1868.
INTRODUCCION.
Crítica de los documentos originales.
El primer libro de nuestra Historia de los orígenes del cristianismo, refiere los acontecimientos hasta la muerte y enterramiento de Jesús, y es preciso ahora reanudar el hilo de la narracion desde el punto en que la dejamos, es decir, desde el sábado 4 de Abril del año 33, lo cual será continuar en parte la vida de Jesús. Pasados los meses de alegre embriaguez durante los cuales asentó el gran fundador las bases de un nuevo órden de cosas para la humanidad, fueron los años siguientes los más decisivos en la historia del mundo; y de nuevo encontramos á Jesús, quien por el fuego sagrado, cuya chispa depositó en el corazon de algunos amigos, crea instituciones de la más elevada originalidad, y conmueve y transforma las almas, imprimiendo en todas las cosas un sello divino. Ahora nos toca demostrar como bajo aquella influencia siempre creciente y victoriosa de la muerte, se propagó por la resurreccion, la fé, la influencia del Espíritu Santo, el don de las lenguas y el poder de la Iglesia; daremos á conocer la organizacion de la Iglesia de Jerusalem, sus primeras pruebas, sus primeras conquistas, las más antiguas misiones que salieron de su seno, y seguiremos en fin al cristianismo en su rápido progreso desde Siria hasta Antioquía, donde se forma una segunda capital, más importante en cierto modo que Jerusalem, á la cual debia reemplazar más tarde. En aquel nuevo centro donde los paganos convertidos forman la mayoría, veremos al cristianismo separarse definitivamente del judaismo y recibir un nombre; veremos nacer la idea de las grandes misiones lejanas, cuyo objeto era dar á conocer el nombre de Jesús en el mundo de los gentiles; nos detendremos en el momento solemne en que Pablo, Bernabé y Juan Márcos parten para llevar á cabo su elevado designio, é interrumpiendo entonces nuestra narracion á fin de echar una ojeada sobre el mundo que tratan de conquistar los atrevidos misioneros, trataremos de darnos cuenta del estado intelectual, político, moral, religioso y social del imperio romano, hácia el año 45, fecha probable de la partida de San Pablo á su primera mision.
Tal es el objeto de este segundo libro, que titularemos Los Apóstoles, porque expone el período de la accion comun durante el cual la pequeña familia creada por Jesús marcha de concierto y se agrupa moralmente al rededor de un punto único, de Jerusalem. En nuestro próximo libro, que será el tercero, saldremos de este cenáculo para ver presentarse casi solo en escena al hombre que representa mejor que otro ninguno al cristianismo conquistador y viajero, es decir á San Pablo.
Aun cuando éste se haya dado desde cierta época el título de Apóstol, no lo era con el mismo título que los Doce,[1] y solo debe considerarse como un obrero de segundo órden, y hasta puede decirse como un intruso.
Segun se desprende de los documentos históricos que han llegado hasta nosotros, y como sabemos muchas más cosas de San Pablo que de los Doce, y tenemos sus escritos auténticos, y memorias originales de notable precision sobre algunas épocas de su vida, se ha incurrido en el error de darle una importancia de primer órden, casi superior á la de Jesús. Pablo es ciertamente un gran hombre y desempeñó en la fundacion del cristianismo un papel de los más importantes, pero no se le debe comparar ni á Jesús ni aun á los discípulos de éste. Pablo no vió á Jesús ni probó la ambrosía de la predicacion de Galilea, y siendo así, el hombre más insignificante que tuvo su parte en el maná celestial, era por esto mismo superior al que apenas lo habia probado. Nada más falso que la opinion que está en boga en nuestros dias, segun la que se supone que Pablo fué el primer fundador del cristianismo. Esto no es exacto: el verdadero fundador del cristianismo es Jesús, y despues de éste deben figurar en primer término sus fieles y apasionados amigos, esos grandes hombres que fueron los oscuros compañeros de Jesús y que creyeron en él aun despues de su muerte. En el primer siglo pudo considerarse á Pablo como una especie de fenómeno aislado, pues en vez de una escuela organizada, solo dejó ardientes adversarios que despues de su muerte quisieron desterrarle en cierto modo de la Iglesia, comparándoles con Simon el Mágico.[2] Se le negó que hubiese llevado á cabo la conversion de los gentiles,[3] que es lo que consideramos como su propia obra; la Iglesia de Corinto, que él solo habia fundado,[4] dijo que debia tambien su orígen á San Pedro;[5] en el siglo II, Papias y San Justino no pronuncian su nombre, y solo más tarde, cuando la tradicion oral ya no fué nada y tuvo que ceder su puesto á la Escritura, llegó Pablo á ocupar un lugar preferente en la teología cristiana. Pablo en efecto fué teólogo, lo cual no puede decirse de Pedro y María de Magdala; Pablo ha dejado obras considerables, y los escritos de los demás Apóstoles no pueden competir con los suyos ni en importancia ni en autenticidad.
