Es incuestionable que á esos recuerdos debió mezclarse una parte de ideas preconcebidas. Varios trozos, en parte de Lúcas, fueron inventados para dar mayor realce á ciertos rasgos de la fisonomía de Jesús. Áun esta misma fisonomía experimentaba á cada paso nuevas alteraciones. Jesús sería un fenómeno único en la historia si, teniendo en cuenta el papel que desempeñó, no hubiese sido transfigurado inmediatamente. La leyenda de Alejandro estaba ya terminada ántes que se extinguiese la generacion de sus compañeros de armas; la de San Francisco de Asís principió en vida del santo. De igual manera se operó durante los veinte ó treinta años que siguieron á la muerte de Jesús, un rápido trabajo de metamórfosis que prestó á su biografía esos giros absolutos de leyenda ideal. La muerte perfecciona áun al hombre más perfecto y le mejora á los ojos de los que le amaron. Por otra parte, al mismo tiempo que se queria retratar al maestro, se queria tambien demostrarle. Muchas anécdotas fueron concebidas para probar que las profecías consideradas como mesiánicas habian tenido en él su cumplimiento. Pero este proceder, cuya importancia no debe negarse, no basta á explicarlo todo. Ninguna obra judáica de la época nos ofrece una serie de profecías, exactamente redactadas, que el Mesías debió cumplir. Várias de las alusiones mesiánicas contenidas en los evangelios son tan sutiles, tan indirectas, que no puede suponerse que respondieran á una doctrina admitida generalmente. Unas veces se razona de este modo:—«El Mesías debe hacer tal cosa; Jesús la ha hecho; luego Jesús es el Mesías.» Otras se raciocina á la inversa:—«Tal cosa ha sucedido á Jesús; esa misma cosa debia sucederle al Mesías; luego Jesús es el Mesías»[65]. Cuando se trata de analizar el tejido de esas profundas creaciones del sentimiento popular que, por su riqueza y por su variedad infinita, echan por tierra todos los sistemas, las explicaciones demasiado sencillas son siempre falsas.

Compréndese fácilmente que para no ofrecer, con el auxilio de tales documentos, sino aquello que no admita contradiccion, es menester limitarse á las líneas generales. En casi todas las historias antiguas, áun en aquellas que son ménos legendarias que los evangelios, los detalles dan lugar á infinitas dudas. Áun poseyendo dos relatos sobre un mismo hecho, es cosa extremadamente rara que los dos se hallen en perfecta armonía. Siendo esto así, ¿no hay motivo para dudar cuando no se tiene sino uno solo, y en él se notan las mismas contradicciones? Puede asegurarse que entre los discursos, las anécdotas y las palabras célebres referidas por los historiadores, no hay ni una siquiera de rigurosa autenticidad. ¿Habia taquígrafos que fijaran aquellas rápidas palabras? ¿Se hallaba siempre presente un analista que anotase los gestos, los ademanes y los movimientos de los actores? Que se intente depurar lo que hay de verdadero en el modo como se realizó tal ó cual hecho contemporáneo, de seguro no se conseguirá. Dos relatos de un mismo acontecimiento hechos por testigos oculares difieren esencialmente. Mas ¿debe uno renunciar por eso al colorido de los relatos y limitarse á lo que enuncia el conjunto? Esto sería suprimir la historia. De buena gana concedo que, á excepcion de ciertos axiomas cortos y casi mnemónicos, ninguno de los discursos referidos por Matheo es textual; pero ¿lo son acaso nuestros resúmenes estenográficos? Tambien admito que ese admirable relato de la pasion contiene multitud de inexactitudes. Mas ¿podria escribirse la historia de Jesús haciendo caso omiso de esas predicaciones que de tan viva manera nos pintan el carácter de sus discursos, y limitándose á decir con Josefo y Tácito, «que fué condenado á muerte por Pilátos á instigacion de los sacerdotes?» Semejante proceder sería, en mi opinion, un género de inexactitud peor que aquel á que uno se expone admitiendo los detalles que los textos nos proporcionan. Esos detalles no son verdaderos al pié de la letra, pero son de una verdad superior, más verídicos que la misma verdad desnuda, por cuanto á que ellos constituyen la verdad expresiva y parlante, elevada á la altura de una idea.

