Parece pues que nos aproximariamos á la verdad suponiendo que las Actas se escribieron hácia el año 80, pues por una parte el espíritu del libro conviene muy bien con la primera época de los Flavios, y por la otra, el autor parece evitar todo aquello que hubiera podido ofender á los romanos. En efecto, vemos que se complace en demostrar que los funcionarios de Roma no solo eran favorables á la nueva secta sino que la abrazaron algunas veces[35] que la defendieron contra los judíos, y que la justicia imperial era equitativa y superior á las pasiones locales.[36] El autor insiste particularmente en enumerar las ventajas que obtuvo Pablo merced á su título de ciudadano romano[37] y corta justamente su narracion en el momento de la llegada de Pablo á Roma, quizá para no verse obligado á referir las crueldades de Neron contra los cristianos.[38] El contraste entre las Actas y el Apocalipsis es en extremo notable: escrito este en el año 68, recuerda á cada paso las infamias de Neron, rebosando un ódio profundo contra Roma, y en la primera obra aparece el tirano como un hombre afable que vive en una época tranquila. Desde el año 70, poco más ó menos, hasta los últimos años del primer siglo, la situacion fué bastante buena para los cristianos, pues hasta hubo personajes de la familia Flaviana que pertenecieron al cristianismo. ¿Quién sabe si Lucas no conoció á Flavio Clemente, si no fué de su familia, y si las Actas no se escribieron por este poderoso personaje cuya posicion oficial exigia ciertas consideraciones? Algunos indicios dan lugar á suponer que el libro se compuso en Roma, y diríase en efecto que los principios de la iglesia romana dominaban al autor. Esta iglesia tuvo desde los primeros siglos el carácter político y gerárquico que la distinguió siempre, y el buen Lucas pudo dejarse llevar de este espíritu, pues sus ideas sobre la autoridad eclesiástica son muy avanzadas, y en ella se descubre el gérmen del episcopado. Lucas escribió la historia como apologista, imitando á los escritores oficiales de la corte de Roma, é hizo lo que hacia un historiador ultramontano de Clemente XIV, que ensalzando á la vez al Papa y á los jesuitas, trataba de persuadirnos en un discurso lleno de compuncion que por ambas partes se observaban las reglas de la caridad. Dentro de doscientos años se consignará tambien que el cardenal Antonelli y el señor de Mérode se amaban como dos hermanos. El autor de las Actas, fué el primero de esos narradores complacientes que con una ingenuidad sin igual y una beatitud que revela su satisfaccion se empeñan en demostrar que todo se hace en la Iglesia de una manera evangélica. Demasiado leal para condenar á su maestro Pablo, ortodoxo en exceso para no participar de la opinion oficial que prevalecia, prescindió de las diferencias de doctrina para no dejar ver sino el objeto comun que todos aquellos grandes fundadores prosiguieron en efecto por vias tan opuestas y á través de tan enérgicas rivalidades.
Fácilmente se comprenderá que un hombre que se coloca por sistema en semejante situacion, es el menos á propósito para referir los hechos tal como pasaron: la fidelidad histórica es para él una cosa indiferente; todo lo que le importa es la edificacion, y Lucas no lo oculta, pues escribe para que Teófilo reconozca la verdad de lo que le han enseñado sus catequistas.[39] Se habia pues convenido en un sistema de historia eclesiástica que se enseñaba oficialmente y cuyo cuadro, así como el de la misma historia evangélica[40] es probable estuviera ya fijado. El carácter dominante de las Actas, así como el del tercer Evangelio[41] es una tierna piedad, una viva simpatía hácia los gentiles,[42] su espíritu conciliador, una preocupacion extrema acerca de lo sobrenatural, el amor á los pequeños y los humildes, un gran sentimiento democrático, ó más bien, la persuasion de que el pueblo es naturalmente cristiano y que son los grandes los que le impiden seguir sus buenos instintos.[43] Además predomina una idea exaltada del poder de la Iglesia y de sus jefes, un gusto muy marcado por la vida en comun.[44] Los métodos de composicion son iguales en ambas obras, de tal modo que lo mismo nos sucederia con la historia de los Apóstoles, que con la historia Evangélica, si para analizar esta última no tuviéramos más texto que el Evangelio de Lucas.
