La controversia religiosa es siempre de mala ley sin quererlo y sin saberlo: no se trata de discutirla con independencia, de buscar con ansiedad; se trata de defender una doctrina establecida, de probar que el disidente es un ignorante ó un hombre de mala fé. Calumnias, contrasentidos, ideas y textos falsos, razonamientos triunfantes sobre cosas que el adversario no ha dicho, gritos de victoria por errores que no se han cometido; nada de esto es ilegal para aquel que cree tener en sus manos los intereses de la verdad absoluta. Preciso era que yo hubiese conocido poco la historia para no esperar semejante cosa, pero tengo suficiente sangre fria para no disgustarme por esto y una aficion bastante decidida á las cosas de la fé, para que me sea dable apreciar debidamente lo que hay á veces de sensible en el sentimiento que pueda inspirar á mis detractores. Con mucha frecuencia, al ver tanta ingenuidad, tan piadosa firmeza; al comprender cuanta cólera rebosa en esas hermosas y buenas almas, he dicho como Juan Huss, al ver una anciana que sudaba para llevar un madero á su leñera: ¡O sancta simplicitas! Segun la hermosa frase de la Escritura, «Dios no está en la tormenta.» ¡Ah! sin duda; si todas estas tribulaciones ayudasen á descubrir la verdad, podria uno consolarse al menos; pero no es así; la verdad no se ha hecho para el hombre apasionado; se reserva para los espíritus que buscan con imparcialidad, sin una opinion persistente, sin un sentimiento de ódio, con una libertad absoluta y sin una segunda intencion. Estos problemas no son sino una de las innumerables cuestiones que se suscitan en el mundo y que los curiosos examinan: no se ofende á nadie enunciando una opinion teórica; los que profesan una fé y la guardan como un tesoro, tienen un medio muy sencillo de defenderla, y este consiste en no hacer aprecio de las obras escritas en un sentido que difiere de sus opiniones. Lo mejor que pueden hacer los tímidos es no leerlas.

Hay personas prácticas, que tratándose de una obra científica, preguntan qué objeto político se ha propuesto el autor, y quieren que una obra de poesía encierre una leccion de moral. Esas personas no admiten que escriba más que para una propaganda: la idea del arte y de la ciencia, que no aspira sino á encontrar la verdad y á realizar lo bello, prescindiendo de todo asunto político, es para ellas una cosa extraña, y por lo tanto, entre nosotros y esas personas, no puede haber conformidad. «Esas gentes, como decia un filósofo griego, toman con la mano izquierda lo que les damos con la derecha.» Ya he recibido una porcion de cartas, dictadas por un sentimiento de honradez, cuyo contenido puede resumirse en estas palabras: «¿Qué habeis querido? ¿Qué objeto os habeis propuesto?» ¡Dios mio! el mismo que uno se propone al escribir cualquiera historia. Si yo dispusiera de varias vidas, emplearia una en escribir una historia de Alejandro, otra en escribir una historia de Atenas, y una tercera en escribir, ya una historia de la Revolucion francesa, ya una historia de la órden de San Francisco. ¿Y qué objeto me propondria yo al escribir esas obras? Uno solo: hallar la verdad y darle vida; trabajar para que los grandes acontecimientos del pasado sean conocidos con la mayor exactitud posible y expuestos de una manera digna. Lejos de mí la idea de combatir la fé que cada uno profesa: estas obras deben componerse con una indiferencia suprema; como si se escribiese para un planeta desierto. Toda concesion á los escrúpulos de un órden inferior, constituyen una falta al culto del arte y de la verdad. ¿Quién no vé que la ausencia del proselitismo es la cualidad y el defecto de las obras compuestas bajo semejante espíritu?