Ruego á las personas que me tachen de conceder exagerada confianza á relatos legendarios en gran parte, que se dignen tener en cuenta la observacion que acabo de hacer. ¿Á qué se reduciria la vida de Alejandro si nos limitásemos á lo que materialmente hay en ella de cierto? Hasta las tradiciones, en parte erróneas, contienen una porcion de verdad que la historia no debe mirar con indiferencia. Nadie ha echado en cara á M. Sprenger el haber tenido en cuenta los hadith ó tradiciones orales sobre el profeta Mahoma, al escribir su vida, y atribuido frecuentemente á su héroe palabras, á veces textuales, que no se conocen sino en el citado escrito. Y sin embargo, las tradiciones sobre Mahoma no tienen un carácter histórico superior al de los discursos y relatos que componen los evangelios. Aquellas tradiciones fueron escritas desde el año 50 al 140 de la hégira. Cuando se escriba la historia de las escuelas judáicas pertenecientes á los siglos que precedieron y siguieron inmediatamente el cristianismo, ningun escrúpulo se tendrá en atribuir á Hillel, á Schammai y á Gamaliel las máximas que les atribuyen la Mischna y la Gemara, no obstante no haberse redactado estas grandes compilaciones sino varios centenares de años despues de los doctores en cuestion.

Respecto á las personas que, por el contrario, crean que la historia debe limitarse á reproducir sin comentarios los textos que han llegado hasta nosotros, les haré observar que semejante sistema no es lícito en el asunto de que se trata. Los cuatro principales documentos se hallan en flagrante contradiccion unos con otros, y además Josefo los rectifica algunas veces. Forzoso es elegir. Pretender que un acontecimiento no pudo efectuarse á la vez de dos maneras diversas ni de un modo imposible, no es imponer á la historia una filosofía à priori. Porque existan várias versiones diferentes de un mismo hecho, y porque á todas esas versiones haya mezclado la credulidad circunstancias fabulosas, no debe el historiador rechazar el hecho como falso; lo que debe hacer es, obrar con prudencia, discutir y proceder por induccion. Hay particularmente una clase de relatos respecto á los cuales se hace precisa la aplicacion de ese principio; tales son los relatos sobrenaturales. Querer explicar esos relatos ó reducirlos á leyendas no es mutilar los hechos en nombre de la teoría, sino partir de su misma observacion. De cuantos milagros hormiguean en las antiguas historias, ninguno pasó bajo condiciones científicas. Pruébase por una experiencia constante, jamás desmentida, que los milagros no suceden sino en los tiempos y en los países que creen en ellos y ante personas dispuestas á darles fe. No hay milagro que se haya producido ante una reunion de hombres capaces de comprobar el carácter milagroso del hecho. En tal materia no son competentes ni las personas del pueblo ni las de una clase más elevada: para ello se necesitan grandes precauciones y estar muy acostumbrado á las investigaciones científicas. ¿No se han visto en nuestros dias á muchas personas inteligentes siendo víctimas de groseros prestigios y pueriles ilusiones? Hechos maravillosos, que afirmaban ciudades enteras, se convirtieron en hechos reprobados[66], gracias á una informacion más severa y minuciosa. Pues bien, si se halla fuera de duda que ningun milagro contemporáneo puede resistir al exámen, ¿no es mucho más verosímil que los milagros de la antigüedad, ocurridos todos en reuniones populares, tuviesen tambien su parte de ilusion, la cual veriamos en ellos si nos fuese posible criticarlos detalladamente?

Si nosotros desterramos de la historia los milagros, no es á nombre de tal ó cual filosofía, sino á nombre de una constante experiencia. Nosotros no decimos: «Los milagros son imposibles»; afirmamos: «Que hasta hoy no ha habido un milagro comprobado.» Supongamos que se presentase mañana un taumaturgo, ofreciendo garantías bastante formales para ser discutibles, y que anunciase, por ejemplo, resucitar á un muerto; ¿qué se haria entónces? Se nombraria una comision compuesta de fisiólogos, físicos, químicos, de personas acostumbradas á la crítica histórica. Esta comision elegiria el cadáver, se aseguraria de que la muerte era real y verdadera, designaria el local en que debiera hacerse la experiencia, y tomaria todas las precauciones necesarias á fin de no dejar pretexto á ninguna duda. Si la resurreccion se operase en tales condiciones, se habria adquirido una probabilidad casi igual á la certidumbre. Sin embargo, como quiera que un experimento debe ser siempre susceptible de repetirse; que lo que se hace una vez puede hacerse dos ó veinte, y que en materia de milagros no puede ser cuestion de fácil ó difícil, el taumaturgo sería invitado á reproducir, en otras circunstancias, sobre otros cadáveres y en diferente medio, su acto maravilloso. Pues bien, si á cada nueva prueba se repitiese el milagro, dos cosas quedarian fuera de duda:—Primera, que en el mundo suceden hechos sobrenaturales; segunda, que la facultad de producirlos pertenece ó ha sido conferida á ciertas personas. Pero ¿quién no conoce que los milagros no han sucedido nunca en tales condiciones; que hasta hoy el taumaturgo ha elegido siempre el medio, el público y el asunto de sus milagros; que frecuentemente es el pueblo mismo el que, por esa invencible necesidad de ver en los grandes acontecimientos y en los grandes hombres algo de divino, crea, mucho despues, las leyendas maravillosas? Miéntras no se nos pruebe lo contrario, nosotros mantendrémos estos principios de crítica histórica:—que un relato sobrenatural no puede admitirse en tal concepto, porque implica siempre credulidad ó impostura, y que el deber del historiador consiste en desmenuzarle y en separar con esmero la parte verídica que en él se halle mezclada con el error.

