Si hemos de decirlo todo, añadirémos que probablemente Juan tuvo poquísima parte en ese cambio, y que, más bien que por él, se operó en torno suyo. En ocasiones se inclina uno á creer que algunas preciosas notas, procedentes del apóstol, fueron empleadas por sus discípulos en un sentido muy diverso del primitivo espíritu evangélico. Y en efecto, ciertas partes del cuarto evangelio, tales como todo el capítulo XXI[42], en el cual parece haberse propuesto el autor rendir homenaje al apóstol Pedro, despues de su muerte, y responder á las objeciones que iban á deducirse ó que ya se deducian de la muerte del mismo Juan, fueron añadidas más tarde. En otros varios sitios se distingue la huella de raspaduras y correcciones[43].

Imposible es, á semejante distancia, encontrar la clave de todos esos problemas singulares, y si nos fuera permitido penetrar los secretos de aquella misteriosa escuela de Éfeso que se complugo en marchar por vias oscuras, muchas sorpresas habriamos de tener á no dudarlo. Pero puede hacerse una experiencia capital, y es la siguiente. Cualquiera persona que se ponga á escribir la vida de Jesús sin teoría determinada sobre el valor de los evangelios, y dejándose guiar únicamente por el sentimiento del asunto, propenderá, en una porcion de casos, á preferir la narracion de Juan á la de los sinópticos. Los últimos meses de la vida de Jesús no se explican sino por Juan, y una infinidad de rasgos de la pasion, ininteligibles en los sinópticos[44], adquieren verosimilitud y posibilidad en el relato del cuarto evangelio. Por el contrario, desafío á cualquiera á que componga una vida de Jesús que tenga sentido comun, basándola en los discursos que Juan atribuye al maestro. Esa manera de predicar de sí mismo y de evidenciarse incesantemente, esa perpétua argumentacion, esa exornacion sin ninguna sencillez, esos largos razonamientos con motivo de cada milagro, y esos discursos áridos y tortuosos, cuyo tono es tan á menudo falso y desigual[45], no pueden aceptarse por ningun hombre de mediano gusto y discernimiento, junto á las sentencias deliciosas de los sinópticos. Evidentemente son piezas artificiales[46] que nos representan las predicaciones de Jesús como los diálogos de Platon nos representan las pláticas de Sócrates: son en cierto modo las variaciones de un músico que improvisa por su propia cuenta sobre un tema determinado. El tema podrá no carecer de alguna autenticidad, pero en la ejecucion se desborda el capricho del artista. El proceder facticio, la retórica, el estudio, se distinguen á la legua. Añádase á esto que, en los trozos de que hablamos, no aparece el vocabulario de Jesús. La expresion de «reino de Dios», que tan familiar era al maestro[47], se encuentra en ellos una vez solamente[48]. En cambio, el estilo de los discursos que el cuarto evangelio atribuye á Jesús, ofrece completa semejanza con el de las epístolas de San Juan; échase de ver que el autor, al escribir los discursos, no seguia el hilo de sus recuerdos, sino el movimiento bastante monótono de sus propias ideas. Desplégase en ellos toda una lengua mística, de la que no tuvieron los sinópticos la menor nocion («mundo», «verdad», «vida», «luz», «tinieblas», etc.). Si Jesús se hubiese expresado en ese estilo, que nada tiene de hebreo, ni de judáico, ni de talmúdico, si así puede decirse, ¿cómo habria guardado tan bien el secreto solo uno de sus oyentes?