El primer principio de la escuela crítica en efecto, es que cada uno admita en materia de fé lo que necesita admitir, y establezca sus creencias segun su propia opinion. ¿Cómo nos atreveriamos nosotros á intervenir en lo que depende de circunstancias contra las cuales nadie puede hacer nada? Si alguno se adhiere á nuestros principios será porque tiene suficiente talento y educacion para hacerlo, y á fé que todos nuestros esfuerzos no podrian dar ni la una ni el otro al que no posea esas cualidades. La filosofía difiere de la fé, en que esta obra por sí misma, independientemente del conocimiento que se tiene de los dogmas. Nosotros por el contrario creemos, que una verdad no tiene valor sino cuando uno la descubre por sí mismo; cuando se vé todo el órden de ideas que con ella se enlaza: nosotros no nos creemos obligados á no emitir las opiniones que no estén de acuerdo con la creencia de una porcion de nuestros semejantes; nosotros no nos sacrificamos á las exigencias de las diversas ortodoxias, y lejos en fin de atacarlas ó provocarlas, procedemos como si no existiesen. En cuanto á mí, el dia que comprendiese que se habia hecho el menor esfuerzo para inducir á cualquiera á que participase de mis ideas, tendria un gran sentimiento; y me pareceria, ó que mi espíritu se hallaba turbado al escribir este libro, ó que pesaba sobre mí alguna cosa que me impedia regocijarme ante la alegre contemplacion del universo.

¿Quién no vé por otra parte, que si mi objeto fuese hacer la guerra á los cultos establecidos, deberia proceder de otro modo, limitándome únicamente á demostrar las imposibilidades y las contradicciones de los textos y de los dogmas que se tienen por sagrados? Esta penosa tarea se ha hecho mil veces y se ha hecho muy bien. En 1856[61] escribia ya lo que sigue:

«Protesto para siempre contra la falsa interpretacion que se dé á mis trabajos, si se consideran como obras de polémica los diversos ensayos que he publicado, ó que pudiera publicar en lo sucesivo, sobre la historia de las religiones. Soy el primero en reconocer que tomados como obras de polémica, esos ensayos serian muy pobres, pues la polémica exige una estratégia á la que soy completamente extraño, porque es preciso saber elegir el lado débil de sus adversarios, no tocar jamás las cuestiones inciertas, y abstenerse de toda concesion, es decir, renunciar á lo que constituye la esencia misma del espíritu científico. Ese no es mi método: la cuestion fundamental sobre la que debe girar la discusion religiosa, es decir, la cuestion de la revelacion y de lo natural, yo no la toco nunca; no porque esta cuestion no se haya resuelto por mí con entera certeza, sino porque la discusion de ella no es científica, ó mejor dicho, porque la ciencia independiente la supone resuelta con anterioridad. Á no dudarlo, si yo me propusiese entablar una polémica sobre un punto cualquiera, incurriria en un defecto capital al trasladar al terreno de los problemas delicados y oscuros una cuestion que se puede discutir con más claridad en los términos vulgares que para ello emplean por lo general los amantes de la controversia y los apologistas. Aun cuando conozca cuantas son las ventajas que al decir esto concedo á mis enemigos, me complazco en darlas si con ello consigo convencer á los teólogos que mis escritos tienen un carácter muy distinto de los suyos, y que no se debe ver en ellos sino puras investigaciones de erudicion, atacables como tales, y en las que se trata de aplicar á la religion judía y á la religion cristiana los principios de crítica que se siguen en los demás ramos de la historia y de la filología. En cuanto á la discusion de las cuestiones puramente teológicas, no tomaré en ella parte alguna, siguiendo en esto el ejemplo de los Sres. Burnouf, Creuzer, Guigniaut y otros tantos historiadores críticos de las religiones de la antigüedad, que no se han creido obligados á encargarse de la refutacion ó apología de los cultos de que se ocupaban. La historia de la humanidad es para mí un vasto conjunto donde todo es esencialmente desigual y diverso, pero donde todo es del mismo órden: sale de las mismas causas y obedece á las mismas leyes. Estas son las que yo busco sin más objeto que descubrir cuando menos la aproximacion de la verdad. Nada me hará dejar mi papel oscuro, aunque útil para la ciencia, por el de controversista, cargo fácil de desempeñar, porque asegura al escritor el apoyo de las personas que creen deber oponer la guerra á la guerra. En esta polémica, cuya necesidad no trataré de negar, pero que no está ni en mis gustos ni en mis principios, basta Voltaire. No se puede ser á la vez buen controversista y buen historiador; Voltaire, tan débil como erudito, Voltaire, que nos parece tan poco iniciado en la escuela de la antigüedad á nosotros que observamos un método mejor, Voltaire alcanzaria siempre la victoria sobre adversarios que se juzgaran tan fuertes como él. Seria necesaria una nueva edicion de las obras de aquel grande hombre para satisfacer la necesidad del momento y contestar á los ataques de la teología de la manera conveniente á la que se trata de discutir. Pero hagamos una cosa mejor, nosotros que somos tan amantes de lo verdadero como de satisfacer la curiosidad, dejemos estos debates á los que se complacen en ellos; trabajemos para ese pequeño número que marcha por la gran senda del espíritu humano. Ya sé que la popularidad se inclina en favor de los escritores que en vez de seguir la forma más elevada de la verdad, se consagran á luchar contra las opiniones de su tiempo, pero en justa compensacion, aquellos quedan oscurecidos cuando la opinion que combatieron deja de existir. Los que han refutado la mágia y la astrología en los siglos XVI y XVII, han prestado un servicio inmenso á la razon; y sin embargo, sus escritos son desconocidos hoy; su victoria misma es causa de que se les haya olvidado.»