Tales son las reglas que he seguido en la composicion de este escrito. Á la lectura de los textos he podido añadir un gran manantial de luz, consistente en la vista de los lugares donde pasaron los acontecimientos. Teniendo por objeto la mision científica que dirigí en 1860 y 1861 explorar la antigua Fenicia, tuve que residir en las fronteras de Galilea y que viajar por ella frecuentemente. Entónces atravesé en todos sentidos la provincia evangélica, visité á Jerusalen, á Hebron y la Samaria, y no escapó á mi exámen casi ninguna localidad importante de la historia de Jesús. Al recorrerlas, toda esa historia, que á distancia parece flotar en las nubes de un mundo imaginario, adquirió tal cuerpo y solidez, que no pudieron ménos de admirarme. La sorprendente concordancia de los textos con los lugares, y la armonía maravillosa del ideal evangélico con el país que le sirve de cuadro, fueron para mí como una revelacion. Un quinto evangelio, lacerado, pero todavía legible, apareció á mis ojos, y vi, á traves de los relatos de Matheo y de Márcos, no ya un sér abstracto, cuya existencia parece dudosa, sino una admirable figura humana llena de vida y de movimiento. Durante el verano, habiéndome sido preciso, á fin de reposar un poco, subir hasta Ghazir, en el Líbano, tracé á grandes rasgos la imágen que se me habia aparecido, y de aquel bosquejo resultó esta historia. Apénas me faltaban algunas páginas cuando una prueba cruel vino á precipitar mi partida. De manera que el libro fué compuesto por entero muy cerca de los mismos lugares en que nació y vivió Jesús. Despues de mi regreso he trabajado incesantemente en verificar y comprobar, detalle por detalle, el embrion que, sin más auxilio que cinco ó seis volúmenes, escribí de prisa bajo el techo de una cabaña maronita.

Quizás deploren algunos el giro biográfico de mi obra. Cuando por la primera vez concebí el pensamiento de escribir una historia de los orígenes del cristianismo, confieso que, en efecto, trataba de hacer una historia de doctrinas, en la cual no hubiesen tenido los hombres casi ningun lugar. Jesús mismo habria sido apénas mencionado, consagrándome, como pensaba, á demostrar de qué modo germinaron y cubrieron el mundo las ideas que se produjeron bajo su nombre. Pero despues comprendí que la historia no es un simple juego de abstraccion y que los hombres entran en ella por mucho más que las doctrinas. No fué por cierto la teoría sobre la justificacion y la redencion la que operó la Reforma, sino Lutero y Calvino. El parsismo, el helenismo, el judaismo habrian podido combinarse bajo todas las formas; las doctrinas de la resurreccion y del Verbo habrian podido desarrollarse por espacio de siglos sin producir ese hecho fecundo, único, grandioso, que se llama cristianismo. Ese hecho es la obra de Jesús, de San Pablo, de San Juan. Escribir la historia de Jesús, de San Pablo, de San Juan, es escribir la historia de los orígenes del cristianismo. En cuanto á los movimientos anteriores, ellos pertenecen á nuestro asunto, por cuanto á que sirven para explicar la existencia de aquellos hombres extraordinarios, los cuales tuvieron necesariamente su lazo de union con las cosas que los habian precedido.

