En la antigüedad, únicamente los profetas judíos, y en particular Isaías, por su antipatía contra el sacerdocio, entrevieron la verdadera naturaleza del culto que el hombre debe á Dios.

«¿De qué me sirve á mí la muchedumbre de vuestras víctimas? Ya me tienen fastidiado. Yo no gusto de los holocaustos de carneros, ni de la gordura de los pingües ni de la sangre de los becerros; abomino el incienso, porque vuestras manos tienen sangre. Lavaos, pues, purificaos, aprended á hacer bien, buscad lo que es justo, y entónces venid»[237].

En los últimos tiempos, algunos doctores, tales como Simeon el Justo[238], Jesús, hijo de Sirak[239], é Hillel[240], llegaron casi á la misma doctrina, declarando que la Ley debia compendiarse. En el mundo judeo-egipcio, Filon sustentaba al mismo tiempo que Jesús doctrinas de elevada moral, cuya consecuencia era el abandono de las prácticas legales[241]. Schemaia y Abtalion se mostraron asimismo en más de una ocasion libérrimos casuistas[242]. Rabbi Iohanan iba pronto á elevar las obras de misericordia sobre el estudio de la Ley[243]. Pero sólo Jesús pronunció esas humanitarias máximas de una manera eficaz. Ninguno ha sido tan poco aficionado como Jesús al sacerdocio ni más enemigo de las formas que ahogan la religion so pretexto de protegerla. Bajo el punto de vista de la sencillez de su doctrina, todos somos sus discípulos y continuadores; con ella puso la piedra fundamental de la religion verdadera, y, si la religion es la cosa más esencial de la humanidad, por ella mereció el rango divino que se le ha concedido. La idea de un culto fundado en la pureza del corazon y en la fraternidad humana, idea que Jesús trajo al mundo, era tan absolutamente nueva y de tal modo elevada, que la iglesia cristiana debia sobre este punto desconocer por completo sus intenciones: áun en nuestros dias, sólo algunas almas son capaces de adherirse á ella.

Un sentimiento exquisito de la naturaleza proporcionaba á Jesús á cada instante imágenes expresivas. Sus aforismos revelaban á veces notable finura y hasta eso que nosotros llamamos ingenio; otras, su forma viva se prestaba al oportuno empleo de proverbios populares. «¿Cómo dices á tu hermano: deja que te quite esa pajita del ojo, siendo así que tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! quita primero la viga de tu ojo, y entónces podrás sacar la mota del de tu hermano»[244].

Estas lecciones, contenidas largo tiempo en el corazon del jóven maestro, atraian ya á algunos iniciados. El espíritu del tiempo tendia marcadamente á la formacion de pequeñas iglesias: aquélla fué la época de los Esenios ó Terapeutas. Por todas partes aparecian rabinos, cada cual con diferente enseñanza, como Schemaia, Abtalion, Hillel, Schammai, Júdas el Gaulonita, Gamaliel y otros muchos cuyas máximas formaron el Talmud. Pero entónces se escribia poco; los doctores judíos de aquel tiempo no componian libros; todo se reducia á pláticas ó lecciones públicas, á las cuales se daba un giro sencillo á fin de que pudieran retenerse fácilmente en la memoria[245]. El dia en que el jóven carpintero de Nazareth principió á predicar aquellas máximas—conocidas ya en su mayor parte, pero que sin embargo debian regenerar el mundo—nadie lo tuvo por un acontecimiento. Fué un rabino de más dedicado á la enseñanza (pero ciertamente el más embelesador de todos), al rededor del cual se agrupaban algunos jóvenes deseosos de oirle y amantes de la novedad. La atencion de los hombres necesita para ser cautivada el auxilio del tiempo. Allí no habia todavía cristianos; sin embargo, el cristianismo estaba ya fundado y nunca fué tan perfecto como en aquel primer instante. Jesús no le añadirá ya nada que sea permanente. Al contrario, le comprometerá hasta cierto punto, porque toda idea llamada á tener éxito necesita de sacrificios; porque jamás se sale inmaculado de la lucha de la vida.