La historia literaria ofrece, además, otro ejemplo que tiene grande analogía con el fenómeno histórico que acabamos de exponer y que servirá para explicarle. Sócrates, de igual modo que Jesús, nada escribió; lo que de él conocemos nos lo trasmitieron dos de sus discípulos, Xenofonte y Platon.—El primero se asemeja á los sinópticos por su redaccion limpia, trasparente, impersonal; el segundo recuerda, por su vigorosa individualidad, al autor del cuarto evangelio. ¿Deben seguirse los «Diálogos» de Platon ó las «Pláticas» de Xenofonte, para exponer la enseñanza socrática? La duda no es posible en tal alternativa.—Todo el mundo se atiene á las «Pláticas» y no á los «Diálogos.» Pero, ¿nada nos enseña Platon respecto á Sócrates? Al escribir la biografía de este último, ¿sería juicioso, en buena crítica, desdeñar los «Diálogos»? ¿Quién se atreveria á sostenerlo? Por otra parte, la semejanza no es completa y la diferencia queda en favor del cuarto evangelio, cuyo autor es, en efecto, el mejor biógrafo, de igual modo que Platon, no obstante atribuir á su maestro ficticios discursos, conocia respecto á su vida muchas cosas capitales que Xenofonte ignoraba completamente.

Nosotros, sin pronunciarnos sobre la cuestion material de saber qué mano trazó el cuarto evangelio, é inclinándonos á creer que los discursos, cuando ménos, no son del hijo del Zebedeo, admitimos que ese escrito es el «Evangelio segun Juan» de igual manera y en el mismo sentido que el primero y segundo son los evangelios «segun Matheo» y «segun Márcos.» La trama histórica del cuarto evangelio es la vida de Jesús, tal como en la escuela de Juan se conocia; es el relato que Aristion y Presbyteros Joannes hicieron á Papias sin decirle que se hallaba escrito, particularidad á la que tal vez no daban ninguna importancia. Añadiré que, á mi juicio, aquella escuela sabía las circunstancias exteriores de la vida del fundador, mejor que el grupo de cuyos recuerdos se formaron los evangelios sinópticos. Ella tenía datos que los demás no poseyeron, sobre todo respecto á la permanencia de Jesús en Jerusalen. Los afiliados de la escuela trataban á Márcos de mediano biógrafo y habian imaginado un sistema para explicar las lagunas de sus escritos. Ciertos pasajes de Lúcas, en los cuales hay como un eco de las tradiciones joánicas[49], prueban además que esas tradiciones no eran completamente desconocidas del resto de la familia cristiana.

Paréceme que bastarán estas explicaciones para que el lector conozca, al seguir el relato, los motivos que me hayan impulsado á dar la preferencia á tal ó cual cronista de los cuatro que tenemos para la vida de Jesús. En resúmen, yo admito como auténticos los cuatro evangelios canónicos. En mi opinion todos alcanzan al primer siglo y son, próximamente, de los autores á quienes se les atribuye; pero su valor histórico es muy diverso. Matheo merece, en cuanto á los discursos, que se le conceda ilimitada confianza; ellos son las Logia, las notas tomadas bajo la impresion del recuerdo claro y palpitante de la enseñanza de Jesús. Una especie de destello, dulce y terrible á la vez, y una fuerza divina, si se me permite la frase, marcan esas palabras, y destacándolas del texto, permiten al crítico reconocerlas fácilmente. Aquel que se haya tomado el trabajo de hacer una composicion regular sobre la historia evangélica, posee, bajo este supuesto, una excelente piedra de toque. Las verdaderas palabras de Jesús se manifiestan por sí mismas, y no bien se las toca, vibran en medio de ese cáos de tradiciones de autenticidad desigual; ellas se traducen como espontáneamente y surgen del relato, conservando en él extraordinario relieve. Las partes narrativas que en el primer evangelio se agrupan al rededor de ese núcleo primitivo, no tienen la misma autoridad. Hállanse en ellas muchas leyendas bastante mal redondeadas, producto de la piedad de la segunda generacion cristiana[50]. El evangelio de Márcos es mucho más firme, más preciso, ménos sobrecargado de extemporáneos é interesados detalles. De los tres sinópticos, él es el que ha conservado un sabor más antiguo, más original, y el que ménos mezcla ofrece de elementos posteriores. En Márcos, los detalles materiales son de una claridad que en vano se buscaria en los otros evangelistas. Gústale recordar ciertas palabras de Jesús en siro-caldeo[51], y las observaciones minuciosas en que abunda, no pueden venir sino de un testigo ocular. Nada se opone á que ese testigo ocular, que evidentemente siguió á Jesús, que le amó y le vió de cerca, conservando de él viva imágen, fuese el apóstol Pedro, segun lo pretende Papias.