Yo me atendré invariablemente á esta regla de conducta, la única conforme con la dignidad del sabio. Yo sé que las investigaciones de la historia religiosa se ponen en contacto con ciertas cuestiones que parecen exigir una solucion; las personas poco familiarizadas con la libre especulacion no comprenden la calma y lentitud del pensamiento; los hombres prácticos se impacientan contra la ciencia que no satisface pronto sus deseos. No nos dejemos dominar por esa inútil impaciencia; guardémonos bien de fundar nada; permanezcamos en nuestras iglesias respectivas aprovechándonos de su culto secular y de su tradicion de virtud, tomando parte en sus buenas obras y disfrutando de la poesía de su pasado. No rechacemos sino su intolerancia, mas sin dejar de perdonarla, porque es, como el egoismo, una necesidad de la naturaleza humana. Suponer que se pueden fundar en lo sucesivo nuevas familias religiosas ó que la proporcion de las que existen hoy cambie mucho, es ir contra las apariencias: el catolicismo se verá bien pronto minado por grandes cismas; los tiempos de Avignon, de los antipapas, de los clementes y de los urbanos van á volver; la Iglesia católica podrá reconstruir su siglo XIV, mas á pesar de sus divisiones, siempre será la Iglesia católica. Es probable que dentro de cien años no haya variado sensiblemente la relacion entre el número de protestantes, de católicos y de judíos, pero se habrá verificado un gran cambio, sensible á la vista de todos; cada una de esas familias religiosas tendrá dos clases de fieles, los unos creyentes absolutos como en la Edad media, los otros que prescindirán de la letra para no fijarse sino en el espíritu. Este segundo grupo, se irá aumentando poco á poco, y atendido á que el espíritu enlaza tanto como la letra divide, los espiritualistas de cada comunion irán reuniéndose insensiblemente sin intentarlo siquiera. El fanatismo se perderá en una tolerancia general; el dogma llegará á ser un arca misteriosa que convendrá no abrir jamás si bien esto no seria necesario estando aquella vacía. Yo temo que solo una religion resistirá á este movimiento dogmático; me refiero al islamismo. Entre algunos musulmanes y hombres eminentes de Constantinopla, se conserva la escuela antigua, y en Persia sobre todo, se encuentran gérmenes de un espíritu conciliador, pero si estos se ven ahogados por el fanatismo de los Ulemas, el islamismo perecerá, y para creerlo así, tenemos dos razones evidentes; la primera es que la civilizacion moderna no desea que los antiguos cultos mueran del todo; la segunda es que no tolerará que entorpezcan su marcha las antiguas instituciones religiosas. Á estas no les queda más recurso sino ceder ó morir.

En cuanto á la religion pura, que pretende precisamente no ser una secta ni una iglesia aparte, ¿por qué se ha de colocar en una posicion que puede ofrecerle muchos inconvenientes y ninguna ventaja? ¿Por qué ha de enarbolar bandera contra bandera, sabiendo que la salvacion es posible á todos y por todas partes, y que depende del grado de virtud de cada uno? No es extraño que el protestantismo provocara una encarnizada guerra en el siglo XVI: el protestantismo partia de una fé muy absoluta, y lejos de debilitar el dogmatismo, la reforma señaló un renacimiento del espíritu cristiano, el más rígido que pudiera conocerse. El movimiento del siglo XIX, por el contrario, parte de un sentimiento que es la inversa del dogmatismo, y conducirá, no á formar sectas ó iglesias separadas, sino á dulcificar aquellas. Las divisiones aumentan el fanatismo de la ortodoxia provocando reacciones: los Luteros y los Calvinos produjeron los Caraffa; los Ghislieri dieron ejemplo á los Loyolas y á Felipe II. Si nuestra iglesia nos rechaza, no hagamos recriminaciones; sepamos apreciar la dulzura de las costumbres modernas que ha hecho impotentes esos ódios; consolémonos al pensar en esa iglesia invisible que encierra los santos excomulgados, las más hermosas almas de cada siglo. Los desterrados de una iglesia, son siempre los elegidos porque se anticipan á los tiempos; el hereje de hoy es el ortodoxo del porvenir. ¿Y qué es por otra parte la excomunion de los hombres? El Padre celestial no excomulga más que á los corazones duros y mezquinos: si el sacerdote rehusa admitirnos en su cementerio, prohibamos á nuestras familias reclamar; Dios es quien juzga; la tierra es una buena madre que no establece diferencias; el cadáver del hombre honrado que se entierra en un rincon no bendecido, lleva la bendicion consigo.

