Para exaltar el martirio y celebrar el poder del «hombre de dolor», déjanse ya oir acentos desconocidos. Á propósito de alguno de aquellos sublimes pacientes que, á la manera de Jeremías, regaban con su sangre las calles de Jerusalen, un inspirado compuso un cántico sobre los sufrimientos y el triunfo del «servidor de Dios», cántico en el cual parece reconcentrarse toda la fuerza profética del genio de Israel[69].

«Crecia como humilde planta y brotaba como una raíz en tierra árida; no tenía aspecto bello ni esplendoroso. Despreciado y desechado de los hombres, nadie hacia caso de él. Cubierto de vergüenza y afrentado, era una nada. Es verdad que él mismo tomó sobre sí nuestras dolencias y cargó con nuestras penalidades, pero se le reputaba como un leproso y como hombre herido de la mano de Dios y humillado. Por causa de nuestras iniquidades fué él llagado y despedazado por nuestras maldades; de su castigo debia nacer nuestra paz, y con sus cardenales fuimos nosotros curados. Como ovejas descarriadas hemos sido todos nosotros; cada cual se desvió y á él sólo le ha cargado Jehová sobre las espaldas la iniquidad de todos. Despreciado, humillado, no abrió su boca, fué conducido á la muerte, como va la oveja al matadero; como un corderito que está mudo delante del que le esquila, no abrió la boca. Su sepulcro será como el sepulcro de un malvado, su muerte como la muerte de un impío. Pero despues de sufrida la opresion é inicua condena, verá levantarse una generacion numerosa y los intereses de Jehová prosperarán entre sus manos.»

Al mismo tiempo se operaron en la Thora profundas modificaciones. Produjéronse nuevos textos, como el Deuteronomio, que pretendian representar la verdadera ley de Moisés, y en realidad ellos inauguraron un espíritu muy diferente del de los antiguos nómadas. El carácter dominante de aquel espíritu fué un gran fanatismo. Creyentes furibundos provocaban contínuas violencias contra todo lo que se separaba del culto de Jehová, y un código sanguinario, estableciendo la pena de muerte por delitos religiosos, consigue abrirse camino. La piedad trae consigo casi siempre singulares contrastes de vehemencia y de dulzura. Aquel celo religioso, que no conoció la grosera sencillez del tiempo de los Jueces, inspira entonaciones de conmovedora predicacion y de uncion ternísima, tales como el mundo no las habia escuchado hasta entónces. Déjase ya sentir una poderosa tendencia hácia las cuestiones sociales, y las utopias, los ensueños de una sociedad perfecta penetran en el seno del código. El Pentateuco, mezcla de moral patriarcal y de ardiente devocion, de instituciones primitivas y de refinamientos piadosos como los que llenaron el alma de un Ezequías, de un Josías ó de un Jeremías, se fijó de esta manera en la forma en que le vemos, y por espacio de siglos llegó á ser la regla absoluta del espíritu nacional.

Una vez creado aquel gran libro, la historia del pueblo judío se desarrolla con irresistible rapidez. Los grandes imperios que se sucedieron en el Asia occidental, arrebatándole toda esperanza de un reino terrestre, le obligan á que se eche, con una especie de sombría pasion, en brazos de los ensueños religiosos. No cuidándose entónces de dinastía nacional ni de independencia política, acepta todos los gobiernos, siempre que le dejen practicar libremente su culto y seguir sus costumbres. En adelante Israel no tendrá otra direccion que la de sus entusiastas religiosos, otros enemigos que los de la unidad divina, ni otra patria que su ley.

Y preciso es notarlo, aquella ley era toda ella social y moral; era la obra de hombres penetrados de un elevado ideal de la vida presente, que habian creido encontrar los mejores medios de realizarle. Todo el mundo se halla convencido de que la Thora bien observada no puede ménos de conducir á la perfecta felicidad. En aquella Thora nada hay de comun con las «leyes» griegas ó romanas, las cuales, no teniendo presente más que el derecho abstracto, penetran poco en las cuestiones de felicidad y moralidad privadas. Conócese de antemano que los resultados que saldrán de ella serán de órden social y no de órden político; que la obra en que trabaja aquel pueblo es un reino de Dios y no una república civil; una institucion universal, más bien que una nacionalidad ó una patria.