En cuanto á la obra de Lúcas, su valor histórico es mucho más débil:—esa obra es un documento de segunda mano. La narracion tiene en ella mayor madurez, y las palabras de Jesús son más redundantes, más concertadas. Algunas sentencias se llevan hasta el exceso y adolecen de falsedad[52]. Escribiendo fuera de Palestina y sin duda alguna despues del sitio de Jerusalen[53], el autor no indica los lugares con la misma exactitud que los otros dos sinópticos; tiene una falsa idea del templo, figurándosele como un oratorio adonde va cada uno á rezar sus devociones[54], trunca los detalles á fin de establecer una concordancia entre los diferentes relatos, modera ciertos pasajes que habian llegado á ser embarazosos bajo el punto de vista de una idea más exaltada de la divinidad de Jesús[55], exagera lo maravilloso[56], comete errores de cronología[57], omite las glosas hebráicas[58], no cita ninguna palabra de Jesús en esta lengua, y nombra, en fin, todas las localidades por sus nombres griegos. Adivínase fácilmente el escritor que compila, que no vió por sí mismo los testigos y que trabaja sobre los textos, permitiéndose violentarlos á fin de ponerlos de acuerdo. Es muy probable que Lúcas tuviese á la vista la compilacion biográfica de Márcos y las Logia de Matheo. Pero no tiene escrúpulo en tratar esos escritos con entera libertad:—unas veces reune dos anécdotas ó dos parábolas para formar de ellas una sola; otras, descompone una para hacer dos[59]. Lúcas interpreta los documentos con arreglo á su particular juicio, y carece de la impasibilidad absoluta de Matheo y de Márcos. Puede decirse que sus escritos reflejan algo de sus gustos y de sus tendencias particulares:—Lúcas es un devoto sumamente exacto; muestra singular empeño en presentarnos á Jesús como estricto observador de los ritos judáicos[60], es demócrata y ebionita exaltado, esto es, muy opuesto á la propiedad, y se halla persuadido de que llegará el dia en que los pobres tengan su desquite[61]; es aficionadísimo á las anécdotas, y se complace en poner de manifiesto la conversion de los pecadores y la exaltacion de los humildes[62], modificando las antiguas tradiciones á fin de darles este giro[63]. En sus primeras páginas admite sobre la infancia de Jesús leyendas que refiere con esas largas exageraciones, esos cánticos y esos procedimientos de convencion que forman el carácter esencial de los evangelios apócrifos. Por último, en el relato de los postreros años de Jesús hay algunas circunstancias llenas de sentimiento y de ternura y algunas bellísimas palabras[64], atribuidas al maestro, que no se encuentran en los relatos de mayor autenticidad, en las cuales se deja conocer el trabajo de la leyenda. Probablemente Lúcas las tomaba de una compilacion más reciente, en la que se trataba, con preferencia, de excitar los sentimientos piadosos.

Á la vista de un documento de semejante naturaleza, la razon aconseja hacer uso de él con la mayor mesura. Desdeñarle completamente sería tan poco juicioso como emplearle sin discernimiento. Lúcas tuvo á su disposicion originales que ya no existen, y más bien que un evangelista, es un biógrafo de Jesús, un armonista, un corrector á la manera de Marcion y de Taziano. Pero tambien es un biógrafo del primer siglo, un artista divino que, además de las noticias que recogió en los más antiguos manantiales, nos presenta el carácter del fundador con una exactitud de parecido, una inspiracion de conjunto y un relieve que no se encuentran en los otros dos sinópticos. La lectura de su Evangelio es la que nos ofrece mayor atractivo, porque á la incomparable belleza del fondo comun se une cierta parte de artificio y de composicion que aumenta singularmente el efecto del retrato, sin perjudicar de un modo grave á la verdad.

