VIDA

DE JESÚS


CAPÍTULO PRIMERO

RANGO DE JESÚS EN LA HISTORIA DEL MUNDO

La revolucion por medio de la cual pasaron las más nobles porciones de la humanidad, de las antiguas religiones comprendidas bajo el vago nombre de paganismo, á una religion fundada sobre la unidad divina, la trinidad y la encarnacion del Hijo de Dios, es el acontecimiento capital de la historia del mundo. Esta conversion necesitó para consumarse cerca de mil años. Lo ménos trescientos invirtió la nueva religion sólo en formarse. Pero el orígen de la revolucion de que se trata es un hecho que tuvo lugar bajo los reinados de Augusto y de Tiberio. Entónces vivió una persona que, por su audaz iniciativa y por el amor que supo inspirar, creó el objeto y afirmó la base de la futura ley que debia regir á la humanidad.

El hombre fué religioso desde el momento en que se distinguió del animal; esto es, en que vió en la naturaleza algo más que la realidad, y sintió en sí mismo alguna cosa que no concluia en el sepulcro. Durante millares de años, este sentimiento se extravió del modo más extraño;—en muchas razas, se limitó á la creencia en los hechiceros bajo la grosera forma que la vemos todavía en algunas partes de la Oceanía; en otras, el sentimiento religioso conducia á vergonzosas y sangrientas escenas, tales como las que formaron el carácter de la antigua religion de Méjico; en otras, y particularmente en África, llegó á convertirse en puro fetichismo, esto es, á ceñirse á la adoracion de un objeto material, al cual se atribuian poderes sobrenaturales. Así como el instinto del amor, que á veces eleva y ennoblece al hombre más vulgar, suele cambiarse en perversion y ferocidad; de igual manera esta facultad divina de la religion pudo trasformarse por largo tiempo en una especie de cáncer que era preciso extirpar de la raza humana; en una causa de errores y de crímenes que los sabios debian tratar de suprimir.

Las brillantes civilizaciones que desde remotísima antigüedad se desarrollaron en China, en Babilonia y en Egipto, imprimieron á la religion cierto progreso. En China imperó desde muy temprano una especie de mediano buen sentido que impidió á aquel pueblo caer en los grandes extravíos de otras razas.—Allí no se conocieron ni las ventajas ni los abusos del genio religioso. Pero por lo mismo no ejerció, bajo este aspecto, ninguna influencia sobre la direccion de la gran corriente de la humanidad. Las religiones de Babilonia y de Siria conservaron siempre un fondo de extraño sensualismo; hasta su extincion en los siglos cuarto y quinto de nuestra era, aquellas religiones fueron escuelas de inmoralidad, de las cuales, por una especie de intuicion poética, salian á veces algunos destellos del mundo divino. Á traves de un fetichismo aparente, Egipto poseyó quizás desde muy temprano dogmas metafísicos y un simbolismo revelado. Pero sus interpretaciones de una teología refinada no eran sin duda primitivas. Cuando el hombre posee una idea clara, no se entretiene jamás en revestirla de símbolos; casi siempre que se buscan ideas bajo antiguas imágenes misteriosas, cuyo significado se ha perdido, es á consecuencia de prolongadas reflexiones y á causa de la imposibilidad en que se halla el espíritu humano de resignarse con lo absurdo. Sin embargo, no fué en Egipto donde surgió la fe de la humanidad. Los elementos que á traves de mil trasformaciones pasaron de Siria y Egipto á la religion cristiana, son formas exteriores de escasa trascendencia, ó bien escorias semejantes á las que siempre existen en el fondo de los cultos más depurados. El gran defecto de las religiones mencionadas era su carácter esencialmente supersticioso; si de algo llenaron el mundo fué de millones de amuletos y de abraxas. Ninguna grande idea moral podia salir de razas abatidas por un despotismo secular y acostumbradas á instituciones que hacian casi nulo el ejercicio de la libertad en los individuos.