Á no dudarlo hay situaciones en que es difícil la aplicacion de estos principios: hay personas adictas en cierto modo á la fé absoluta, y al decir esto, quiero hablar de los hombres sujetos á las órdenes sagradas ó revestidos de un órden sacerdotal, pero aun en este caso, un alma noble y hermosa puede salir de apuro. Si un digno cura de aldea llega á comprender, merced á sus estudios solitarios ó á la pureza de su vida, las imposibilidades del dogmatismo literal ¿por qué ha de contristar á los que ha consolado hasta entonces, explicando á las gentes sencillas cambios que estas no pueden comprender? ¡No quiera Dios que así suceda! No hay dos hombres en el mundo que tengan precisamente los mismos deberes que cumplir. El buen obispo Colenso dió una prueba de honradez, sin ejemplo en la iglesia, al escribir sus dudas tan pronto como le ocurrieron; pero el humilde sacerdote católico que se halla en un país donde predomina un espíritu apocado y tímido, debe callarse. ¡Oh, cuántas tumbas discretas de las que se encuentran al rededor de las iglesias de un pueblo, ocultan poéticos secretos y angelicales silencios!

La teoría no es la práctica: lo ideal debe ser siempre lo ideal; debe temer contaminarse al contacto de la realidad. No se hacen grandes cosas sino teniendo ideas estrictamente fijas, pues la capacidad humana es una cosa limitada; el hombre que no tuviese ninguna preocupacion seria impotente. Disfrutemos de la libertad de los hijos de Dios, pero no seamos cómplices de la disminucion de virtud que amenazaria á nuestras sociedades si el cristianismo llegara á debilitarse. ¿Qué seriamos sin esto? ¿Quién reemplazaria á esas grandes escuelas tales como la de San Sulpicio; á ese ministerio de abnegacion de las Hijas de la Caridad? ¿Cómo no temer la ceguedad del corazon y los males que invadirian el mundo? Nuestra disidencia con las personas que creen en las religiones positivas, no es, despues de todo, sino puramente científica; por el corazon, estamos con ellas; solo tenemos un enemigo que tambien es el suyo, y al decir esto, me refiero al materialismo vulgar, á la bajeza del hombre interesado.

Así pues, ¡paz en el nombre de Dios! Que vivan el uno al lado del otro los diversos órdenes de la humanidad, no falseando su propio genio para hacerse concesiones recíprocas, que los debilitarian, sino apoyándose mútuamente. Nada debe reinar aquí bajo exclusivamente; ninguna fuerza debe hallarse en estado de suprimir las demás. La armonía de la humanidad resulta de la libre emision de las notas más discordantes; que la ortodoxia consiga matar á la ciencia, y ya sabemos lo que sucederá; el mundo musulman y la España mueren por haber contribuido harto concienzudamente á la realizacion de este hecho. Si el mundo se dejara gobernar por el racionalismo, sin consideracion á las necesidades religiosas del alma, ahí está la experiencia de la Revolucion francesa para decirnos cuáles serian las consecuencias de semejante falta. El instinto del arte llevado al último extremo, pero sin honradez, convirtió á la Italia del renacimiento en un lugar peligroso. El fastidio, la vanidad y el atraso, son el castigo de ciertos países protestantes donde, bajo el pretexto del buen sentido y del espíritu cristiano, se ha suprimido el arte y reducido la ciencia de una manera mezquina. Lucrecia y Santa Teresa, Aristófanes y Sócrates, Voltaire y Francisco de Asís, Rafael y Vicente de Paul, tienen igualmente su razon de ser, y la humanidad seria defectuosa si faltara uno solo de los elementos que la componen.