Israel, en medio de numerosos desfallecimientos y flaquezas, sostiene admirablemente esta vocacion. Una serie de hombres piadosos abrasados por el celo de la ley, tales como Esdras, Nehemías, Onías y los Macabeos, se suceden en la defensa de las antiguas instituciones. La idea de que Israel es un pueblo de santos, una tribu elegida por Dios y ligada hácia él por medio de un contrato, echa hondas raíces, que se hacen cada dia más sólidas y profundas. Una inmensa esperanza llena las almas. Toda la antigüedad indo-europea habia colocado el paraíso en el orígen; todos sus poetas habian llorado una edad de oro desvanecida:—Israel coloca la edad de oro en el porvenir. Los Salmos, esa eternal poesía de las almas religiosas, brotan con su divina y melancólica armonía de este pietismo exaltado. Miéntras que en torno suyo las religiones paganas se reducen más y más á un charlatanismo oficial en Persia y Babilonia, á una grosera idolatría en Siria y Egipto, y á vanos simulacros en el mundo griego y latino, Israel llega á ser verdaderamente y por excelencia el pueblo de Dios. Lo que los mártires cristianos hicieron en los primeros siglos de nuestra era, lo que hasta nuestros tiempos han hecho las víctimas de la ortodoxia perseguidora en el seno mismo del cristianismo, eso fué lo que los judíos realizaron en los dos siglos que precedieron á la era cristiana. Un movimiento extraordinario de ideas que iban á parar á los más opuestos resultados hacia de ellos en aquella época el pueblo más chocante y original del mundo. Su dispersion por todo el litoral del Mediterráneo, y el uso de la lengua griega que adoptaron fuera de Palestina prepararon el camino á una propaganda de que las antiguas sociedades no habian ofrecido todavía ningun ejemplo, divididas como se hallaban en pequeñas nacionalidades.

Á pesar de su persistencia en anunciar que un dia llegaria á ser la religion del género humano, el judaismo conservó hasta el tiempo de los Macabeos el carácter de todos los otros cultos de la antigüedad, ciñéndose á un culto de familia y de tribu. El israelita creia que su culto era el mejor, y hablaba con desprecio de los dioses extranjeros:—creia más, creia que el culto del verdadero Dios no se habia hecho sino para él solo. El que ingresaba en el seno de una familia judía, abrazaba el culto de Jehová, y á esto se reducia todo. Por lo demás, ningun israelita pensaba en convertir al extranjero á un culto que se creia patrimonio exclusivo de los hijos de Abraham. El desarrollo del espíritu pietista que se produjo despues de Esdras y de Nehemías, trajo consigo una concepcion mucho más firme y más lógica. Desde entónces, el judaismo llegó á ser de un modo absoluto la verdadera religion; concedíase á todo el mundo el derecho de ingresar en él[70], y bien pronto fué una obra pía y meritoria conducir á sus filas el mayor número posible[71]. Es indudable que aún no existia el delicado sentimiento que elevó á Juan Bautista, á Jesús, á San Pablo, sobre las mezquinas ideas de raza, puesto que, por una extraña contradiccion, aquellos convertidos (prosélitos) eran mal vistos y tratados con desden[72]. Pero la idea de una religion exclusiva, la idea de que en este mundo hay algo superior á la patria, á la sangre, á las leyes; esa idea que habrá de producir los apóstoles y los mártires estaba ya cimentada. El sentimiento de todo el pueblo judío se resume en adelante en una profunda piedad por los paganos, cualquiera que sea el brillo de su fortuna mundana[73]. Los guías del pueblo tratan, sobre todo, de inculcarle la idea de que la virtud consiste en una adhesion fanática á determinadas instituciones religiosas, y para ello se valen de un ciclo de leyendas destinadas á presentar modelos de inquebrantable firmeza, tales como Daniel y sus compañeros, la madre de los Macabeos y sus siete hijos[74], y la novela del Hipódromo de Alejandría[75].

