]. ¡Eterna puerilidad de las represiones penales aplicadas á las cosas del alma! Eran tenidos por hombres de órden, sabios y prudentes, y sin embargo, los alborotadores del 36, creyeron acabar á latigazos con el cristianismo.

Estas violencias provenian principalmente de los saduceos[419], es decir, del alto clero, que rodeaba el templo y sacaba de ello inmensos beneficios[420]. Los fariseos no desplegaron tanta animosidad contra la secta como la habian desplegado contra Jesús. Los nuevos creyentes eran gentes piadosas, rígidas, de un género de vida análogo al de los mismos fariseos.

La rabia que estos últimos sintieron contra el fundador, provenia de la superioridad de Jesús, superioridad que éste no tenia cuidado de disimular. Sus finas atenciones, su espíritu, su talento, su aversion contra los falsos devotos, habian alimentado ódios crueles. Por el contrario, los apóstoles estaban limpios de corazon y jamás emplearon la ironía. Los fariseos les fueron favorables por momentos, y hubo muchos que hasta se hicieron cristianos[421]. Los terribles anatemas de Jesús contra el fariseismo no estaban escritos todavía, y la tradicion de las palabras del Maestro no era ni general ni uniforme[422].