Vemos, pues, cuanta es la diferencia: por una parte, una solemne concordia, una especie de concilio, un decreto formal expedido por una autoridad reconocida; y por la otra, arranques de cólera mal contenida, susceptibilidades extremas, nada que se parezca á un concilio, y por último, pareceres contrarios que no se convienen sino para guardar las formas. Inútil es decir qué version merece la preferencia: la narracion de las Actas es apenas verosímil, puesto que segun ella, el concilio tiene por objeto ventilar una disputa de que ya no queda recuerdo una vez terminado aquel; los dos oradores pronuncian discursos muy contrarios á lo que de ellos podia esperarse, y por lo tanto, el decreto que se supone expedido por el concilio es seguramente una ficcion. Si este decreto, cuya redaccion se atribuye á Jacobo, se hubiera promulgado realmente, ¿á qué venian esos apuros del bueno y tímido Pedro ante las gentes enviadas por Jacobo? ¿por qué se ocultaba, puesto que él y los cristianos de Antioquía, cumplian religiosamente con las disposiciones fijadas por el mismo Jacobo en el decreto? La cuestion relativa á la circuncision ocurrió hácia el año 51, y vemos que algun tiempo despues, hácia el año 56, la disputa que debió quedar ventilada en virtud del decreto, es más viva que nunca, y que la iglesia de Galacia se vé agitada por nuevos emisarios del partido judío de Jerusalem.[55] Pablo contesta á este nuevo ataque de sus enemigos con su furibunda epístola: si el decreto á que se refiere el Act., XV, hubiese existido en realidad, Pablo tenia medio muy sencillo de terminar el debate, pues le bastaba citarlo, pero vemos que todo lo que dice supone la no existencia de aquel. En el año 57, al escribir Pablo á los Corintios, no parece tener conocimiento de tal decreto, y hasta infringe sus prescripciones por una de las cuales se manda á todos abstenerse de las carnes inmoladas á los ídolos. Pablo por el contrario, opina que se pueden comer dichas carnes, si con ello no se escandaliza nadie, mas que es preciso abstenerse en el caso contrario.[56] En el año 58, cuando Pablo hizo su último viaje á Jerusalem, Jacobo se muestra más obstinado que nunca.[57] Uno de los rasgos característicos de las Actas, rasgo que prueba claramente que el autor se propone menos presentar la verdad histórica ó satisfacer la lógica, que edificar á los lectores piadosos, es el decir siempre que la admision de los incircuncidados es cuestion resuelta. Esto no es verdad sino por lo que toca al bautismo del eunuco y del centurion Cornelio, ambos milagrosamente ordenados, por la fundacion de la Iglesia de Antioquía (XI, 19 y sig.) y por el pretendido concilio de Jerusalem, lo cual no impide que en las últimas páginas del libro (XXI, 20-21) quede aún la cuestion en suspenso. Á decir verdad, la cuestion permaneció siempre en ese estado, pues las dos fracciones del cristianismo naciente no se fusionaron jamás; solamente una de ellas, la que conservó las prácticas del judaismo, fué infecunda y se extinguió oscuramente. Tan lejos estuvo Pablo de ser admitido por todos, que despues de su muerte, una gran parte del cristianismo le anatematiza[58] y le persigue con sus calumnias.
En nuestro libro tercero es donde tendremos que tratar en detalle la cuestion de fondo enlazada con estos curiosos incidentes; solo hemos querido dar aquí algunos ejemplos de la manera con que el autor de las Actas entiende la historia, de su sistema de conciliacion y de sus ideas preconcebidas. ¿Deduciremos de aquí en conclusion que los primeros capítulos de las Actas carecen de autoridad, como lo piensan algunos críticos célebres y que la ficcion llega hasta crear toda clase de personajes, tales como el eunuco y el centurion Cornelio, y hasta el diácono Estéban y la piadosa Tabitha? Yo no lo creo de ningun modo. Es probable que el autor de las Actas no haya inventando personajes[59] pero es un abogado hábil que escribe para probar y que trata de sacar partido de los hechos de que oyó hablar para demostrar sus tésis favoritas, que son la legitimidad de la vocacion de los gentiles y la institucion divina de la gerarquía. Al hacer uso de semejante documento se debe tener mucha precaucion, pero rechazarlo en absoluto es tan poco razonable, como fiarse de él ciegamente. Hay algunos párrafos, sin embargo, aun en esta primera parte, cuyo valor es conocido de todos, y que constituyen memorias auténticas extractadas por el último redactor. El capítulo XII, en particular, es muy bueno y procede al parecer de Juan Márcos.
