Revue de théologie et de philosophie chrétienne, publiée sous la direction de M. Colani, de 1850 à 1857.—Nouvelle Revue de théologie, faisant suite à la précedente, depuis 1858.

Les Évangiles, par M. Gustave d’Eichthal. Première partie: Examen critique et comparatif des trois premiers évangiles.

Los que quieran tomarse el trabajo de consultar estos excelentes escritos, encontrarán en ellos la explicacion de multitud de puntos sobre los cuales he tenido que ser muy conciso. En lo que particularmente se refiere á los textos evangélicos, su crítica detallada ha sido hecha por Strauss de un modo que deja muy poco que desear. Y aunque Strauss se haya engañado en su teoría sobre la redaccion de los evangelios[1], y aunque su libro tenga, en mi opinion, el defecto de afirmarse en gran manera sobre el terreno teológico y muy poco sobre el de la historia[2], preciso es, para apreciar los motivos que me han guiado en una infinidad de detalles, seguir la discusion, siempre juiciosa, aunque algo sutil en ocasiones, de la obra que tan bien ha traducido mi sabio cofrade M. Littré.

En materia de testimonios antiguos creo no haber descuidado ninguna fuente de informaciones. Sin contar un sinnúmero de datos esparcidos acá y allá, cinco grandes colecciones de escritos nos quedan respecto á Jesús y al tiempo en que vivió:—1.ª los evangelios y en general los escritos del Nuevo Testamento; 2.ª las composiciones llamadas apócrifas del «Antiguo Testamento»; 3.ª las obras de Filon; 4.ª las de Josefo; 5.ª el Talmud. Los escritos de Filon tienen la inapreciable ventaja de mostrarnos las ideas que, en tiempo de Jesús, fermentaban en las almas ocupadas en las grandes cuestiones religiosas. Verdad es que Filon vivia en otra provincia del judaismo, diferente de la en que habitaba Jesús; pero tambien lo es que su carácter, como el del fundador del cristianismo, estaba muy por encima de las pequeñeces que reinaban en Jerusalen:—Filon es en este concepto el hermano mayor de Jesús. Sesenta y dos años tenía cuando el profeta de Nazareth se hallaba en el apogeo de su actividad, y le sobrevivió diez años, por lo ménos. ¡Lástima es que los azares de la vida no le llevasen á Galilea! ¡Cuánto no nos habria enseñado!

El estilo de Josefo, que particularmente escribia para los paganos, no tiene la misma sinceridad. Sus escasas noticias sobre Jesús, Juan Bautista y Júdas el Gaulonita, son áridas y sin color. Se conoce á primera vista que trata de presentar aquellos movimientos, cuyo carácter era tan profundamente judáico, bajo una forma inteligible para los griegos y romanos. Sin embargo, tengo por auténtico el pasaje que se refiere á Jesús, porque se halla en perfecta armonía con la índole de Josefo; al mencionar este historiador á Jesús no debió hacerlo de otro modo. No obstante, se conoce que una mano cristiana ha retocado el pasaje añadiéndole algunas palabras, sin las cuales habria sido casi blasfematorio[3], y suprimiéndole ó modificándole algunas expresiones[4]. Preciso es tener presente que Josefo debe su fama literaria á los cristianos, quienes adoptaron sus escritos como documentos esenciales á su historia sagrada. Probablemente se hizo de ellos en el siglo segundo una edicion corregida segun las ideas cristianas[5]. De todos modos, lo que constituye el inmenso interes de Josefo con relacion á nuestro asunto, es la viva luz que arroja sobre los personajes de aquel tiempo. Gracias á él, Heródes, Herodías, Antipas, Felipe, Anás, Caifás y Pilátos, son figuras históricas que aparecen de relieve á nuestra vista con maravillosa exactitud.

Los apócrifos del Antiguo Testamento, y en particular la parte judía de los versos sibilinos y el Libro de Henoch, tienen, unidos al Libro de Daniel, que tambien es un verdadero apócrifo, inmensa y capital importancia para la historia del desarrollo de las teorías mesiánicas y para la inteligencia de las concepciones de Jesús sobre el reino de Dios. El Libro de Henoch, muy conocido de las personas que rodeaban á Jesús[6], nos da, sobre todo, la clave de la expresion de «Hijo del Hombre» y de las ideas que á ella se refieren. Gracias á los trabajos de MM. Alexandre, Ewald, Dillmann y Reuss, la edad de estos diferentes libros está ya fuera de duda. Todo el mundo conviene en que la redaccion del más importante de entre ellos data de los siglos segundo y primero ántes de Jesucristo. La fecha del Libro de Daniel es más incierta. El carácter de las lenguas en que está escrito, el uso de palabras griegas, el anuncio claro, determinado, preciso de los acontecimientos que alcanzan hasta la época de Antíoco Epifáneo, las falsas imágenes que en él se trazan de la antigua Babilonia, el colorido general del libro, que en nada se parece á los escritos del cautiverio, y que, al contrario, se armoniza por una infinidad de analogías con las creencias, las costumbres y los giros de imaginacion de la época de los Seléucidas, el sabor apocalíptico de las visiones, el sitio del libro en el cánon hebreo fuera de la serie de los profetas, la omision de Daniel en los panegíricos del capítulo XLIX del Eclesiástico, donde se hallaba su rango como indicado, multitud de otras pruebas que han sido cien veces deducidas, todo, en fin, induce á creer que el Libro de Daniel fué producto de la grande exaltacion que la persecucion de Antíoco ocasionó entre los judíos. Así, pues, no debe clasificarse este libro entre la antigua literatura profética, sino más bien al frente de la literatura apocalíptica, como primer modelo de un género de composiciones entre las cuales debian figurar despues de él los diversos poemas sibilinos, el Libro de Henoch, el Apocalípsis de Juan, la Ascension de Isaías y el cuarto libro de Esdras.

