Por lo que á Lúcas respecta, la duda no es posible. El evangelio de Lúcas es una composicion regular, fundada en documentos anteriores[9]; es la obra de un hombre que elige, entresaca y combina. Indudablemente el autor de este evangelio es el mismo que el de los «Hechos de los Apóstoles»[10], el cual fué un compañero de San Pablo[11], título que conviene perfectamente á Lúcas[12]. Sé que á este razonamiento puede oponerse más de una objecion, pero al ménos una cosa está fuera de duda, y es, que el autor del tercer evangelio y de los «Hechos» fué un hombre de la segunda generacion apostólica, y esto basta á mi objeto. Por otra parte, la fecha de este evangelio puede determinarse con mucha precision por medio de consideraciones sacadas del libro mismo. El capítulo XXI de Lúcas, inseparable del resto de la obra, se escribió, á no dudarlo, despues del sitio de Jerusalen, pero poco despues[13]. Aquí nos hallamos, pues, en un terreno sólido, porque se trata de una obra escrita de un extremo á otro por la misma mano y en la cual resalta la más perfecta unidad.

Los evangelios de Matheo y Márcos no tienen, ni con mucho, el mismo sello individual.—Son composiciones impersonales, en las cuales desaparece totalmente el autor. Un nombre propio escrito al frente de este género de obras dice muy poco. Pero si el evangelio de Lúcas se halla fechado, tambien lo están el de Matheo y el de Márcos, puesto que es indudable que el tercer evangelio es posterior á los dos primeros, y que ofrece el carácter de una redaccion mucho más avanzada. Tenemos sobre este punto, á mayor abundamiento, un testimonio capital que data de la primera mitad del siglo segundo, cual es el de Papias, obispo de Hierápolis, hombre grave, de tradicion, que empleó toda su vida en recoger con particular esmero cuantas noticias se referian á la persona de Jesús[14]. Papias, despues de haber declarado que en semejantes materias prefiere la tradicion oral á los libros, menciona dos escritos sobre los actos y las palabras de Cristo: 1.º, un escrito de Márcos, intérprete del apóstol Pedro; escrito corto, incompleto, no clasificado por órden cronológico, el cual comprende relatos y discursos (λεχθέντα ἢ πραχθέντα), y fué compuesto en vista de los recuerdos y noticias del apóstol Pedro; 2.º, una compilacion de sentencias (λόγια) escrita por Matheo en lengua hebrea[15], «y que ha traducido cada uno como ha podido.» Es indudable que estas dos descripciones se armonizan bastante bien con la fisonomía general de los dos libros llamados ahora «Evangelio segun Matheo» y «Evangelio segun Márcos», los cuales se distinguen, uno por sus largos discursos, y otro por sus anécdotas, en particular, por ser mucho más exacto que el primero en relatar los acontecimientos de secundaria importancia, pobre en discursos, breve hasta la aridez y por estar bastante mal pergeñado. Que sean estas dos obras, tales como nosotros las leemos, absolutamente parecidas á las que leia Papias, no es sostenible en buena lógica; primero, porque el escrito de Matheo, segun Papias, se componia tan sólo de discursos en hebreo, de los cuales circulaban traducciones bastante diferentes; y segundo, porque la obra de Márcos y la de Matheo eran, para él, profundamente distintas, no tenian en su redaccion ningun punto de contacto, y á lo que parece, estaban escritas en diferente idioma. Esto supuesto, y ofreciendo el «Evangelio segun Márcos» y el «Evangelio segun Matheo», en el estado actual de sus textos, larguísimos trozos paralelos perfectamente idénticos, preciso es suponer ó que el redactor definitivo del primero tenía el segundo á la vista, ó que el del segundo consultaba el primero, ó que ambos redactores copiaron el mismo prototipo. Lo más verosímil es, que ni respecto á Márcos ni respecto á Matheo, tenemos las redacciones del todo originales, y que nuestros dos primeros evangelios son arreglos, en los cuales se trató de llenar, con un texto, los vacíos del otro. Cada uno quiso, en efecto, poseer un ejemplar completo: aquel que en el suyo no tenía sino discursos, deseó tener relatos, y recíprocamente. Sólo así se explica que el «Evangelio segun Matheo» comprenda casi todas las anécdotas de Márcos, y que el «Evangelio segun Márcos» encierre hoy un sinnúmero de rasgos que emanan de las Logia de Matheo. Además, cada uno bebia abundantemente en el manantial de la tradicion evangélica que continuaba manando en torno suyo. Y tan léjos estuvo aquella tradicion de haber sido agotada por los evangelios, que los «Hechos de los Apóstoles» y los Padres más antiguos citan várias palabras de Jesús que parecen auténticas y que no se hallan en los evangelios que poseemos.