Las persecuciones de Antíoco Epifáneo convirtieron esta idea en pasion, casi en frenesí, viéndose entónces algo de muy análogo á lo que doscientos treinta años más tarde pasó bajo el imperio de Neron. La desesperacion y la rabia arrojan á los creyentes en el mundo de las visiones y de los ensueños. Aparece el primer apocalípsis, el «Libro de Daniel», y con él renace el profetismo, pero bajo una forma bien diferente de la antigua y un sentimiento mucho más ámplio de los destinos del mundo. El libro de Daniel fué hasta cierto punto la última expresion de las esperanzas mesiánicas. El Mesías no era ya un rey á la manera de David y Salomon, ni un Ciro teocrático y mosaista; sino un «hijo del hombre» apareciendo en las nubes[76], un sér sobrenatural con apariencia humana, encargado de juzgar al mundo y de presidir la edad de oro. Quizás proporcionó algunos rasgos á este nuevo ideal el Sosiosch de Persia, el gran profeta del porvenir que debia preparar el reinado de Ormuzd[77]. De todos modos, es indudable que el desconocido autor del Libro de Daniel ejerció una influencia decisiva en el acontecimiento religioso que iba á trasformar el mundo:—él proporcionó el aparato y los términos técnicos del nuevo mesianismo, y sin duda pueden aplicársele aquellas palabras de Jesús respecto á Juan Bautista: «Hasta él, los profetas; despues de él, el reino de Dios.»

Sin embargo, no debe creerse que aquel movimiento, tan profundamente religioso y apasionado, tuviera por móvil dogmas particulares, como ha sucedido en todas las luchas que han estallado en el seno del cristianismo. Los judíos de aquella época eran poco teólogos y no especulaban sobre la esencia de la divinidad; sus creencias respecto á los ángeles, á los fines del hombre, á las hipóstasis divinas, cuyo primer gérmen se dejaba ya entrever, eran creencias libres, meditaciones á las cuales se entregaba cada uno segun la índole de su espíritu, pero de las que no tenian ni la más remota idea multitud de personas. Los más ortodoxos eran los que más se alejaban de esas imaginaciones particulares, ateniéndose á la sencillez del mosaismo. Entónces no existia ningun poder dogmático semejante al que defirió á la Iglesia el cristianismo ortodoxo. La fiebre de las definiciones, esa fiebre que hace de la historia de la Iglesia la historia de una inmensa controversia, no empezó sino cuando, á partir del siglo tercero, cayó el cristianismo en manos de razas ergotistas, sedientas de dialéctica y metafísica. Tambien entre los judíos se disputaba:—ardientes escuelas combatian en buscar para todas las cuestiones que entónces se agitaban opuestas soluciones; pero en aquellas luchas, de las cuales nos ha trasmitido el Talmud los principales detalles, no habia ni una sola palabra de teología especulativa. Observar y mantener la ley, porque la ley es justa y porque bien observada conduce á la felicidad, hé ahí á lo que se reducia el mosaismo. Ningun Credo, ningun símbolo teórico. Moisés Maimonida, un discípulo de la filosofía árabe más avanzada, llegó á ser oráculo de la sinagoga, porque era un canonista muy ejercitado.

La exaltacion creció más todavía durante los reinados de los últimos Asmoneos y de Heródes, en cuya época tuvo lugar una serie no interrumpida de movimientos religiosos. El pueblo judío, á medida que el poder se secularizaba, pasando á manos incrédulas, vivia cada vez ménos para los intereses terrenales y se absorbia más y más en el extraño trabajo que se operaba en su seno. Distraido el mundo con otros espectáculos, no tiene ningun conocimiento de lo que pasa en aquel olvidado rincon de Oriente. Sin embargo, las almas superiores y al corriente de la marcha de su siglo, ven con más claridad. El tierno y previsor Virgilio parece responder, como un eco secreto, al segundo Isaías:—el nacimiento de un niño le sumerge en ensueños de palingenesia universal[78]. Estos ensueños eran muy comunes y formaban como un género de literatura designado con el nombre de Sibilas ó Sibilismo. La formacion reciente del imperio exaltaba las imaginaciones: la grande era de paz que entónces empezaba, y esa impresion de melancólica sensibilidad que experimentan las almas despues de largos períodos de revolucion, hacian surgir en todas partes esperanzas ilimitadas.