Si las ideas del jóven maestro no hubiesen traspasado mucho ese nivel de mediana bondad, más arriba del cual no ha podido elevarse hasta hoy la especie humana, el paraíso habria sido en efecto trasportado á la tierra. La fraternidad de los hombres, hijos de Dios, y las consecuencias morales que de ella resultan, se deducian con exquisito sentimiento. Jesús, como todos los rabinos de su época, era poco aficionado á los razonamientos encadenados y encerraba su doctrina en aforismos concisos y de una forma expresiva, á veces rara y enigmática[206]. Algunas de aquellas máximas procedian de los libros del Antiguo Testamento; otras eran pensamientos de sabios más modernos, particularmente de Antígono de Soco, de Jesús, hijo de Sirach, y de Hillel; máximas que habian llegado hasta él, no á consecuencia de sabios estudios, sino como proverbios que circulaban entre el pueblo. La sinagoga era rica en máximas de muy feliz expresion, las cuales formaban una especie de literatura proverbial bastante conocida[207]. Jesús adoptó casi toda aquella enseñanza oral, pero animándola de un espíritu superior[208]. Encarecia de ordinario los deberes trazados por la Ley y por los antiguos, pero aspirando á perfeccionarlos. Todas las virtudes de humildad, de perdon, de caridad, de abnegacion, de rigidez para consigo mismo, virtudes que se han llamado con razon cristianas, si por ello se entiende que fueron predicadas por Cristo, se hallaban en gérmen en aquella enseñanza. Respecto á la justicia, Jesús se contentaba con repetir la máxima ya conocida: «Haced vosotros con los demás hombres todo lo que deseais que hagan ellos con vosotros»[209]. Pero esta máxima, todavía bastante egoista, no le bastaba. Pronto debia llegar hasta el exceso:
«Si alguno te hiriere en la mejilla derecha, vuélvele tambien la otra. Y al que quiera armarte pleito para quitarte la túnica, alárgale tambien la capa[210].
»Si tu ojo derecho es para tí una ocasion de pecar, sácale y arrójale fuera de tí[211].
»Amad á vuestros enemigos, haced bien á los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian[212].
»No juzgueis á los demás, si quereis no ser juzgados[213]. Perdonad, y seréis perdonados[214]. Sed pues misericordiosos, así como tambien vuestro Padre es misericordioso[215]. Mucho mayor dicha es el dar que el recibir[216].
»Quien se ensalzáre será humillado, y quien se humilláre será ensalzado»[217].
Respecto á la limosna, á la piedad, á las buenas obras, al amor de la paz y al completo desinteres del corazon, habia poco que añadir á la doctrina de la sinagoga[218]. Pero su acento, lleno de uncion, hacia nuevos, por decirlo así, los aforismos conocidos de muy antiguo. La moral no se compone de principios más ó ménos bien expresados. La poesía del precepto es lo que hace amarle, y entra por más que el precepto mismo considerado como verdad abstracta. Es innegable que aquellas máximas que Jesús tomaba de sus predecesores producen en el Evangelio distinto efecto que en la antigua Ley, en el Pirké Aboth ó en el Talmud. Ni el Talmud ni la antigua Ley han conquistado el mundo ni cambiado su faz. La moral evangélica, poco original por sí misma, si por ello se entiende que podria recomponerse toda entera con máximas mucho más antiguas, no deja de ser por eso la más elevada creacion que haya salido de la conciencia humana, el más hermoso código de la vida perfecta que haya trazado ningun moralista.
Jesús no hablaba contra la Ley mosáica, pero claramente se conoce que la encontraba insuficiente, y á cada paso dejaba traslucir su pensamiento. Repetia sin cesar que era preciso hacer más de lo que habian dicho los antiguos sabios[219]; prohibia la menor palabra áspera ó desabrida[220], así como el divorcio[221] y el juramento[222]; condenaba la pena del talion[223]; vituperaba la usura[224]; conceptuaba el deseo voluptuoso tan criminal como el adulterio[225], y recomendaba, en fin, el perdon universal de las injurias[226]. El motivo en que apoyaba estas máximas de elevada caridad, era siempre el mismo:
«Para que seais hijos de vuestro Padre celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos. Que si no amais sino á los que os aman, ¿qué premio habeis de tener? ¿no lo hacen así áun los publicanos? Y si no saludais á otros que á vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de particular? ¿por ventura no hacen esto tambien los paganos? Sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto»[227].
Un culto puro, una religion sin sacerdotes y sin prácticas exteriores, basándose toda ella en los sentimientos del corazon, en la imitacion de Dios[228] y en la comunicacion inmediata de la conciencia con el Padre celestial: tales eran las consecuencias de estos principios. Jesús no retrocedió nunca ante esas atrevidas deducciones que hacian de él un revolucionario de primer órden en el seno del judaismo. ¿Á qué fin establecer intermediarios entre el hombre y su Padre? ¿Á qué fin aquellas purificaciones, aquellas prácticas externas y del todo corporales[229]; siendo así que Dios no ve sino el corazon? La tradicion misma, tan respetable y santa para los judíos, es poca cosa comparada con el sentimiento puro[230]. La hipocresía de los fariseos, que al orar volvian la cabeza para ver si álguien los observaba, que daban sus limosnas ostensiblemente y que ponian en sus vestidos señales para que por ellas los reconociesen como personas piadosas, toda esa mojigatería de la falsa devocion indignaban á Jesús. «En verdad os digo que ya recibieron su recompensa,—decia;—mas tú, cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta, y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará[231].
»Asimismo cuando orais no habeis de ser como los hipócritas que de propósito se ponen á orar de pié en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres: en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto á tu Padre, y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará. En la oracion no afecteis hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oidos á fuerza de palabras; que bien sabe vuestro Padre lo que habeis menester, ántes de pedírselo»[232].
Jesús no afectaba ningun signo exterior de ascetismo, contentándose con orar, ó mejor dicho, con meditar en las montañas, ó en los lugares solitarios, en esos sitios adonde siempre ha ido el hombre á buscar á Dios[233]. Esa elevada nocion de la comunicacion entre el hombre y el Sér divino, de la cual muy pocas almas han sido capaces, áun despues de él, se resumia en la oracion que desde entónces enseñaba á sus discípulos[234]: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre; venga el tu reino. Hágase tu voluntad como en el cielo así tambien en la tierra. El pan nuestro de cada dia dánosle hoy. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos á nuestros deudores. Libranos del mal.» Insistia particularmente sobre el pensamiento de que el Padre celestial sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, y de que es casi hacerle una ofensa el pedirle tal ó cual cosa determinada[235].
En esto no hacia Jesús sino deducir las consecuencias de los grandes principios que el judaismo habia poseido y que las clases oficiales de la nacion tendian á desconocer más y más. Las plegarias de los griegos y de los romanos fueron casi siempre una palabrería llena de egoismo. Un alma pagana jamás habria dicho al creyente:
«Si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, allí te acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra tí; deja allí mismo tu ofrenda delante del altar y vé primero á reconciliarte con tu hermano, y despues volverás á presentar tu ofrenda»[236].