Á primera vista, los documentos referentes al período que comprende este volúmen, son escasos y de todo punto insuficientes, pues los testimonios directos se reducen á los primeros capítulos de las Actas de los Apóstoles, capítulos cuyo valor histórico da lugar á graves objeciones. Pero la luz que proyectan en este oscuro intervalo los capítulos de los Evangelios, y sobre todo las epístolas de San Pablo, disipan en cierto modo las tinieblas. Un escrito antiguo, no solo sirve para dar á conocer la época en que se redactó sino tambien la anterior, y sugiere seguramente inducciones retrospectivas acerca de la sociedad que lo produjo. Las epístolas de San Pablo compuestas en el período comprendido desde el año 53 al 62, poco más ó menos, contienen infinitos datos sobre los primeros años del cristianismo y como se trata aquí principalmente de las grandes fundaciones sin fechas precisas, lo esencial es demostrar en qué condiciones se formaron aquellas. Debo pues advertir una vez para siempre que la fecha corriente inscrita al principio de cada página solo es aproximada, pues en la cronología de los primeros años no se cuenta sino un escaso número de datos fijos. Sin embargo, gracias al cuidado que ha tenido el autor de las Actas de no alterar la série de los hechos; gracias á la epístola de los Galatas, donde se encuentran algunas indicaciones numéricas de inestimable precio, y merced en fin á Josefo que nos da la fecha de los acontecimientos de la historia profana, enlazados con algunos hechos referentes á los Apóstoles, se llega á crear para la historia de estos últimos un conjunto muy verosímil donde las probabilidades del error flotan entre los límites de la exactitud.
Repetiré nuevamente al empezar este libro lo que ya he dicho al principio de mi Vida de Jesús: en historias como esta, donde solo el conjunto es cierto, y donde los detalles se prestan más ó menos á la duda, á causa del carácter legendario de los documentos, la hipótesis es indispensable. Tratándose de épocas de que no sabemos nada, no hay hipótesis posible. Intentar reproducir tal ó cual grupo de la escultura antigua, que ha existido ciertamente pero del cual no se conserva resto alguno, ni la menor noticia escrita, es ciertamente hacer una obra arbitraria; pero ¿no será acaso legítimo é indispensable tratar de reedificar los frontis del Parthenon con los restos que se encuentren, consultando además los textos antiguos, los dibujos hechos en el siglo XVII, todos los datos en fin con que pueda uno inspirarse en el estilo de aquellas inimitables obras, tratando de reproducir su alma y su vida? No diremos por esto que se ha encontrado la obra del escultor antiguo, pero se ha hecho lo posible por imitarla; y á fé que este procedimiento es tanto más legítimo en la historia, cuanto que el lenguaje permite las formas dubitativas, que no admite el mármol. Nada impide además al lector elegir entre diversas suposiciones. La conciencia del escritor, debe quedar tranquila desde el momento en que ha presentado como cierto lo que es cierto, como probable lo que es probable, como posible lo que es posible, y en los puntos en que el pensamiento se desliza entre la historia y la leyenda, lo que debe buscarse es el efecto general. Nuestro tercer libro, para la confeccion del cual contamos con documentos absolutamente históricos, y en el que debemos describir los caractéres con precision, refiriendo los hechos con claridad, ofrecerá una narracion más exacta, aun cuando se vea que la historia de aquel período no se conoce más á fondo. Los hechos consumados hablan más alto que todos los detalles biográficos: sabemos muy poco de los artistas inimitables que crearon las obras maestras del arte griego, pero esas obras nos dicen más acerca de sus autores y del público que las apreció, que lo que pudieran decirnos las narraciones más circunstanciadas, los textos más auténticos.
Para el conocimiento de los hechos decisivos que pasaron en los primeros dias despues de la muerte de Jesús, los documentos son los últimos capítulos de los Evangelios, que dan cuenta de las apariciones de Cristo resucitado[6]; y no es necesario repetir aquí lo que he dicho en la introduccion de mi Vida de Jesús acerca del valor de tales documentos. Para este libro tenemos felizmente un comprobante de que careciamos en nuestra primera obra, y al decir esto, me refiero á un pasaje capital de San Pablo (I Cor., XV, 5-8), que establece: 1.º la realidad de las apariciones; 2.º la larga duracion de estas, contrariamente á lo que refieren los evangelios sinópticos, y 3.º la variedad de los lugares, donde tuvieron lugar aquellas, en contraposicion á lo que dicen Márcos y Lucas. El estudio de este texto fundamental, y otras muchas razones, nos confirman en las opiniones que habiamos anunciado acerca de la relacion recíproca de los sinópticos y del 4.º Evangelio, y en lo que se refiere á la resurreccion y á las apariciones, es notoria la superioridad del último, por lo que hace á la vida de Jesús. Si se quiere encontrar una narracion seguida, lógica, que permita conjeturar con verosimilitud lo que se ocultó tras las ilusiones, allí es donde es preciso buscarlo, y aquí vengo á tocar la más difícil de las cuestiones que se refieren á los orígenes del cristianismo: ¿Cuál es el valor histórico del cuarto Evangelio? El uso que de este he hecho en mi Vida de Jesús, es precisamente lo que ha dado lugar á que me dirijan más objeciones los críticos ilustrados, pues todos los sabios que aplican á la historia de la teología el método racional, rechazan el cuarto Evangelio como apócrifo en todos conceptos. He reflexionado mucho nuevamente en este problema, y apenas he podido modificar mi primera opinion, mas como en este punto no soy del parecer de la generalidad, creo un deber mio exponer en detalle los motivos de mi persistencia, y lo haré en un Apéndice que aparecerá al fin de una edicion revisada y corregida de la Vida de Jesús, que ha de ver la luz pública próximamente.