No cumple á nuestro objeto actual el delicado análisis de reconstruir, hasta cierto punto, las Logia originales de Matheo, por una parte, y, por la otra, el relato primitivo tal como salió de la pluma de Márcos. Sin duda las Logia se nos representan como los grandes discursos de Jesús, que llenan una parte considerable del primer evangelio. Y efectivamente, estos discursos forman, cuando se separan del resto, un todo bastante completo. En cuanto á los relatos del primero y del segundo evangelio, parece que tienen una base comun, cuyo texto se halla tan pronto en uno como en otro, y del cual no es el segundo evangelio, tal cual le leemos hoy dia, sino una reproduccion poco modificada. En otros términos, el sistema de la vida de Jesús reposa entre los sinópticos en dos documentos originales: 1.º, los discursos de Jesús, recogidos por el apóstol Matheo; 2.º, la compilacion de anécdotas y de noticias originales que Márcos escribió en vista de los recuerdos de Pedro. Y todavía puede decirse que en los dos evangelios que, no sin razon, llevan el nombre de «Evangelio segun Matheo» y de «Evangelio segun Márcos», tenemos esos documentos mezclados con noticias de otra procedencia.

De todos modos, es indudable que los discursos de Jesús se escribieron en lengua aramea, así como tambien sus acciones notables. Pero aquéllos no fueron los textos definitivos y dogmáticamente fijados. Además de los evangelios que han llegado hasta nosotros, hay multitud de escritos que pretenden representar la tradicion de testigos oculares[16]. Mas se les da poca importancia, y los conservadores, como Papias, prefieren á ellos la tradicion oral[17]. Como quiera que todavía se creia próximo el fin del mundo, eran muy pocos los que se tomaban el trabajo de componer libros para el porvenir, y sólo se trataba de grabar en el corazon la imágen viva del que muy pronto habian de volver á ver en las nubes. De ahí la poca autoridad de que gozaron los textos evangélicos durante ciento cincuenta años. Nadie tenía escrúpulo en adicionarlos, combinarlos diversamente y completar unos con otros. El pobre que no poseia más que un libro, deseaba que contuviese todo cuanto interesaba á su corazon. Prestábanse aquellos libretos, y cada uno trascribia al márgen de su ejemplar las palabras y las parábolas que encontraba en otra parte y que conmovian su ánimo[18]. Así es como la cosa más bella del mundo salió de una elaboracion oscura y completamente popular. Ninguna redaccion tenía valor absoluto. Justino, que recurrió con frecuencia á lo que él llama «Memorias de los apóstoles»[19], tenía á la vista un estado de los documentos evangélicos muy diferente del que nosotros poseemos; de todos modos, no se tomó el trabajo de entresacarlos textualmente. El mismo carácter presentan las citas en los escritos seudo-clementinos, de orígen ebionita. La letra no se tenía en nada, el espíritu lo era todo. Los textos que llevan el nombre de los apóstoles no tuvieron autoridad decisiva ni fuerza de ley, sino cuando la tradicion se debilitó en la postrera mitad del siglo segundo.

¿Quién no conoce el valor de documentos que así se compusieron de los tiernos recuerdos y de los cándidos relatos de las dos primeras generaciones cristianas; de esos documentos llenos todavía de la fuerte impresion que habia producido su ilustre fundador y que parece haberle sobrevivido largo tiempo? Añadamos que los evangelios en cuestion provienen, á lo que parece, de aquella rama de la familia cristiana que estuvo más en contacto con Jesús. El último trabajo de redaccion, al ménos del texto que lleva el nombre de Matheo, parece haberse hecho en uno de los países situados al nordeste de Palestina, tales como la Gaulonítida, el Hauran ó la Batanea, adonde se refugiaron muchos cristianos en la época de la guerra con Roma, donde en el siglo segundo existian aún parientes de Jesús[20], y en donde se conservó más tiempo que en ninguna otra parte la primera direccion galilea.