En resúmen, puede decirse que la redaccion sinóptica ha tenido tres gradaciones: 1.ª el estado documentario original (λόγια de Matheo, λεχθέντα ἢ πραχθέντα de Márcos), redacciones primitivas que ya no existen; 2.ª el estado de simple mezcla, en la que se hallan amalgamados los documentos originales sin ningun esfuerzo de composicion y sin que se eche de ver ninguna mira personal de parte de sus autores (evangelios actuales de Matheo y de Márcos); 3.ª el estado de combinacion ó de redaccion intencional, discurrida, en que se deja conocer el esfuerzo que se ha hecho á fin de conciliar las diferentes versiones (evangelio de Lúcas). En cuanto al evangelio de Juan, forma, segun hemos dicho, una composicion de otro género y completamente distinta.

El lector notará que no hago uso ninguno de los evangelios apócrifos. Estas composiciones no deben en manera alguna confundirse con los evangelios canónicos, puesto que no son sino triviales y pueriles amplificaciones basadas en aquellos, y nada añaden que sea digno de aprecio. Por el contrario, he puesto suma atencion en recoger los trozos que los Padres de la Iglesia nos han conservado de los antiguos evangelios que otras veces existieron paralelamente á los canónicos, y cuyo texto se ha perdido, tales como el Evangelio segun los hebreos, el Evangelio segun los egipcios, y los Evangelios llamados de Justino, de Marcion, de Taziano. Los dos primeros son de mucha importancia, por cuanto á que se hallaban redactados en lengua aramea como las Logia de Matheo, constituian, segun parece, una variedad del evangelio de este apóstol, y fueron el evangelio de los ebionim, esto es, de aquellas reducidas cristiandades de Batanea que conservaron el uso del siro-caldeo, y que, hasta cierto punto, siguieron la línea trazada por Jesús. Pero menester es convenir en que esos evangelios, en el estado en que han llegado hasta nosotros, son inferiores, por lo que hace á la autoridad crítica, á la redaccion del evangelio que de Matheo poseemos.

Paréceme que ya se comprenderá el género de valor histórico que atribuyo á los evangelios. No son, á mi entender, ni biografías como las de Suetonio, ni leyendas ficticias semejantes á las de Filóstrato; son biografías legendarias. Yo las comparo á las leyendas de santos, á las Vidas de Plotino, de Proclo, de Isidoro y á otros escritos del mismo género, en que se combinan en diferentes grados la verdad histórica y la intencion de presentar modelos de virtud. En esos escritos se echa de ver la inexactitud de que adolecen todas las composiciones populares. Supongamos que tres ó cuatro veteranos del primer imperio se hubiesen puesto, hace diez ó doce años, á escribir cada uno en particular una vida de Napoleon con arreglo á sus propios recuerdos. Puede apostarse á que sus relatos ofrecerian infinitos errores y graves discordancias. Uno colocaria á Wagram ántes de Marengo; otro no vacilaria en escribir que Napoleon arrojó de las Tullerías al gobierno de Robespierre; otro, en fin, omitiria las expediciones de más importancia. Pero dos cosas claras, palmarias, llenas de verdad saldrian de esos ingénuos relatos:—el carácter del héroe y la impresion que produjo en torno suyo. Bajo este punto de vista, semejantes historias populares tendrian más valor que una historia solemne y oficial. Otro tanto puede decirse de los evangelios. Los evangelistas, cuidándose únicamente de ensalzar la excelencia del maestro, sus milagros, su enseñanza, se muestran indiferentes hácia todo lo que no es el espíritu de Jesús. Las contradicciones sobre el tiempo, los sitios y las personas se miraban como insignificantes; porque cuanto más alto era el grado de inspiracion que se prestaba á la palabra de Jesús, tanto menor era el que se concedia á los redactores. Estos no se consideraban sino como discípulos escribas, y á una sola cosa consagraban su atencion: á no omitir nada de cuanto sabian.