Fácil es comprender las desventajas de semejante situacion: la vida de Jesús, compuesta por el tercer Evangelio solamente, seria en extremo defectuosa é incompleta, y nosotros lo sabemos porque para la vida de Jesús, la comparacion es posible. Al mismo tiempo que Lucas, tenemos (sin hablar del cuarto Evangelio) á Mateo y á Márcos, quienes relativamente á Lucas, son al menos en partes originales. Damos á conocer los medios violentos por medio de los cuales Lucas desfigura ó mezcla las anécdotas; la manera con que modifica el colorido de ciertos hechos segun sus miras personales, y vemos en fin las piadosas leyendas que añade á las tradiciones más auténticas. ¿No es evidente que si pudiéramos hacer semejante comparacion para las Actas llegariamos á encontrar defectos de un género análogo? Las Actas nos parecerian, á juzgar por los primeros capítulos, inferiores al tercer Evangelio, sin duda porque estos capítulos se compusieron probablemente con documentos menos numerosos y menos universalmente aceptados.
Aquí debe hacerse en efecto una distincion fundamental: bajo el punto de vista del valor histórico, el libro de las Actas se divide en dos partes: la una que comprende los doce primeros capítulos y refiere los hechos principales de la historia de la Iglesia primitiva, y la otra que contiene los diez y seis capítulos restantes consagrados todos á las misiones de San Pablo. En esta segunda parte hay dos clases de relatos; uno en que el narrador aparece como testigo ocular y otro en que no hace más que referir lo que le han dicho, pero aun en este último caso, claro está que su autoridad es grande. Con frecuencia se vé que las conversaciones de Pablo son las que han facilitado las noticias, y hácia el fin, sobre todo, la narracion adquiere un carácter de precision notable. Las últimas páginas de las Actas son las únicas históricas que tenemos sobre los originales cristianos; las primeras por el contrario son las más atacables de todo el Nuevo Testamento. Al hablar de los primeros años, es particularmente cuando el autor obedece á ideas preconcebidas semejantes á las que le preocuparon en la composicion de su Evangelio. Su sistema de los cuarenta dias, su modo de referir la ascension, terminando con una especie de rapto final y de solemnidad dramática la vida fantástica de Jesús; su manera de contar la bajada del Espíritu Santo y las predicaciones milagrosas, y su modo en fin de comprender el don de las lenguas, tan diferente del de San Pablo[45] revelan las preocupaciones de una época relativamente atrasada, en que predomina la leyenda sin oposicion. Todo se representa con un gran aparato escénico, desplegando las formas de lo maravilloso, y es preciso recordar que el autor escribe medio siglo despues de ocurrir los acontecimientos, lejos del país donde tuvieron lugar, y fundándose en hechos que no ha visto, ni él, ni su maestro, y en tradiciones en parte fabulosas ó desfiguradas. No solamente Lucas es de otra generacion que la de los primeros fundadores del cristianismo, sino que es de otro mundo, es Helenista, muy poco judío, casi extraño á Jerusalem y á los secretos de la vida judaica, y apenas ha conocido de la primitiva sociedad cristiana más que á los primeros representantes. En los milagros que él refiere, se ven más bien invenciones á priori, que hechos transformados; los milagros de Pedro y de Pablo forman dos séries que se relacionan:[46] sus personajes se asemejan; Pedro y Pablo no difieren en nada y por último los discursos que pone en boca de sus héroes, aunque hábilmente apropiados á las circunstancias, son todos del mismo estilo, y pertenecen más bien al autor que á las personas á que los atribuye: acabaremos diciendo que hasta se encuentran errores fáciles de reconocer.[47] Las Actas en una palabra, constituyen una historia dogmática, arreglada para apoyar las doctrinas ortodoxas de la época ó inculcar las ideas que más sonreian á la piedad del autor. Añadamos á esto que no podia ser de otro modo: no se conoce el orígen de cada religion sino por las relaciones de los creyentes; solo el escéptico escribe la historia ad narrandum.