Hasta ahora no hemos hablado sino de los tres evangelios llamados sinópticos:—réstanos hablar del cuarto, del que lleva el nombre de Juan. Las dudas son aquí mucho más fundadas, y la cuestion se halla más léjos de resolverse. Papias, que procede de la escuela de Juan, y que si no fué su auditor, como pretende Ireneo, frecuentó mucho á sus discípulos inmediatos, entre otros á Aristion y al que llamaban Presbyteros Joannes; Papias, que compilaba con pasion los relatos orales de aquel Aristion y de Presbyteros Joannes, no dice ni una sola palabra de una «Vida de Jesús» escrita por Juan. Si tal mencion se hubiese encontrado en su obra, la habria, sin duda, notado Eusebio, el cual recoge todo cuanto sirve á formar la historia literaria del siglo apostólico. No son ménos fuertes las dificultades intrínsecas deducidas de la lectura del cuarto evangelio mismo. ¿Cómo se hallan, junto á las noticias que tambien revelan al testigo ocular, esos discursos completamente diferentes de los de Matheo? ¿Cómo existen, junto á un plan de la vida de Jesús, que parece mucho más satisfactorio y completo que el de los sinópticos, esos pasajes singulares en los cuales se nota un interes dogmático, propio del redactor, esas ideas extrañas del todo á Jesús, y á veces esos indicios que nos previenen contra la buena fe del narrador? ¿Cómo, en fin, se ven, junto á las tendencias más puras, más justas, más verdaderamente evangélicas, esas manchas que parecen interpolaciones de un ardiente sectario? ¿Fué Juan, el hijo del Zebedeo, el hermano de Santiago (á quien ni una sola vez se menciona en el cuarto evangelio), el que escribió en griego esas lecciones de metafísica abstracta, de la cual no ofrecen ejemplo ni los sinópticos ni el Talmud? Todo esto es grave, y no seré yo quien se atreva á asegurar que el cuarto evangelio fué escrito completamente por la pluma de un antiguo pescador galileo. En suma, que el cuarto evangelio haya ó no salido hácia fines del primer siglo de la grande escuela del Asia Menor, que se derivaba de Juan; lo que se halla demostrado por testimonios exteriores y por el exámen del documento mismo es, que él nos representa una version de la vida del maestro muy digna de tenerse en cuenta y de ser preferida frecuentemente.

Desde luégo nadie pone en duda que hácia el año 150 existia ya el cuarto evangelio y era atribuido á Juan. Textos formales de San Justino[21], de Atenágoras[22], de Taziano[23], de Teófilo de Antioquía[24], de Ireneo[25], señalan este evangelio, mezclado desde entónces á todas las controversias y sirviendo de piedra angular al desarrollo del dogma. Ireneo es hombre grave, Ireneo procedia de la escuela de Juan, y entre él y el apóstol no habia sino Policarpo. No es ménos decisivo el papel que desempeña nuestro evangelio en el gnosticismo, en el sistema de Valentin[26] particularmente, en el montanismo[27] y en la querella de los cuartodecimanos[28]. La escuela de Juan es aquella cuya continuacion durante el siglo segundo se distingue mejor, y esa escuela no puede explicarse á ménos de no colocar el cuarto evangelio en su misma cuna. Añadamos que la primera epístola atribuida á San Juan es, á no dudarlo, del mismo autor que el cuarto evangelio[29], y que Policarpo[30], Papias[31] é Ireneo[32] reconocen esa epístola como de Juan.

Pero lo que por su naturaleza causa más impresion es, sobre todo, la lectura de la obra. El autor habla siempre como testigo ocular y se presenta como el apóstol Juan. Si esta obra no es verdaderamente del apóstol, menester es admitir una superchería que el autor se confesaba á sí mismo. Pues bien, aunque las ideas de aquel tiempo en materia de buena fe literaria se diferenciasen mucho de las nuestras, el mundo apostólico no ofrece ningun ejemplo de una falsedad de esa especie, y el autor, no sólo pretende pasar por el apóstol Juan, sino que se ve claramente que escribe en el interes de este apóstol. En cada página traspira la intencion de fortificar su autoridad, de poner de manifiesto que fué el preferido de Jesús[33], y que en la Cena, en el Calvario, en el sepulcro, en todas las circunstancias solemnes tuvo el primer rango entre los discípulos. Sus relaciones fraternales con Pedro, si bien no exentas de cierta rivalidad[34], y su ódio contra Júdas[35], ódio tal vez anterior á la traicion, parecen traslucirse de cuando en cuando. Casi está uno tentado por creer que habiendo Juan, ya anciano, leido los relatos evangélicos que circulaban, y notado en ellos diferentes inexactitudes[36], se resintió de ver el puesto secundario que se le concedia en la historia del Cristo, y que entónces, con la intencion de manifestar que en muchos casos en que no se habla sino de Pedro, habia figurado con él y ántes que él[37], empezó á dictar multitud de cosas que sabía mejor que los demás. Esos ligeros sentimientos de celos entre los hijos del Zebedeo y los otros discípulos se habian manifestado ya en vida de Jesús. Al morir su hermano Santiago, Juan quedó como único heredero de los recuerdos íntimos de que estos dos apóstoles eran depositarios, segun la confesion de todos. De ahí su perpétuo y especial cuidado en recordar que él es el último sobreviviente de los testigos oculares[38], y su placer en referir circunstancias que sólo él podia conocer. De ahí tambien esa infinita minuciosidad de pequeños detalles que parecen como escolios de un anotador: «Eran las seis», «era de noche»; «este hombre se llamaba Malchus»; «habian encendido un brasero porque hacia frio»; «esta túnica no tenía costura.» De ahí, en fin, el desórden de la redaccion, la irregularidad de la marcha, la falta de trabazon en los primeros capítulos; defectos que son otros tantos rasgos inexplicables en la suposicion de que nuestro evangelio no fuese sino una tésis teológica sin valor histórico, pero que, por el contrario, se comprenden perfectamente si, conforme á la tradicion, se toman por los recuerdos del anciano, de prodigiosa frescura algunas veces, otras desfigurados por extrañas alteraciones.