Al hacer semejante esfuerzo para reanimar las grandes almas del pasado, debe permitirse una parte de adivinacion y de conjetura. Una gran vida es un todo orgánico que no puede representarse por la simple aglomeracion de hechos pequeños. Es menester que un sentimiento profundo abarque el conjunto y haga la unidad. En semejante asunto es un buen guía la razon del arte; el tacto exquisito de un Gœthe encontraria en él motivo para ejercitarse. La condicion esencial de las creaciones del arte estriba en formar un sistema viviente cuyas partes se armonicen unas con otras. La señal infalible de que, en las historias del género de ésta, se ha llegado á poseer lo verdadero, consiste en haber conseguido combinar los textos de manera que de su combinacion resulte un relato lógico, verosímil, sin ninguna discordancia. Las leyes íntimas de la vida, de la marcha de los productos orgánicos, de la gradacion de los matices, deben consultarse á cada paso; porque no se trata aquí de volver á encontrar la circunstancia material cuya prueba no es posible, sino el alma misma de la historia; no es la insignificante certidumbre de las bagatelas lo que se necesita buscar, sino la precision del sentimiento general, la verdad del colorido. Cada rasgo que se aleje de las reglas de la narracion clásica debe ser una advertencia de estar sobre aviso, porque el hecho que se trata de referir fué palpitante, natural, armonioso. Si no se consigue presentarle de esa manera, es porque de seguro no se llegó á conocerle bien. Supongamos que al restaurar la Minerva de Fidias con arreglo á los textos, se produjese un conjunto seco, duro, artificial. ¿Qué deberia deducirse? Una sola cosa: que los textos necesitan la interpretacion del buen gusto, siendo indispensable examinarlos y cotejarlos minuciosamente hasta conseguir de ellos un conjunto cuyos datos se armonicen y confundan sin ningun esfuerzo. ¿Se tendria entónces la seguridad de poseer, línea por línea, la estatua griega? No; pero, al ménos, no se poseeria la caricatura: se tendria el espíritu general de la obra, uno de los modos como pudo existir.

Nosotros no hemos vacilado en adoptar por guía en el arreglo general del relato ese sentimiento de un organismo viviente. La lectura de los evangelios basta para probar que sus redactores, sin embargo de tener en la mente un plan exacto de la vida de Jesús, no se guiaron por datos cronológicos bien rigurosos; Papias nos lo dice además expresamente. Las frases: «En aquel tiempo... despues de lo cual... entónces... sucedió que...», etc., no son sino simples transiciones destinadas á enlazar entre sí los diferentes relatos. Escribir la historia de Jesús dejando todas las noticias que nos suministran los evangelios en el desórden en que la tradicion nos las presenta, sería lo mismo que escribir la historia de un hombre célebre, ofreciendo en confusa mescolanza las cartas y las anécdotas de su juventud, de su vejez y de su edad viril. En el Coran, que tambien nos presenta en el más completo desórden las piezas de las diferentes épocas de la vida de Mahoma, una crítica ingeniosa ha concluido por hallar el secreto de su confeccion; conócese ya de una manera casi cierta el órden cronológico en que fueron compuestos aquellos escritos. Semejante sistema de reconstitucion es mucho más difícil respecto á los evangelios, porque la vida pública de Jesús fué más corta y ménos sobrecargada de acontecimientos que la del fundador del Islam. Esto no obstante, creo que no se calificará de sutileza gratuita la tentativa de encontrar un hilo que sirva de guía en este dédalo. Suponer que un fundador religioso empiece por adherirse á los aforismos morales que circulaban ya en su tiempo, y á las prácticas más admitidas; que entrando despues en plena posesion de su idea se complazca en un género de elocuencia tranquila, poética, ajena á toda controversia, suave y libre como el sentimiento puro; que poco á poco se anime y exalte al hallar oposicion, y concluya por las polémicas y las fuertes invectivas; suponer todo esto, no es ciertamente abusar de la hipótesis. Tales son los períodos que en el Coran se distinguen de un modo claro. Una marcha análoga supone el órden que los sinópticos adoptaron con tacto exquisito. Léase atentamente á Matheo, y se hallará en la distribucion de sus discursos una gradacion muy semejante á la que acabamos de indicar. Por otra parte, se observará la reserva de los giros de frase que empleamos cuando se trata de exponer el progreso de las ideas de Jesús. En las divisiones adoptadas á este propósito puede no ver el lector, si así lo prefiere, sino los córtes indispensables á la exposicion metódica de un pensamiento profundo y complicado.

Si el amor á un asunto puede servir á facilitarnos su inteligencia, se me concederá que no me ha faltado esta condicion. Para escribir la historia de una religion es indispensable, en primer lugar, haber creido en ella (sin esto no podria comprenderse cómo ha podido subyugar y satisfacer la conciencia humana); en segundo, no creer ya de una manera absoluta; porque la fe absoluta es incompatible con la sinceridad de la historia. Pero el amor existe sin la fe. Puede uno muy bien no adherirse á ninguna de las formas que cautivan la adoracion de los hombres, sin renunciar por eso á deleitarse con lo que ellas contienen de bueno y de hermoso. Ninguna manifestacion pasajera agota el manantial divino; Dios se habia revelado ántes de Jesús, Dios se revelará despues de él. Profundamente desiguales y tanto más divinas cuanto más grandes y espontáneas, las manifestaciones del Dios oculto en el fondo de la conciencia humana son todas del mismo órden. Jesús no pertenece únicamente á los que se dicen sus discípulos: él es la honra comun de todo el que siente latir en su pecho un corazon de hombre. No se le glorifica excluyéndole de la historia; ríndesele un culto más verdadero demostrando que sin él la historia entera sería incomprensible.