Las Actas de los Apóstoles, constituyen el documento más importante para la historia que vamos á referir, y por lo tanto debo dar algunas explicaciones acerca del carácter de esa obra y de su valor histórico, así como tambien del uso que de ella hice.
No cabe la menor duda que el autor de las Actas es el mismo que el del tercer Evangelio, y que aquellos son la continuacion de este último. Nadie se detendrá á probar esta proposicion, que por lo demás no se ha discutido sériamente[7] pero los prefacios que encabezan ambos escritos, la dedicatoria de uno y otro á Teófilo y la perfecta semejanza del estilo y de las ideas, ofrecen sobre este punto abundantes demostraciones.
Hay una segunda proposicion que aunque no ofrece la misma seguridad, puede considerarse sin embargo como muy probable, y es que el autor de las Actas es un discípulo de Pablo que le acompañó en muchos de sus viajes. Á primera vista, esta proposicion no admite duda. En muchos párrafos á partir del versículo 10 del capítulo XVI, el autor de las Actas, emplea en la narracion el pronombre nosotros, indicando así que por entonces formaba parte de la compañía apostólica que rodeaba á San Pablo. Esto es evidente; y en efecto; solo queda una salida para rebatir tan fuerte argumento, y esta es, suponer que los pasajes donde se halla el pronombre nosotros, han sido copiados por el último redactor de las Actas de un escrito anterior, de memorias originales de un discípulo de Pablo, por ejemplo, de Timoteo, y que el redactor habrá olvidado, por inadvertencia, sustituir al nosotros el nombre del narrador. Esta explicacion, sin embargo, no es muy admisible, pues si bien se comprenderia semejante descuido en una recopilacion vulgar, no así en el tercer Evangelio y en las Actas, que forman una obra muy bien redactada, escrita con reflexion y hasta con arte por una misma mano y segun un plan.[8] Ambos libros reunidos forman un conjunto donde se observa exactamente el mismo estilo, las mismas locuciones favoritas y hasta el mismo modo de citar la Escritura. Una falta tan chocante como la que queriamos suponer seria inexplicable, y por lo tanto todo nos induce poderosamente á creer que uno mismo es el que ha escrito el fin de la obra y el principio, y que el narrador de todo es el que dice nosotros en los pasajes precitados.
Todo esto llama aún más la atencion si se observa en qué circunstancias aparece el narrador en compañía de Pablo: el uso del nosotros comienza en el momento en que este último marcha á Macedonia por la primera vez (XVI, 10) y cesa cuando Pablo sale de Filipos; repitiéndose la frase cuando aquel hace el segundo viaje á los mismos puntos (XX, 5, 6). Desde entonces el narrador no se separa de Pablo hasta el fin, y si se observa además que los capítulos en que el primero acompaña al segundo tienen un carácter particular de precision, no puede ponerse ya en duda que el narrador no fuera un macedonio ó más bien un filipense[9] que sale al encuentro de Pablo en Troas, durante la segunda mision; que permanece en Filipos despues de la partida del Apóstol, y que al pasar éste por última vez por dicha ciudad (tercera mision), se une á él para no abandonarle nunca. ¿Cómo se explica que un hombre que escribió sobre una época lejana se dejase dominar de tal modo por los recuerdos de otra? Estos recuerdos perjudicarian al conjunto: el narrador que dice nosotros tendria su estilo, sus frases especiales[10] y seria más Pauliniano que el redactor principal, y esto no es así, puesto que en la obra hay una perfecta homogeneidad.
Se extrañará acaso que una tésis en apariencia tan evidente haya encontrado contradictores, pero la crítica de los escritos del Nuevo Testamento, ofrece muchos puntos, que claros en un principio, presentan numerosas dudas al proceder á su exámen. Por lo que hace al estilo, á los pensamientos y á las doctrinas, las Actas, no son lo que podria esperarse de un discípulo de Pablo, ni se parecen en nada á las epístolas de este último, pues no se encuentra ni el menor vestigio de las atrevidas doctrinas que constituyen la originalidad del Apóstol de los gentiles. El carácter de Pablo parece ser el de un protestante brusco y severo; el autor de las Actas se nos presenta como un buen católico, dócil, optimista, que no habla de un sacerdote sin usar el adjetivo santo, ni de un obispo sin llamarle grande, y que se halla dispuesto á aceptar todas las ficciones, antes que reconocer que esos santos sacerdotes y grandes obispos, disputan entre sí, haciéndose á veces la más cruda guerra. Sin dejar de admirar á Pablo, el autor de las Actas evita en lo posible darle el título de Apóstol[11] y quiere que la iniciativa de la conversion de los gentiles sea de Pedro, lo cual podria hacer creer que dicho autor es en suma un discípulo de Pedro más bien que de Pablo. Bien pronto demostraremos que en dos ó tres circunstancias sus principios de conciliacion le han inducido á falsear gravemente la biografía de Pablo, cometiendo inexactitudes[12] y sobre todo omisiones verdaderamente extrañas en un discípulo de este último[13] puesto que no habla de una sola de las epístolas, y reduce de una manera sorprendente relatos de la mayor importancia.[14] Aun en las partes en que debe aparecer como compañero de Pablo, el autor de las Actas, usa un lenguaje muy seco y no da pruebas de hallarse muy bien informado.[15] Por último, la dejadez y vaguedad que se notan en ciertas narraciones, la parte convencional que se descubre, darian que pensar á un escritor que no hubiese tenido relacion alguna directa ó indirecta con los Apóstoles, y que escribiese hácia el año 100 ó 120.