Estas no son simples sospechas, conjeturas de un crítico desconfiado en extremo; son sólidas inducciones, y siempre que nos sea permitido comprobar la narracion de las Actas, la encontraremos defectuosa y sistemática. En efecto, aunque no podamos hacer la comprobacion con los textos sinópticos, tenemos para ello las Epístolas de San Pablo, sobre todo la de los Galatas y claro es que en el caso en que las Actas y las epístolas no estén acordes, debe darse siempre la preferencia á las últimas que son textos de una autenticidad absoluta y más antiguas; de una sinceridad completa y sin leyendas. Tratándose de historia, los documentos son de tanta más autoridad, cuanto menos afectan la forma histórica: la autoridad de todas las crónicas debe ceder ante la de una inscripcion, de una medalla, de un mapa, de una carta auténtica. Bajo este punto de vista, las epístolas de autores verdaderos y de fechas fijas, son la base de toda la historia de los orígenes cristianos; sin ellas, la duda alcanzaria á todo, dejando en la oscuridad hasta la misma vida de Jesús. Ahora bien, en dos circunstancias muy importantes, las epístolas ponen en relieve las tendencias particulares del autor de las Actas y su deseo de borrar la huella de las divisiones que habian existido entre Pablo y los Apóstoles de Jerusalem.[48]
Además de esto, el autor de las Actas, quiere que Pablo, despues del incidente de Damasco (IX, 19 y sig.; XXII, 17 y sig.), haya ido á Jerusalem en una época en que apenas se conocia su conversion; que le presentaran á los Apóstoles y viviera con ellos y los fieles en la más afectuosa cordialidad, que haya disputado públicamente contra los judíos Helenistas, y por último, que un complot de estos y una revelacion del cielo, le hayan inducido á marcharse de Jerusalem. Ahora bien, Pablo nos dice que las cosas pasaron de muy distinto modo, y para probar que no habia tomado nada de los Doce y que debe al mismo Jesús su mision y su doctrina, asegura (Gal., I, 11 y sig.) que despues de su conversion evitó tomar consejo de ninguno[49] y de presentarse en Jerusalem á los que eran Apóstoles antes que él; que fué á predicar al Haurán por su propia voluntad y sin encargo de nadie; que es cierto que tres años más tarde hizo un viaje á Jerusalem para conocer á Céfas con quien permaneció quince dias, pero que no vió á ningun Apóstol como no fuera á Jacobo, hermano del Señor, y que esto es tan cierto que su semblante no era conocido en las iglesias de Judea. El esfuerzo que se hace para dulcificar el estilo brusco del rudo Apóstol, á fin de presentarle como colaborador de los Doce, trabajando de concierto con ellos en Jerusalem, aparece aquí de una manera evidente. En efecto, se quiere que Jerusalem sea su capital y punto de partida, que su doctrina sea tan idéntica á la de los Apóstoles, que haya podido reemplazarla ó sustituirla con la de aquellos en la predicacion; se reduce su primer Apostolado á las sinagogas de Damasco; se quiere que haya sido discípulo y oyente, lo cual no es cierto;[50] se reduce el tiempo que trascurrió entre su conversion y su primer viaje á Jerusalem, se prolonga su permanencia en esta ciudad; se supone que predicó á satisfaccion de todos; se sostiene que vivió íntimamente con todos los Apóstoles, aunque él mismo asegura que no ha visto más que á dos, y se asegura, en fin, que los hermanos de Jerusalem velaban sobre él, siendo así que Pablo declara que su semblante les era desconocido.
