Desde que la nacion judáica se puso á reflexionar con desesperado empeño sobre su futuro destino, la imaginacion del pueblo se complacia en evocar las figuras de los antiguos profetas. De todos los personajes del pasado, cuyo recuerdo venía, como las visiones de una noche agitada, á despertar y conmover al pueblo, el más grande era el profeta Elías. Aquel gigante de los profetas, que vivió entre las asperezas del monte Carmelo, teniendo por toda compañía la vecindad de las bestias feroces y habitando en las concavidades de las rocas, de donde salia como el rayo para hundir y levantar reyes, se habia convertido por una serie de trasformaciones sucesivas en una especie de sér sobrehumano, unas veces visible, otras invisible, á quien la muerte respetaba. Creíase generalmente que Elías iba á venir de nuevo á fin de restaurar á Israel[251]. La vida austera que habia hecho en el desierto, los recuerdos terribles que habia dejado, recuerdos, bajo cuya impresion vive todavía el Oriente[252]; aquella sombría imágen que áun en nuestros tiempos atemoriza; toda esa mitología, llena de venganza y de terrores, influia vivamente en los ánimos y marcaba con su sello todas las concepciones populares. Cualquiera que aspiraba á ejercer grande influencia sobre el pueblo debia imitar á Elías; y como la vida solitaria habia sido el rasgo característico de aquel profeta, habíase adquirido la costumbre de no considerar al «hombre de Dios» sino como un eremita. Creíase que todos los santos personajes habian tenido sus dias de penitencia, de vida agreste, de ásperas austeridades[253]. La permanencia en el desierto llegó á ser de este modo la condicion indispensable y el preludio de altos destinos.

Es indudable que esta idea de imitacion influyó muchísimo en Juan[254]. La vida anacorética, tan opuesta al antiguo espíritu judáico y con la cual nada tenian que ver los votos semejantes á los de los nazires y rechabitas, alcanzaba gran boga en Judea. Los Esenios ó Terapeutas se hallaban agrupados cerca del país de Juan, sobre las márgenes orientales del mar Muerto[255]. Imaginábase todo el mundo que los jefes de secta debian ser eremitas ó solitarios y tener sus reglas é institutos propios como los fundadores de órdenes religiosas. Los maestros de la juventud eran tambien en ocasiones una especie de anacoretas[256] bastante parecidos á los gurus del brahmanismo. ¿Se dejaba quizás sentir en esto la influencia más ó ménos remota de los munis de la India? ¿Habian llegado hasta Judea, como llegaron indudablemente á Siria ó Babilonia, algunos de aquellos vagabundos frailes budistas que recorrian la tierra en todas direcciones predicando con su exterior edificante y convirtiendo á personas que ni siquiera sabian su lengua, así como la recorrieron despues los primeros franciscanos? Se ignora por completo. Desde hacia algun tiempo, Babilonia habia llegado á ser un verdadero foco de budismo; Budasp (Bodhisattva) tenía reputacion de ser un sabio caldeo y se le consideraba como el fundador del sabismo. Y ¿qué era el sabismo en sí? Lo que indica su etimología[257]; el baptismo, es decir, la religion de los bautismos multiplicados, el orígen de la secta que todavía existe con el nombre de «cristianos de San Juan» ó mendaistas, y á los cuales llaman los árabes el-mogtasila, esto es, «los baptistas»[258]. No es empresa fácil desembrollar estas vagas analogías. Las sectas que en los primeros siglos de nuestra era[259] flotaban, allende el Jordan, entre el judaismo, el sabismo y el cristianismo, ofrecen á la crítica, á causa de la confusion de las noticias, el más singular é inextricable problema. De todos modos, puede admitirse que várias de las prácticas exteriores de Juan, de los Esenios[260], y de los preceptores espirituales judíos de aquella época, procedian de una influencia reciente del alto Oriente. La práctica fundamental que caracterizaba la secta de Juan, y que sin duda motivó su nombre, tuvo siempre su centro en la baja Caldea, constituyendo una religion que se ha perpetuado hasta nuestros dias.

