El viajero era un personaje poderoso; era un eunuco de la reina de Etiopía; era su ministro de hacienda, guardian de sus tesoros, que habiendo ido á adorar á Jerusalem, volvia entonces á Napata[467] por el camino de Egipto. Candace ó candaoce era el título que se daba á las reinas de Etiopía hácia el tiempo de que hablamos[468]. El judaismo habia ya entonces penetrado en Nubia y en Abisinia;[469] muchos indígenas se habian convertido ó á lo menos contaban entre sus prosélitos á algunos que sin ser circuncidados adoraban al Dios único[470]. Tal vez el eunuco era de esta última clase, un simple pagano piadoso como el centurion Cornelio que figurará bien pronto en esta historia. Es imposible en todo caso suponer que estuviese iniciado en el judaismo de una manera completa[471]. Hasta entonces no se habia oido hablar del eunuco; pero Felipe contó el incidente y más tarde se le dió importancia. Cuando á la admision de los paganos en la Iglesia cristiana llegó á ser una cuestion capital, consideróse el incidente referido como un precedente grave. Felipe creia haber obrado en todo por inspiracion divina[472]. Este bautismo suministrado por órden del Espíritu Santo á un hombre apenas judío, notoriamente incircunciso, que solo creia en el cristianismo hacia pocas horas, tuvo un alto valor dogmático. Esto fué un argumento para los que creian que las puertas de la nueva Iglesia debian estar abiertas para todos[473].
Felipe despues de esta aventura volvióse á Aschdod ó Azote. Era tal el nuevo estado de entusiasmo en que vivian los misioneros que á cada paso creian oir la voz del cielo, recibir direcciones del Espíritu Santo[474]. Cada uno de ellos creia obrar por una voluntad superior y al ir de una poblacion á otra, pensaban obedecer á una inspiracion sobrenatural. Varias veces creian hacer viajes aéreos y Felipe era con respecto á este particular uno de los más exaltados. Por indicacion de un ángel creia haber venido de Samaria y haber pasado por el sitio donde encontró al eunuco; despues del bautismo de éste, se imaginaba que el Espíritu Santo, le habia trasladado en un momento á Azote[475].
Azote y el camino de Gaza fueron el término de la primera predicacion evangélica hacia el Sur. Al otro lado estaban el desierto y la vida nómada en la cual no adelantó mucho el cristianismo. Desde Azote, el diácono Felipe se volvió hácia el Norte y evangelizó toda la costa hasta Cesarea. Tal vez las iglesias de Joppe y de Lydda, que veremos pronto florecientes[476] fueron tambien fundadas por él. Fijóse en Cesarea y fundó una iglesia importante[477]. Nosotros le volveremos á encontrar veinte años más tarde[478]. Cesarea era una ciudad nueva, la más considerable de Judea[479], que se habia construido en el sitio que antes ocupara una fortaleza sidoniana llamada «torre de Abdastarté, ó de Straton,» por Herodes el Grande, el cual la dió, en honor de Augusto, el nombre que aún llevan hoy sus ruinas. Cesarea era por todos conceptos el mejor puerto de Palestina, y por sus rápidos adelantos comprendíase que deseaba convertirse en capital, y no es extraño, por lo tanto, que las personas notables de Judea pensaran en fijar allí su residencia habitual[480]. Era sobre todo un pueblo pagano[481]; sin embargo, abundaban en él los judíos, entablándose con frecuencia crueles rivalidades entre las dos clases de la poblacion[482]. Hablábase únicamente la lengua griega, y hasta los judíos recitaban en griego varios trozos de la liturgia[483]. Los austeros rabinos de Jerusalem pintaban á Cesarea como una morada profana, perjudicial, donde el individuo se volvia casi pagano[484]. Por todas las razones que se acaban de exponer, dicha poblacion representará un papel importante en el transcurso de nuestra historia. Ella fué, bajo cierto aspecto, el puerto del cristianismo, el punto desde el cual la Iglesia de Jerusalem se comunicó con todo el Mediterráneo.