El deseo de hacer creer que Pablo visitaba continuamente á Jerusalem, es lo que ha inducido á nuestro autor á prolongar su permanencia en aquella ciudad despues de su conversion, suponiendo con esto, que hizo un viaje más. Segun él, Pablo fué con Bernabé á Jerusalem á llevar la ofrenda de los fieles cuando se experimentó el hambre del año 44 (Act., XI, 30; XII, 25), pero Pablo declara terminantemente que en el intervalo que medió entre el viaje que hizo tres años despues de convertirse, y el que verificó para el asunto de la circuncision, no fué á Jerusalem (Gal., I y II). En otros términos; Pablo excluye formalmente todo viaje entre Act., IX, 26 y Act., XV, 2. Si se negara, contra toda razon, la identidad del viaje que se refiere en Gal., II, 1 y sig., con el de que se da cuenta en Act., XV, 2 y sig., no se opondria seguramente la menor contradiccion. «Tres años despues de mi conversion, dice San Pablo, fuí á Jerusalem para conocer á Céfas, y volví catorce años despues...» Se ha podido dudar si el punto de partida de esos catorce años es la conversion ó el viaje que tuvo lugar tres años más tarde: tomemos la primera hipótesis, que es la más favorable al que defiende la narracion de las Actas, y tendremos que segun San Pablo, trascurrieron lo menos doce años entre su primer y segundo viaje á Jerusalem, siendo así que no mediaron ni once, segun lo que dice el Act., IX, 26 y sig., y el Act., XI, 30. Aun cuando se sostuviera lo contrario, vendriamos á caer en otra imposibilidad: en efecto, lo que se refiere en el Act., XI, 30, es contemporáneo de la muerte de Jacobo, hijo del Zebedeo,[51] la cual nos da la única fecha fija de las Actas de los Apóstoles, puesto que precede en muy poco tiempo á la muerte de Herodes Agrippa I, acaecida en el año 44.[52] Habiendo hecho Pablo su segundo viaje lo menos catorce años despues de su conversion, y suponiendo que aquel tuvo lugar en el año 44, la conversion debió ser en el año 30, lo cual es absurdo. Es imposible pues creer en el viaje á que se refiere Act., XI, 30 y XII, 35.
El autor incurre en una grave inexactitud al dar cuenta de estas idas y venidas, pues comparando Act., XVII, 14-16; XVIII, 5 con I Tes., III, 1-2 se encuentra otra contradiccion, pero como no se relaciona con puntos dogmáticos, no hablaremos aquí de ella.
La que es muy principal para el asunto que nos ocupa, lo que arroja un rayo de luz para la crítica en esta cuestion del valor histórico de las Actas, es la comparacion de los pasajes relativos á la circuncision, que se encuentran en dicha obra (Cap. XV.) y en la epístola de los Galatas (Cap. II.). Segun las Actas, habiendo llegado á Antioquía varios hermanos de Judea, los cuales sostuvieron que era necesaria la circuncision para los paganos convertidos, nombróse una diputacion compuesta de Pablo, de Bernabé, y otros varios para que pasaran á Jerusalem á fin de consultar con los Apóstoles y los ancianos sobre este punto. Una vez llegados allí son recibidos por todo el mundo con la mayor alegría; reúnese una gran asamblea donde si hay algun parecer contrario, se pierde entre las efusiones de una caridad recíproca y de la felicidad de que se sienten todos poseidos al verse juntos; Pedro enuncia la opinion que se esperaba emitiria Pablo: á saber, que los paganos convertidos no están sujetos á la ley de Moisés; Jacobo no hace más que una ligera restriccion;[53] Pablo no habla, y á decir verdad, no necesita hacerlo, puesto que su doctrina se pone aquí en boca de Pedro; la opinion de los hermanos de Judea no es apoyada por nadie; y por último, conforme al parecer de Jacobo, se expide un decreto solemne el cual se comunica á las iglesias por medio de diputados elegidos al efecto.
Comparemos ahora la narracion de Pablo en la epístola á los Galatas: Pablo quiere que el viaje que hizo aquella vez á Jerusalem sea la consecuencia de un movimiento espontáneo, y hasta el resultado de una revelacion. Llegado á dicha ciudad, comunica su Evangelio á quien corresponde de derecho; celebra conferencias particulares con personas que parecen ser de consideracion; no se le critica ni se le comunica nada, y solo se le pide que se acuerde de los pobres de Jerusalem. Si Tito, que le acompañó, consiente en dejarse circuncidar,[54] es por consideracion á falsos hermanos intrusos, y aunque Pablo les hace esta concesion pasajera, no se somete á ellos. En cuanto á los hombres importantes, Pablo no habla de ellos sino con cierto viso de amargura é ironía, y dice que no le han enseñado nada. Además de esto, habiendo llegado más tarde Céfas á Antioquía, Pablo se indispone con él porque no obra bien; y en efecto, Céfas comia con todos indistintamente. Llegan luego emisarios de Jacobo, y Pedro se oculta para no ver á los incircuncidados. Viendo que no marchaba por la senda de la verdad del Evangelio, Pablo apostrofa á Céfas delante de todo el mundo y le reprende amargamente su conducta.