¿Quién no se ha detenido al recorrer nuestras antiguas ciudades, ahora modernas, al pié de los gigantescos monumentos de la fé de las edades antiguas? Todo se ha renovado ya en ellos; no queda un solo vestigio de las costumbres de otros tiempos; solo permanece en pié la catedral, un poco mutilada acaso por la mano del hombre, pero profundamente arraigada en el suelo; ¡Mole sua stat! Su masa es su derecho. Ha resistido al diluvio que todo lo destruyó á su alrededor; ni uno solo de los hombres de otra época que fuera á visitar los sitios donde vivió, podria encontrar su casa; solo el cuervo que hizo su nido en las alturas del edificio sagrado no ha visto destruir su morada, ¡Extraña prescripcion! Aquellos honrados mártires, aquellos rudos convertidos, aquellos piratas que construyeron iglesias, nos dominan todavía. Somos cristianos porque ellos quisieron serlo; así como en política solo las fundaciones bárbaras son duraderas, en religion las afirmaciones espontáneas, y si me atrevo á decirlo, fanáticas, son contagiosas. Y esto consiste en que las religiones son obras enteramente populares; su éxito no depende sino de las pruebas más ó menos buenas que producen de su divinidad; su éxito está en proporcion de lo que dicen al corazon del pueblo.

¿Se sigue acaso de aquí que la religion esté destinada á disminuir poco á poco y á desaparecer como los errores populares sobre la mágia, la brujería y los espíritus? Seguramente no: la religion no es un error popular; es una gran verdad de instinto entrevista y expresada por el pueblo. Todos los símbolos que sirven para dar una forma al sentimiento religioso son incompletos, y su destino es ser rechazados unos despues de otros; pero nada es más falso que el sueño ó la ilusion de varias personas, que tratando de concebir la humanidad perfecta, la conciben sin religion. Debe decirse lo inverso. La China, que es una humanidad inferior, no tiene apenas religion: supongamos por el contrario un planeta habitado por una humanidad cuya fuerza intelectual, moral y física, sea doble que la de la humanidad terrestre, y tendremos que la primera seria cuando menos dos veces más religiosa que la nuestra; y digo cuando menos, porque es probable que el aumento de facultades religiosas tuviese lugar en una progresion más rápida que el aumento de la capacidad intelectual, y no se haria segun la simple proporcion directa. Supongamos una humanidad diez veces más fuerte que la nuestra; esa seria infinitamente más religiosa, y aún es probable, que en semejante grado de sublimidad, desprendido de toda preocupacion material y de todo egoismo, dotado de un tacto perfecto y de un gusto divinamente delicado, viendo la bajeza y el vacío de todo lo que no es lo verdadero, lo bueno ó lo bello, el hombre seria únicamente religioso, y estaria continuamente sumido en una perpétua adoracion, pasando de éxtasis en éxtasis, naciendo, viviendo y muriendo en un torrente de voluptuosidad. El egoismo, en efecto, que da la medida de la inferioridad de los séres, decrece segun se aleja de lo animal; un ser perfecto no seria ya egoista, sino religioso; el progreso pues tendrá por efecto engrandecer la religion, y no destruirla ó disminuirla.

Pero tiempo es ya de volver á los tres misioneros, Pablo, Bernabé y Juan Márcos, que hemos dejado en el momento que salian de Antioquía por la puerta que conduce á Seleucia. En mi tercer libro trataré de seguir las huellas de esos mensajeros de buenas nuevas por tierra y por mar, lo mismo en la calma que en la tormenta, así en los buenos como en los malos dias. Ya me urge referir la historia de esa epopeya sin igual, recorrer esos caminos infinitos del Asia y de Europa, á lo largo de los cuales sembraron el grano del Evangelio, y tengo en fin deseos de surcar esas ondas que ellos atravesaran tantas veces en situaciones diversas. La gran odisea cristiana va á comenzar; ya la barca apostólica ha desplegado sus velas, y sopla la brisa que no aspira sino á llevar en sus alas las palabras de Jesús.

FIN DE LOS APÓSTOLES.

NOTAS


[1] El autor de las Actas no da directamente á San Pablo el título de Apóstol, que solo aplica en general á los miembros del colegio central de Jerusalem.

[2] Homilias seudo-clementinas, XVII, 13-19.

[3] Justino, Apol. I, 39. En las Actas predomina tambien la idea de que Pedro fué el Apóstol de los gentiles. Véase sobre todo el Cap. X y compárese I Petri, I, 1.

[4] I Cor., III, 6, 10; IV, 14, 15; IX, 1, 2; II Cor., XI, 2, etc.