¿Podrán tener estas objecciones alguna importancia? Á mí me parece que no, y persisto en creer que el último redactor de las Actas no es otro sino el discípulo de Pablo que dice nosotros en los últimos capítulos. Por difíciles de resolver que parezcan todas las dudas, debemos suspender nuestro juicio en el caso de no resolverse aquellas ante un argumento tan decisivo como el que resulta de la palabra nosotros; y á esto añadiremos que atribuyendo las Actas á un compañero de Pablo, se explican dos particularidades importantes: por un lado la desproporcion de las partes de la obra, en la que se habla preferentemente de Pablo, y por otro la desproporcion que se nota en la biografía misma de éste, de cuya primera mision se habla muy poco en tanto que de la segunda y tercera, sobre todo en los últimos viajes, se da cuenta con minuciosos detalles. Un hombre completamente extraño á la historia apostólica no habria incurrido en estas faltas, y á no dudarlo estaria mejor concebido el conjunto de su obra. Uno de los caractéres que distingue la historia compuesta con documentos, de la historia original, es precisamente la desproporcion; el historiador de gabinete, toma por cuadro los sucesos mismos, en tanto que el autor de memorias solo se sirve de sus recuerdos ó cuando menos de sus relaciones personales. Un historiador eclesiástico, una especie de Eusebio, escribiendo hácia el año 120, nos hubiera legado un libro distribuido de otro modo á partir del capítulo XIII. La manera extraña con que las Actas salen despues de la órbita donde giraban hasta entonces, no se explica, en mi concepto, sino por la situacion particular del autor y sus relaciones con Pablo. Este resultado se confirmará naturalmente si encontramos entre los colaboradores conocidos del Apóstol el nombre del autor á quien la tradicion atribuye nuestra historia.
Esto es precisamente lo que sucede: los manuscritos y la tradicion nos dan como autor del tercer Evangelio, á un tal Lucanus,[16] ó Lucas, y de lo dicho resulta que si Lucas es verdaderamente el autor del tercer Evangelio, lo es igualmente de las Actas. Ahora bien, el nombre de Lucas aparece precisamente como el de un compañero de Pablo en la epístola de los Colosenses, IV, 14; la de Filemon, 24, y en la segunda de Timoteo, IV, 11. La autenticidad de esta última es muy dudosa, y aunque no lo sea tanto la de las dos últimas, no puede afirmarse, sin embargo, con toda seguridad que sean de San Pablo. De todos modos, los tales escritos son del primer siglo, y esto basta para probar evidentemente que entre los discípulos de Pablo existió un Lucas. El que confeccionó las epístolas de Timoteo, no es en efecto el mismo que compuso las de los Colosenses y Filemon, (suponiendo contrariamente á nuestra opinion que estas sean apócrifas). Admitir que un falsario hubiese atribuido á Pablo un compañero ficticio, seria ya poco verosímil; pero menos lo es aún que falsarios distintos hubieran elegido el mismo nombre. Dos observaciones pueden hacerse que dan á este razonamiento una fuerza particular: la primera es que el nombre de Lucas ó Lucanus es entre los primeros cristianos un nombre raro que no se presta á confusiones anónimas, y es la segunda que el Lucas de las epístolas no adquirió nunca celebridad. Inscribir un nombre célebre al principio de un escrito, como se hizo para la segunda epístola de Pedro, y muy probablemente para las de Pablo, en Tito y Timoteo, no era en nada contrario á las costumbres de la época; pero encabezar un escrito con un nombre falso y oscuro, es una cosa que no se concibe. ¿Seria la intencion del falsario patrocinar el libro con la autoridad de Pablo? Pero si es así ¿por qué no tomaba el nombre mismo de Pablo, ó cuando menos el de Timoteo ó de Tito, discípulos más conocidos del Apóstol de los gentiles? Lucas no ocupaba ningun lugar en la tradicion, en la leyenda, ni en la historia, y los tres pasajes precitados de las epístolas no podian bastar para reconocer en aquel una garantía admitida, pues todas las epístolas á Timoteo se han escrito probablemente despues de las Actas, y las citas de Lucas en las epístolas á los Colosenses y Filemon equivalen á una sola, de tal modo, que estos dos escritos forman un solo cuerpo. Creemos pues que el autor del tercer Evangelio y las Actas, es real y efectivamente Lucas, discípulo de Pablo.