Aquella práctica era el bautismo ó la inmersion total. Las abluciones estaban ya en uso entre los judíos como en todas las religiones de Oriente[261]. Los Esenios le habian dado una extension particular. El bautismo habia llegado á ser una ceremonia ordinaria al ingresar los prosélitos en el seno de la religion judía; una especie de iniciacion[262]. Sin embargo, ántes de nuestro Bautista no se habia dado á la inmersion aquella importancia ni aquella forma. Juan habia fijado el centro de su actividad en la parte del desierto de Judea próxima al mar Muerto[263]. En las épocas en que administraba el bautismo, se trasladaba á las márgenes del Jordan[264], cerca de Bethania ó Bethabara[265], sobre la orilla oriental (probablemente frente á Jericó), ó bien al sitio llamado Ænon ó «las Fuentes»[266], no léjos de Salim, donde el agua era mucho más abundante[267]. Considerable muchedumbre, en particular de la tribu de Judá, corria hácia aquel paraje para recibir el bautismo[268] de manos del anacoreta. Y tanto creció su fama, que en pocos meses llegó á ser uno de los hombres más influyentes de la Judea.

El pueblo le consideraba como un profeta[269], y várias personas se imaginaban que era Elías resucitado[270]. La creencia en tales resurrecciones era muy general[271]: creíase que Dios haria salir de sus sepulcros á varios de los antiguos profetas para que sirvieran de guía al pueblo de Israel y le condujeran hácia su destino. Otros tomaban á Juan por el Mesías mismo, sin embargo de que él no manifestó nunca semejante pretension[272]. Los sacerdotes y los escribas, opuestos á aquel renacimiento de profetismo, y siempre enemigos de las almas entusiastas, despreciaban al rígido eremita. Pero la popularidad del Bautista les imponia respeto y no se atrevian á hablar en contra de él[273], lo cual era una victoria que el sentimiento de la muchedumbre alcanzaba sobre la aristocracia sacerdotal. Cuando se obligaba á los jefes de los sacerdotes á que se explicáran claramente sobre este punto, no sabian cómo hacerlo[274].

Pero el bautismo no era para Juan sino un signo destinado á causar impresion y á preparar los ánimos á algun gran movimiento. Es indudable que abrigaba en alto grado las esperanzas mesiánicas y que su accion principal se dirigia en este sentido. «Haced penitencia, exclamaba, porque se aproxima el reino de Dios»[275]. Anunciaba tambien una «cólera suprema», esto es, terribles catástrofes que habrian de realizarse[276], y declaraba que el hacha amenazaba ya la raíz del árbol, el cual no tardaria en ser arrojado al fuego. Juan representaba á su Mesías con una criba en la mano recogiendo el buen grano y arrojando la paja á las llamas. Para el Bautista, la penitencia, cuya forma consistia en el bautismo, la limosna y la enmienda de las costumbres[277], eran los grandes medios de prepararse á los acontecimientos que se hallaban próximos. No se sabe exactamente de qué manera comprendia él esos acontecimientos; pero está fuera de duda que predicaba con grande energía contra los mismos adversarios de Jesús, tales como los fariseos, los sacerdotes ricos, los doctores, en una palabra, contra el judaismo oficial; y que, así como á Jesús, le acogian favorablemente las clases menospreciadas[278]. El anacoreta de Judea daba poquísima importancia al título de hijo de Abraham, y decia que Dios podia convertir en hijos de Abraham los guijarros del camino[279]. La grande idea de una religion pura, idea que fué el triunfo de Jesús, no parece haberla poseido ni áun en gérmen; pero sustituyendo el rito privado á las ceremonias legales rodeadas de sacerdotes, sirvió de poderoso auxiliar á aquella idea, así como los Flagelantes de la edad media, arrebatando el monopolio de los sacramentos y de la absolucion al clero oficial, sirvieron de precursores á la Reforma. El tono general de los sermones del Bautista era severo y áspero. Las expresiones que usaba contra sus adversarios tenian, á lo que parece, el sello de extremada violencia[280]. Sus discursos eran una ruda y contínua invectiva. Probablemente no permaneció ajeno á la política; Josefo, que sin duda tuvo de él ámplias noticias por medio de su maestro Banú, lo deja traslucir á medias palabras[281], y así lo hace tambien suponer la catástrofe que puso fin á sus dias. Sus discípulos hacian una vida muy austera[282], ayunaban frecuentemente y afectaban un aire triste y receloso. Vése por momentos asomar en aquel grupo la idea de la comunidad de bienes y la de que el rico debe repartir lo que posee[283]. El pobre aparece ya figurando en primera línea entre los que el reino de Dios debe colmar de beneficios.