Se comprenderá pues en qué apuro nos veriamos si no tuviéramos para formar esta historia más documentos que un libro tan legendario. Felizmente poseemos otros, que se refieren, es verdad, directamente al período que será el objeto de nuestro libro tercero, pero que arrojan ya sobre este mucha luz. Nos referimos á las Epístolas de Pablo: la Epístola de los Galatas sobre todo es un verdadero tesoro, la base de toda la cronología de aquella edad, la llave que lo abre todo, el testimonio, en fin, que debe bastar á los más escépticos para creer en la realidad de las cosas que pudieran ponerse en duda. Á los lectores que me juzguen demasiado atrevido ó demasiado crédulo, yo les ruego que vuelvan á leer los dos primeros capítulos de este libro singular, pues son seguramente las dos páginas más importantes para el estudio del cristianismo naciente. Las Epístolas de San Pablo tienen en efecto una ventaja sin igual en esta historia, y esta es su autenticidad absoluta. La crítica más grave no ha puesto jamás en duda la autenticidad de la epístola á los Galatas, de las dos á los Corintios y de la dirigida á los Romanos. Las razones que se han tenido para atacar las dos epístolas á los Tesalonicenses y la epístola á los Filipenses, no tienen valor alguno. Al principio de nuestro libro tercero tendremos que discutir las objeciones más especiosas, aunque poco decisivas, que se han elevado contra la epístola á los Colosenses y la carta á Filemon; el problema particular que ofrece la epístola á los Efesios, y las fuertes pruebas en fin que inducen á desechar las dos epístolas á Timoteo y la dirigida á Tito. La autenticidad de las epístolas de que haremos uso en este volúmen es indudable, ó cuando menos las inducciones que sacaremos de las otras son independientes de la cuestion de saber si se han dictado ó no por San Pablo.
No es necesario sujetarnos aquí á las reglas de la crítica que hemos observado para la composicion de esta obra, pues ya lo hicimos en la introduccion de la Vida de Jesús. Los doce primeros capítulos de las Actas, son en efecto un documento análogo á los Evangelios sinópticos, con el cual es preciso proceder del mismo modo, porque esta clase de documentos medio históricos y medio legendarios no pueden tomarse ni como historia ni como leyenda, atendido que todo es falso en el detalle y no pueden inducirse preciosas verdades. Traducir pura y simplemente estas narraciones, no es hacer historia, puesto que con frecuencia se encuentran textos más autorizados que contradicen lo que se refiere en aquellas, y por consiguiente, aun dado el caso de que no tuviéramos más que un solo texto, hay motivos para creer que si hubiese otros resultaria la contradiccion. En la Vida de Jesús, la narracion de Lucas difiere á cada paso de las de los otros dos Evangelios sinópticos y la del cuarto: ¿no es por lo tanto probable que si tuviéramos para las Actas un término de comparacion análogo, encontrariamos en dicha obra notables diferencias ó faltas en una infinidad de puntos sobre los cuales no tenemos ahora más testimonio que el suyo? En nuestro libro tercero, observaremos otras reglas, pues allí vamos á entrar en plena historia positiva y tendremos entre manos noticias originales á veces autobiográficas. Cuando San Pablo nos dé él mismo el relato de un episodio de su vida, que no tenia interés en presentar tal ó cual dia, claro es que nos bastará copiar sus palabras una á una, segun el método de Tillemont; pero cuando se trate de un narrador preocupado por un sistema, que escribe para hacer prevalecer ciertas ideas con ese estilo infantil de contornos vagos y suaves y marcado colorido, propio tan solo de la leyenda, el deber del crítico no es sujetarse al texto, sino tratar de descubrir lo que puede haber en este de verdad sin creerse jamás seguro de haberla encontrado. Prohibir á la crítica semejantes interpretaciones seria tan poco razonable como mandar al astrónomo que no se ocupase sino del aspecto del cielo: ¿no consiste acaso la astronomía en conseguir que el paralaje formado por la posicion del observador, llegue á crear una situacion real y verdadera por otra aparente y engañosa?