En efecto, no basta concebir el bien, es preciso popularizarlo, hacérselo admitir á los hombres, y para ello hay que poner la planta en vias ménos puras. Seguramente que el Evangelio sería más perfecto si se limitara á algunos capítulos de Matheo y de Lúcas, y se prestaria ménos á tantas objeciones; pero ¿habria, sin los milagros, conquistado el mundo? Si Jesús hubiera muerto en aquel momento de su carrera, no habria en la historia de su vida ciertas páginas que nos disgustan; pero, aunque más grande á los ojos de Dios, habria permanecido ignorado de los hombres:—su nombre se habria perdido entre la multitud de grandes almas desconocidas, que son casi siempre las mejores de todas; la verdad no habria sido promulgada, y el mundo no se habria aprovechado de la inmensa superioridad moral que su Padre le habia concedido. Jesús, hijo de Sirak, é Hillel, emitieron aforismos casi tan elevados como los de Jesús. Y sin embargo, Hillel no pasará jamás por ser el verdadero fundador del cristianismo. En la moral, así como en el arte, el hablar no conduce á nada; el obrar conduce á todo. La idea que se oculta bajo un cuadro de Rafael significa muy poco; el valor está en el cuadro. Lo mismo sucede en la moral; la verdad no tiene realce hasta que no pasa al estado de sentimiento y no adquiere todo su brillo sino cuando se realiza en el mundo como hecho. Hombres de mediana moralidad han escrito hermosas máximas; de igual manera ha habido hombres muy virtuosos que no han hecho nada por continuar en el mundo la tradicion de la virtud. El lauro pertenece, pues, al que ha sido poderoso en palabras y obras, al que, sintiendo el bien, le hizo triunfar sellándole con su sangre. Jesús no tiene rival bajo este doble punto de vista; su gloria permanece entera y será renovada constantemente.

CAPÍTULO VI

JUAN BAUTISTA — VIAJE DE JESÚS HÁCIA JUAN Y SU PERMANENCIA EN EL DESIERTO DE JUDEA — ADOPTA EL BAUTISMO DE JUAN

Por aquel tiempo apareció y se halló en relacion con Jesús un hombre extraordinario, cuya vida, á causa de la escasez de documentos, es para nosotros enigmática hasta cierto punto. Aquellas relaciones tendieron en un principio á separar al jóven profeta de Nazareth del camino que habia adoptado; pero tambien le sugirieron la idea de varios accesorios importantes de su institucion religiosa, y proporcionaron á sus discípulos gran autoridad para recomendar á su maestro á los ojos de cierta clase de judíos.

Hácia el año 28 de nuestra era (décimoquinto del reinado de Tiberio) se extendió por toda Palestina la reputacion de un tal Iohanan ó Juan, jóven asceta impetuoso y apasionado. Juan era de raza sacerdotal[246], y á lo que parece habia nacido en Jutta, cerca de Hebron, ó acaso en Hebron mismo[247]. Situada en las inmediaciones del desierto de Judea y á algunas horas del gran desierto de Arabia, Hebron era entónces la ciudad patriarcal por excelencia, y como hoy, uno de los baluartes del espíritu semítico en su más austera forma. Juan fué nazir desde su infancia, esto es, que habia hecho voto de someterse á ciertas abstinencias[248]. Desde muy temprano, el desierto, de que en cierto modo se hallaba rodeado, ejerció sobre él poderosa atraccion[249]. Vestido de pieles ó de telas groseras tejidas con pelos de camello, hacia allí la vida de un yogui de la India, alimentándose de langostas y de miel silvestre[250]. Cierto número de discípulos, agrupados en torno suyo, participaban de su género de vida y meditaban sus máximas severas. Si algunos rasgos particulares no hubiesen denunciado en aquel solitario al último descendiente de los grandes profetas de Israel, se habria uno creido trasportado á las orillas del Gánges.