El nombre de Lucas y la profesion de médico que ejercia el llamado discípulo de Pablo,[17] convienen bien con las indicaciones que dan ambos libros sobre su autor. Hemos demostrado en efecto que el autor del tercer Evangelio y de las Actas era probablemente natural de Filipos,[18] colonia romana donde dominaba el latin[19] y además de esto debe notarse que el autor del tercer Evangelio y de las Actas no conoce bien el judaismo[20] ni la historia de Palestina[21] ni sabe tampoco el Hebreo[22] pero está muy al corriente de las ideas del mundo pagano[23] y escribe el griego de una manera bastante correcta. La obra se ha compuesto lejos de la Judea por personas poco entendidas en geografía[24] que no se cuidaban ni de poseer la ciencia rabinica á fondo, ni de los nombres Hebreos;[25] reduciéndose la idea dominante del autor á que si se hubiera permitido al pueblo seguir su inclinacion habria abrazado la fé de Jesús, á lo cual se opuso la aristocracia judía.[26] La palabra Judío se toma siempre en la obra en sentido despreciativo y como sinónimo de enemigo de los cristianos;[27] por el contrario se habla muy favorablemente de los herejes samaritanos.[28]
¿En qué época podrá haberse compuesto aquel escrito notable? Lucas aparece por primera vez en compañía de Pablo cuando éste hizo su primer viaje á Macedonia hácia el año 52. Supongamos que contara entonces veinte y cinco años, y en este caso nada más natural que hubiese vivido hasta el año 100, pero la historia de las Actas no llega más que hasta el año 63[29] y como quiera que su redaccion es evidentemente posterior á la del tercer Evangelio, y la fecha de la composicion de este se fija de una manera bastante precisa en los años inmediatos que siguieron á la ruina de Jerusalem (año 70)[30], no se puede suponer que se redactaran las Actas antes del 71 ó 72.
Si fuera seguro que esta obra se compuso seguidamente al Evangelio, podriamos detenernos aquí, mas en este punto está permitida la duda: algunos hechos inducen á creer que ha transcurrido un intervalo entre la composicion del tercer Evangelio y la de las Actas, y esto es tanto más verosímil cuanto que se nota entre los últimos capítulos del Evangelio y el primero de las Actas una singular contradiccion. Segun el último capítulo de los Evangelios parece que la ascension tuvo lugar el mismo dia de la resurreccion[31], y el primer capítulo de las Actas[32] dice que aquella no ocurrió sino al cabo de cuarenta dias. Claro es que esta segunda version nos presenta una forma más avanzada que la leyenda, forma adoptada cuando se vió que era necesario dejar un intervalo para las diversas apariciones, y dar á la vida de Jesús despues de salir de la tumba un cuadro completo y lógico. Podria pues suponerse que al autor no le ocurrió interpretar así las cosas sino en el intervalo que medió entre la redaccion de ambas obras; y de todos modos es muy extraño que aquel se crea obligado á pocas líneas de distancia á desarrollar su primera historia aumentando el número de datos. Si aún tenia entre manos su primer libro ¿por qué no hacia las adiciones, que separadas como aparecen luego, causan tan mal efecto? Esto no es sin embargo una prueba decisiva, y hay una circunstancia grave que induce á creer que Lucas concibió al mismo tiempo el plan y el conjunto. El prefacio que encabeza el Evangelio es el que parece comun á los dos libros[33]. La contradiccion que acabamos de indicar se explica acaso por el poco cuidado que se tuvo de dar una cuenta exacta del empleo del tiempo, y á esto se debe seguramente que todas las relaciones de la vida de Jesús, despues de salir de la tumba, estén en un completo desacuerdo acerca de la duracion de esta vida. Importaba tan poco ser histórico, que el mismo narrador no tenia el menor escrúpulo en proponer sucesivamente dos sistemas inconciliables: las tres relaciones que acerca de la conversion de Pablo se encuentran en las Actas[34] ofrecen tambien pequeñas diferencias que prueban igualmente cuán poco se ocupaba el autor de la exactitud de los detalles.