En efecto, en el evangelio de Juan debe hacerse una distincion capital. Este evangelio presenta por un lado una trama de la vida de Jesús que difiere esencialmente de la de los sinópticos. Por otro, pone en boca de Jesús discursos cuyas doctrinas, tono, corte y estilo, no tienen nada de comun con las Logia de los sinópticos. La diferencia es tal, bajo este segundo punto de vista, que no hay término medio y es preciso elegir de una manera absoluta. Si Jesús hablaba como dice Matheo, no pudo hablar como pretende Juan. Ningun crítico ha vacilado ni vacilará entre las dos autoridades. El evangelio de Juan, á mil leguas del tono sencillo, desinteresado, impersonal de los sinópticos, manifiesta sin cesar las preocupaciones del apologista, la segunda intencion del sectario, el propósito de probar una tésis y de convencer á sus contradictores[39]. No fué, por cierto, con tiradas pretenciosas, pesadas, mal escritas con lo que Jesús fundó su obra divina. Aunque Papias no nos dijese que Matheo escribió en su lengua original las sentencias de Jesús, la naturalidad, la inefable verdad, el encanto sin igual de los discursos sinópticos, el corte profundamente hebráico de esos discursos, las analogías que ofrecen con las sentencias de los doctores judíos de la misma época, su perfecta armonía con la naturaleza de Galilea; todos estos caractéres, comparados con la gnósis oscura y con la perfilada metafísica en que abundan los discursos de Juan, hablarian muy alto en favor de esta creencia. No quiere decir esto que en los discursos de Juan no haya admirables destellos y rasgos que verdaderamente emanan de Jesús[40]. Pero el tono místico de esos discursos en nada corresponde al carácter de elocuencia del profeta nazareno, tal como nos la figuramos al leer los sinópticos. Un nuevo espíritu se introduce, ya la gnósis ha principiado, la era galilea del reino de Dios ha concluido, aléjase la esperanza de la próxima venida del Cristo, y se entra ya en las arideces de la metafísica, en las tinieblas del dogma abstracto. El espíritu de Jesús no está ya aquí, y si verdaderamente fué el hijo del Zebedeo el que trazó esas páginas, ¡mucho habia olvidado, al escribirlas, el lago de Genesareth y las deliciosas pláticas que en sus márgenes escuchara!

Hay además una circunstancia que prueba perfectamente que los discursos trasmitidos por el cuarto evangelio no son piezas históricas, sino composiciones destinadas á escudar, con la autoridad de Jesús, ciertas doctrinas á las cuales se hallaba muy apegado el redactor; consiste esa circunstancia en la perfecta armonía de los tales discursos con el estado intelectual del Asia Menor en el momento en que fueron escritos. El Asia Menor era entónces el teatro de un extraño movimiento de filosofía sincrética, y ya existian allí todos los gérmenes del gnosticismo. Juan, parece haber bebido en aquel manantial extranjero. ¿Quién sabe si, despues de la crísis del año 68 (fecha del Apocalípsis) y del 70 (ruina de Jerusalen), habiendo perdido el alma ardiente y móvil del viejo apóstol la esperanza de una próxima aparicion en las nubes del Hijo del hombre, se inclinó hácia las ideas que surgian al rededor suyo, algunas de las cuales se amalgamaban bastante bien con ciertas doctrinas cristianas? Al prestar aquellas ideas á Jesús no hizo sino obedecer á una propension bien natural. Nuestros recuerdos se trasforman como todo lo demás;—el ideal de una persona que hemos conocido, cambia con nosotros[41]. Considerando Juan á Jesús como la encarnacion de la verdad, no podia ménos de atribuirle cuanto él mismo habia llegado á tener por verdadero.