¿Y quién pretenderia que se deben copiar á la letra documentos donde se encuentran imposibilidades? Los doce primeros capítulos de las Actas son un tejido de milagros; y una regla absoluta de la crítica, es no citar en las relaciones históricas hechos milagrosos. Esta no es la consecuencia de un sistema metafísico; es sencillamente una observacion. Todos los hechos que se suponen milagrosos y que pueden estudiarse de cerca, se convierten en ilusion ó en impostura: si se hubiera probado un solo milagro, no se podrian desechar en masa todos los de las historias antiguas, porque despues de todo, admitiendo que un gran número de estos fueran falsos, se podria creer que algunos son verdaderos. Pero no es así: todos los milagros discutibles se desvanecen, y en este caso, ¿no estaremos autorizados para deducir de aquí que los milagros que ocurrieron hace muchos siglos, y sobre los cuales no hay medio de provocar un debate contradictorio, no son reales y verdaderos? En otros términos; no hay milagro sino cuando se cree en él; lo que constituye lo sobrenatural es la fé. El catolicismo que pretende que no se ha extinguido aún en su seno la fuerza milagrosa, está sujeto él mismo á la influencia de esta ley: los milagros que pretende hacer no se ven en los sitios donde debieran ocurrir, y si se tiene un medio tan sencillo de probarlos ¿por qué no se hace uso de él á la luz del dia? ¡Un milagro en París, ante sabios competentes pondria fin á todas las dudas! Pero ¡ay! ¡esto no sucede nunca! Jamás se ha verificado un milagro ante el público á quien convendria convertir, es decir, ante los incrédulos. La condicion del milagro es la credulidad del testigo. No ha ocurrido ningun milagro ante aquellos que podrian discutirlo y criticarlo, y de esto no hay una excepcion. Ciceron lo dijo muy bien con su buen criterio y acostumbrada sutileza: «¿Desde cuándo ha desaparecido esa fuerza secreta? ¿Será acaso desde que los hombres han llegado á ser menos crédulos?»[60]
«Pero, se dice, si es imposible probar que haya ocurrido nunca un hecho sobrenatural, tambien lo es probar que no haya ocurrido; luego el sabio positivista que niega lo sobrenatural procede, tan gratuitamente como el creyente que admite.» Esto no es exacto: el que afirma una proposicion es quien debe probarla; el que la escucha no tiene que hacer más que esperar la prueba, y ceder si esta es buena. Si hubieran ido á exigir á Buffon que asignara un lugar en su Historia natural á las sirenas y á los centauros, Buffon habria respondido: «Mostradme uno de esos séres y los admitiré; hasta entonces no existirán para mí.—Pero probadme que no existen.—Probadme á mí lo contrario.» En la ciencia, corresponde dar la prueba á los que alegan un hecho. ¿Por qué no se cree en los ángeles y en los demonios, siendo así que innumerables textos históricos suponen su existencia? Porque la existencia de un ángel ó de un demonio, no se ha probado jamás.
Para sostener la realidad del milagro, se apela á fenómenos que se pretende no pueden ocurrir segun el curso de las leyes de la naturaleza. «La creacion del hombre, dicen, no ha podido llevarse á cabo sino por una intervencion directa de la Divinidad; ¿por qué no habia de producirse esa intervencion en los otros momentos decisivos del desarrollo del universo?» No insistiré sobre la extraña filosofía y la mezquina idea de la divinidad que razona de tal modo, pues la historia debe tener su método, independiente de toda filosofía, y sin entrar para nada en el terreno de la teodicea: fácil es demostrar cuán defectuosa es semejante argumentacion. Equivale á decir que todo lo que no sucede en el estado actual del mundo, que todo aquello que no podemos explicar en el estado actual de la ciencia, es milagroso. De este modo tendremos que el sol es un milagro, porque la ciencia está muy lejos de haber explicado el sol; la concepcion de cada hombre es un milagro, porque la fisiología se calla sobre este punto; la conciencia es un milagro, porque es un misterio absoluto, y todo animal, en fin, es un milagro, porque el orígen de la vida es un problema sobre el cual apenas tenemos dato alguno. Si se responde que toda vida, que toda alma, es en efecto de un órden superior á la naturaleza, esto equivale á un juego de palabras. Aun cuando lo admitamos así, preciso es explicarnos la palabra milagro. ¿Qué es un milagro que ocurre todos los dias y á todas horas? El milagro no es lo inexplicable; es una derogacion formal, en nombre de una voluntad particular, á leyes conocidas. Lo que nosotros negamos es el milagro por excepcion, son las intervenciones particulares, como la de un relojero que hubiese hecho un reloj, muy hermoso en verdad, pero al que tendria que tocar de vez en cuando para suplir la insuficiencia de las ruedas. Que Dios esté en todas las cosas de una manera permanente, sobre todo en lo que vive, es precisamente nuestra teoría; nosotros solo decimos que nunca se ha probado ninguna intervencion particular de una fuerza sobrenatural, y negaremos la realidad de lo sobrenatural hasta que un hecho venga á probarnos lo contrario. Buscar este hecho antes de la creacion del hombre, alejarse de la historia, remontándose á épocas en que toda comprobacion es imposible para no tener que citar milagros históricos, es lo mismo que refugiarse detrás de la nube, es probar una cosa oscura con otra más oscura aún, es establecer una ley conocida, en virtud de un hecho que no conocemos. Se citan milagros que tuvieron lugar antes de que existiese ningun testigo para presenciarlos, y no se habla de uno solo que pueda probarse con buenos testimonios.