La poesía del alma, la fe, la libertad, la honradez y la abnegacion, aparecieron sobre la tierra con las dos grandes razas que hasta cierto punto formaron la humanidad: con la raza indo-europea y la raza semítica. Las primeras instituciones de la raza indo-europea fueron esencialmente naturalistas; pero era un naturalismo profundo y moral, un enlace amoroso de la naturaleza y el hombre, una poesía deliciosa llena del sentimiento de lo infinito; un principio, en fin, de lo que habia de constituir con el trascurso de los siglos el genio céltico germánico, de lo que habian de expresar Gœthe y Shakspeare. Aquello no era religion ni moral reflexionadas; sino melancolía, ternura, imaginacion, y sobre todo, algo de grave y serio, cualidades indispensables á la moral y á la religion. Sin embargo, la fe de la humanidad no podia venir de allí, porque aquellos antiguos cultos se desprendian trabajosamente del politeismo encarnado en ellos, y porque no conducian á un símbolo bien claro. Si el bramanismo ha llegado hasta nosotros, se debe sin duda al asombroso privilegio de conservacion que la India parece poseer. El budismo fracasó en todas sus tentativas por extenderse hácia el Oeste. El druidismo permaneció como forma exclusivamente nacional y sin tendencias universales. Las tentativas griegas de reforma, el orfismo y los misterios no bastaron para dar á las almas un alimento sólido. Persia tan sólo llegó á formarse una religion dogmática semi-monoteista y sábiamente organizada; pero es más que posible que aquella misma organizacion no fuese sino una imitacion ó un plagio. De cualquier modo, Persia se convirtió cuando en sus fronteras vió aparecer el lábaro de la unidad divina proclamada por el Islam.

La gloria de haber formado la religion de la humanidad pertenece toda entera á la raza semítica[67]. Bajo su tienda, no contagiada por los desórdenes del mundo, ya corrompido, y mucho más allá de los confines de la historia, el patriarca beduino preparaba la fe del género humano. Una invencible antipatía hácia los cultos voluptuosos de Siria, una gran sencillez en el ritual, ausencia completa de templos, y el ídolo reducido á insignificantes terafim, hé aquí su superioridad. Entre todas las tribus de semitas nómadas, la de los Beni-Israel estaba ya señalada para el cumplimiento de inmensos destinos. Sus antiguas relaciones con Egipto, de las que acaso resultaron algunas imitaciones puramente materiales, no hicieron sino aumentar su aversion por la idolatría. Una «ley» ó thora, escrita desde muy antiguo sobre tablas de piedra, y cuyo orígen hacian remontar á su gran libertador Moisés, era ya el código del monoteismo y contenia poderosos gérmenes de igualdad social y de moralidad, comparada con las instituciones de Egipto y de Caldea. Un cofre ó arca provista de dos anillos laterales para poder trasportarla por medio de una palanca atravesada, constituia todo el material religioso.—En ella estaban reunidos los objetos sagrados de la nacion, sus reliquias, sus recuerdos, el «libro», en fin, diario de la tribu siempre abierto, pero en el cual no se escribia sino muy discretamente. Bien pronto la familia encargada del trasporte y custodia de aquellos archivos portátiles adquirió grande importancia, hallándose cerca del libro y disponiendo de él. Sin embargo, la institucion que decidió del porvenir de la humanidad no vino de allí; el sacerdote hebreo difiere muy poco de los otros sacerdotes de la antigüedad. El carácter que esencialmente distingue á Israel de los otros pueblos teocráticos consiste en que allí el sacerdocio estuvo siempre subordinado á la iniciativa individual. Además de los sacerdotes, cada tribu nómada tenía su nabi ó profeta, especie de oráculo viviente á quien se consultaba para la solucion de cuestiones oscuras que exigian un alto grado de prevision. Los nabis de Israel, organizados en grupos ó escuelas, tuvieron gran superioridad. Defensores del antiguo espíritu democrático, enemigos de los ricos y opuestos á toda organizacion política y á cuanto pudiera encaminar á Israel por la via de las naciones, ellos fueron los verdaderos instrumentos de la supremacía religiosa del pueblo judío. Desde muy temprano anunciaron esperanzas ilimitadas; y cuando el pueblo, víctima hasta cierto punto de sus consejos impolíticos, fué subyugado por el poder asirio, ellos proclamaron que le estaba reservado un reino sin límites; que Jerusalen sería un dia la capital del mundo entero y que el género humano se haria judío. Jerusalen y su templo se les aparecian como una ciudad colocada en la cumbre de una montaña, hácia la cual se dirigirian todos los pueblos de la tierra; como un oráculo de donde debia salir la ley universal; como el centro de un reino ideal en donde el género humano, pacificado por Israel, volveria á encontrar los goces del Eden[68].