Mucho se ha descuidado hasta hoy el Talmud al tratarse de la historia de los orígenes del cristianismo. Pero yo creo, con M. Geiger, que la verdadera nocion de las circunstancias en que se produjo su fundador, debe buscarse en esta rara compilacion, tan abundante de preciosas noticias, que se mezclan y confunden con la más trivial escolástica. Habiendo seguido la teología cristiana y la judáica dos caminos paralelos en el fondo, no puede comprenderse bien la historia de la una sin la de la otra. Por otra parte, innumerables detalles materiales de los evangelios tienen su comentario en el Talmud. Ya las compilaciones latinas de Lightfoot, de Schœttgen, de Buxtorf y de Otho contenian á este respecto multitud de noticias. Por mi parte, me he impuesto el deber de comprobar en el original cuantas citas he admitido, sin exceptuar una sola. Y la colaboracion que en esta parte de mi trabajo debo á M. Neubauer, sabio israelita muy versado en la literatura talmúdica, me ha permitido ir más léjos y aclarar las partes más delicadas de mi asunto con algunas nuevas comparaciones. Extendiéndose la redaccion del Talmud desde el año 200 hasta el 500, próximamente, la distincion de las épocas es aquí muy importante. Nosotros las hemos examinado con todo el discernimiento que permite el estado actual de esta clase de estudios. Entre algunas personas acostumbradas á no conceder valor á un documento sino por la época misma en que fué escrito, excitarán acaso algunos temores tan recientes fechas. Pero semejantes escrúpulos estarian aquí fuera de lugar. La enseñanza de los judíos desde la época asmonea hasta el siglo segundo fué oral principalmente, y no debe juzgarse de aquella especie de estado intelectual por las costumbres de un tiempo en que tanto se escribe. Los Vedas y las antiguas poesías árabes se conservaron en la memoria del pueblo durante siglos, y sin embargo, esas composiciones presentan una forma decisiva y muy delicada. Por el contrario, la forma no tiene en el Talmud ningun valor. Añadamos que ántes de la Mischna de Júdas el Santo, que hizo olvidar todas las otras, hubo ensayos de redaccion cuyos principios se remontan acaso mucho más allá de lo que comunmente se supone. El estilo del Talmud es el de los resúmenes compilativos: probablemente los redactores no hicieron sino clasificar, bajo ciertos títulos, el enorme fárrago de escrituras que por espacio de muchas generaciones se habian acumulado en las diferentes escuelas.

Réstanos hablar de los documentos que, presentándose como biografías del fundador del cristianismo, deben ocupar naturalmente el primer rango en una vida de Jesús. Un tratado completo sobre la redaccion de los evangelios tendria que formar una obra aparte. Merced á los hermosos trabajos de que ha sido objeto esta cuestion desde hace treinta años, el problema que otras veces parecia inabordable, ha llegado á una solucion que, si bien deja todavía paso á muchas incertidumbres, satisface al ménos plenamente las necesidades de la historia. Siendo la composicion de los evangelios uno de los hechos más importantes para el porvenir del cristianismo, de cuantos en la postrera mitad del primer siglo ocurrieron, ocasion tendrémos de volver á examinarla en nuestro segundo libro. Aquí no tratarémos esta especie sino bajo el punto de vista indispensable á la solidez de nuestro relato. Sólo buscarémos, dejando aparte cuanto pertenece al cuadro de los tiempos apostólicos, la medida en que deben emplearse los datos que los evangelios nos ofrecen en una historia trazada con arreglo á principios racionales[7].

Que los evangelios son en parte legendarios, es cosa evidente, puesto que en ellos abundan los milagros y lo sobrenatural; pero hay leyenda y leyenda. Nadie pone en duda, por ejemplo, los rasgos principales de la vida de Francisco de Asís, sin embargo de hallarse en ella lo sobrenatural muy frecuentemente. Por el contrario, ninguno da crédito á la «Vida de Apolonio de Tiana.» ¿Por qué?—Porque fué escrita mucho tiempo despues del héroe, y bajo las condiciones de pura novela. ¿En qué época, por qué manos y en qué circunstancias fueron escritos los evangelios? Hé aquí la cuestion capital de que depende el juicio que de su autenticidad debemos formarnos.

Sabido es que cada uno de los cuatro evangelios lleva al frente el nombre de un personaje conocido, bien en la historia apostólica, bien en la misma historia evangélica. Pero esos cuatro personajes no se nos han presentado rigurosamente como sus autores. Segun la más antigua opinion, las fórmulas «segun Matheo», «segun Márcos», «segun Lúcas», «segun Juan», no implican que estos relatos fuesen escritos de extremo á extremo por Juan, Lúcas, Márcos y Matheo[8]; esas fórmulas significan únicamente que se apoyan en las tradiciones que provienen de cada uno de aquellos apóstoles y que se escudan con su autoridad. Si esos títulos son exactos, claro es que los evangelios, sin que dejen de ser legendarios en parte, tienen sumo valor, puesto que nos llevan al medio siglo que siguió á la muerte de Jesús, y en dos de ellos, hasta á los testigos oculares de sus acciones.