No cabe duda que en épocas remotas han ocurrido en el universo fenómenos que no se han vuelto á presentar, al menos en la misma escala, en la actualidad; pero esos fenómenos tuvieron su razon de ser cuando se manifestaron. En las formaciones geológicas, por ejemplo, se encuentra un gran número de minerales y piedras preciosas que segun parece no se producen hoy en la naturaleza; y sin embargo, los Sres. Mitscherlich, Ebelmen, de Sénarmont y Daubrée, han compuesto artificialmente la mayor parte de esos minerales y piedras preciosas. Si es dudoso que se consiga jamás producir artificialmente la vida, esto consiste en que la reproduccion de las circunstancias en que aquella comenzó no está al alcance de los medios humanos. ¿Cómo clasificar un planeta que ha desaparecido hace miles de años? ¿Cómo verificar un experimento para el cual se necesitan siglos enteros? Hé aquí lo que se olvida cuando se llama milagros á los fenómenos que han ocurrido en otro tiempo y que no se verifican ya hoy. La formacion de la humanidad es seguramente la cosa más absurda y más extraña del mundo si se la supone súbita é instantánea, pero entra en las analogías generales (sin dejar de ser misteriosa), si se vé en ella el resultado de un progreso lento y continuado durante períodos incalculables. No deben aplicarse á la vida del embrion, las leyes de la vida de la edad madura; pues el embrion desarrolla unos tras otros todos sus órganos, y el hombre adulto por el contrario no los crea porque ya no está en la edad de crearlos; así como el lenguaje no se inventa porque ya no se puede inventar. ¿Pero á qué seguir á unos adversarios que se salen de la cuestion? Nosotros pedimos un milagro histórico probado, y se nos contesta que este debió ocurrir antes de la historia. Ciertamente que si hubiera que probar que son necesarias las creencias sobrenaturales para ciertos estados del alma, bastaria, para hacerlo, el hecho de que espíritus dotados en todas las demás cosas de cierta penetracion, han fundado el edificio de su fé en un argumento tan desesperado.
Hay otros, que abandonando el milagro del órden físico, se parapetan en el milagro del órden moral, sin el cual pretenden que no pueden explicarse estos acontecimientos. No cabe duda que la formacion del cristianismo es el hecho más grande de la historia religiosa del mundo, mas no por esto es un milagro. El budismo y el babismo han tenido mártires tan numerosos, tan exaltados, tan resignados, como los tuvo el cristianismo. Los milagros de la fundacion del islamismo son de una naturaleza muy distinta, y confieso que no me conmueven, pero es preciso observar, sin embargo, que al hablar los doctores musulmanes del establecimiento de aquel, de su difusion como por un rastro de fuego, de sus rápidas conquistas y de la fuerza que le da en todas partes un reinado tan absoluto, hacen los mismos razonamientos que los apologistas cristianos sobre el establecimiento del cristianismo. Concedamos si se quiere que la fundacion de este sea un hecho único: tambien lo es en absoluto el helenismo, si se entiende por esta palabra el ideal de la perfeccion en la literatura, en el arte, en la filosofía, ideal que la Grecia ha realizado. El arte griego sobrepuja á todos los demás artes, así como el cristianismo sobresale sobre todas las demás religiones, y el Acropolis de Atenas, coleccion de obras maestras, al lado de las cuales todas las demás no son sino una imitacion más ó menos perfecta, es acaso el que mejor puede someterse á la comparacion. En otras palabras: el helenismo es un prodigio de belleza, así como el cristianismo es un prodigio de santidad.
Espero que un intervalo de dos años y medio trascurridos desde la publicacion de la vida de Jesús, inducirá á ciertos lectores á ocuparse de estos problemas con más calma.