Otras muchas misiones, cuya historia nos es desconocida, se hicieron paralelamente á la de Felipe[485]. La misma rapidez con que se llevó á cabo esta primera predicacion, fué la causa de su éxito. En el año 38, cinco años despues de la muerte de Jesús y uno poco más ó menos de la de Estéban, toda la Palestina, al otro lado del Jordan, habia escuchado la buena nueva de boca de los misioneros salidos de Jerusalem. La Galilea por su parte guardaba la santa semilla y probablemente la extendia á su alrededor, aunque nada se sepa de las misiones salidas de aquel país. Tal vez la poblacion de Damasco, que en la época á que nos referimos contenia varios cristianos[486], recibia la fé de los predicadores galileos.
CAPÍTULO X.
Conversion de San Pablo.
Año 38
El año 38 valió á la Iglesia naciente una conquista notable. Fué en efecto en el transcurso de este año[487] cuando debió tener lugar, poco más ó menos, la conversion de aquel Saulo que hemos encontrado como cómplice de la lapidacion de Estéban, agente principal de la persecucion del año 37, y que acababa de transformarse, por un misterioso efecto de la gracia, en el más ardiente de los discípulos de Jesús.
Saulo, nació en Tarso, en Cilicia[488] el año 10 ó 12 de nuestra era[489]. Segun la moda del tiempo se habia latinizado su nombre con el de Paulo[490] y no llevó este nombre de una manera continua, hasta que hubo tomado el calificativo de apóstol de los gentiles[491]. Pablo era de la más pura sangre judía[492]. Oriunda su familia, tal vez de la poblacion de Giscala, en Galilea[493], pretendia pertenecer á la tribu de Benjamin[494]. Su padre poseia el título de ciudadano romano[495]. Sin duda alguno de sus antecesores habia comprado este título, ó lo habia adquirido con sus servicios. Puede suponerse que lo habia obtenido su abuelo por haber ayudado á Pompeyo cuando la conquista romana (63 años antes de J.-C.); su familia, como todas las buenas y antiguas casas judías, pertenecia al partido de los fariseos[496]. Pablo fué educado en los principios más severos de esta secta[497] y si repudió más tarde sus rígidos dogmas, guardó su ardiente fé y su entusiasta exaltacion.
Tarso era en la época de Augusto, una poblacion muy floreciente. Los habitantes pertenecian en su gran parte á la raza griega y armenia, pero los judíos abundaban mucho como en todas las poblaciones mercantiles.[498] Era muy extendida la aficion á las ciencias y á las letras y ninguna poblacion del mundo, sin exceptuar Atenas y Alejandría, poseia tantas escuelas é institutos científicos[499]. El número de los sabios que produjo ó que hicieron sus estudios en Tarso, es verdaderamente notable[500]. De esto no debe deducirse que Pablo recibiera una educacion helénica señalada. Los judíos frecuentaban raras veces los establecimientos de instruccion profana[501]. Las escuelas más célebres de Tarso eran las escuelas de retórica[502]. Lo primero que se aprendia en ellas era el griego clásico, y no es creible que un hombre que hubiese aprendido aunque fuese elementalmente la gramática y retórica de una lengua tan elegante, hubiese escrito tan incorrectamente como lo hizo bajo el aspecto helénico las epístolas de San Pablo. Él habla habitualmente y con facilidad en griego[503]; él escribe, ó mejor dicho, dicta[504] en esta lengua, pero su griego es el de los judíos helenistas; un griego cargado de hebraismos y de siriacismos que apenas debe ser inteligible para un literato de la época y que no se comprende más que haciéndose cargo de la construccion siriaca que Pablo, al dictar, formaba en su espíritu. Él mismo reconoce el carácter popular y grosero de su lengua[505]. Cuando podia hablaba el hebreo, es decir, el siro-caldeo de aquel tiempo[506]. En esta lengua pensaba; en esta lengua le habló la voz íntima del camino de Damasco[507].