Aunque la Judea era el centro de accion de Juan, la fama de su nombre llegó pronto á oidos de Jesús, el cual habia ya formado en torno suyo un pequeño círculo de oyentes, atraidos por sus primeros discursos. Jesús, no gozando todavía de mucha autoridad, y aguijado, sin duda, por el deseo de ver á un maestro cuya enseñanza tenía tantos puntos de contacto con sus propias ideas, salió de Galilea con su reducida escuela y se dirigió hácia Juan[284]. Los recien llegados se hicieron bautizar, como todo el mundo. Juan acogió bastante bien á aquel enjambre de discípulos galileos y no le pesó que formasen en distintas filas que los suyos. Los dos maestros eran jóvenes, y entre ellos habia muchas ideas comunes; así es que no tardaron en amarse, dándose públicamente repetidas muestras de deferencia y aprecio recíprocos. Semejante hecho sorprende á primera vista, y casi está uno por negarle, si se tiene en cuenta el carácter de Juan. La humildad no fué nunca en el pueblo judío el rasgo característico de las almas fuertes, y parece más probable que aquella voluntad de bronce, aquella especie de Lamennais siempre irritado, fuese en extremo colérico, y no sufriese ni rivalidad ni semi-adhesion. Pero esta manera de concebir las cosas estriba en la falsa idea que se tiene respecto á Juan. Ordinariamente nos le representamos como un anciano, cuando, por el contrario, era de la misma edad de Jesús[285] y muy jóven, segun las ideas de la época. En el órden espiritual, no fué el padre de Jesús, sino más bien su hermano. Esto supuesto, ¿qué tiene de particular que siendo los dos jóvenes entusiastas, y abrigando las mismas esperanzas, hicieran causa comun y se apoyaran recíprocamente? Un maestro encanecido en la enseñanza de su doctrina se habria indudablemente indignado al ver que un jóven sin celebridad se llegaba á él con pretensiones de independencia: no hay ejemplo de que un jefe de escuela acoja con oficiosidad y cariño al que ha de sucederle. Pero la juventud es capaz de todas las abnegaciones, y se comprende que Juan, reconociendo en Jesús un espíritu semejante al suyo, le acogiera sin ninguna prevencion. Aquellas buenas relaciones sirvieron despues á los evangelistas de punto de partida para desarrollar todo un sistema que consistió en dar por primera base á la mision divina de Jesús el testimonio de Juan. Tal era el grado de autoridad que supo conquistar el Bautista, que ninguna garantía pareció tan eficaz y á propósito como la suya. Pero el anacoreta de Judea estuvo muy léjos de abdicar ante Jesús; por el contrario, miéntras permaneció junto á él, Jesús le reconoció como superior y no desarrolló su propio genio sino muy tímidamente.

En efecto, no obstante su profunda originalidad, Jesús parece haber sido el imitador de Juan, al ménos durante algunas semanas. Su vida era todavía oscura en comparacion de la del Bautista. Además, en el curso de su carrera, Jesús no dejó de plegarse muchas veces á la corriente de la opinion, admitiendo algunas cosas que no entraban en sus proyectos, sólo porque eran populares; pero esos accesorios no perjudicaron nunca á su idea principal, y estuvieron siempre subordinados á ella. Gracias á Juan, el bautismo habia llegado á obtener gran boga; Jesús se creyó obligado á adoptarle; él y sus discípulos bautizaron tambien desde entónces[286], y sin duda acompañaban el bautismo de predicaciones parecidas á las de Juan. Así es que las orillas del Jordan se cubrieron por doquiera de Baptistas, cuyos discursos alcanzaban más ó ménos éxito. No tardó el discípulo en igualar al maestro, siendo muy solicitado su bautismo. Un sentimiento de rivalidad ó de celos se despertó entónces entre los partidarios del anacoreta de Judea y del profeta de Nazareth[287]; los discípulos de Juan se le quejaron del éxito creciente del jóven galileo, cuyo bautismo iba muy pronto, segun decian, á oscurecer el suyo; pero semejantes pequeñeces no ejercieron ninguna influencia en el ánimo de los dos maestros. Por otra parte, la superioridad de Juan era demasiado incontestable á los ojos de Jesús, apénas conocido, para que tratase de combatirla. Deseaba únicamente crecer á su sombra, y á fin de ganar terreno entre la muchedumbre, se creia obligado á emplear los medios exteriores que dieron á Juan tan asombrosa fama. Cuando, despues de la prision del Baptista, volvió Jesús á reanudar sus predicaciones, las primeras palabras que se le atribuyen no son sino la repeticion de una de las frases que tan familiares eran á aquél[288]. Otras muchas expresiones de Juan se encuentran textualmente en sus discursos[289]. Á lo que parece, las dos escuelas vivieron en buena inteligencia durante mucho tiempo[290], y al ocurrir la muerte de Juan, Jesús, como hermano confidente, fué uno de los primeros á quienes se notició aquel acontecimiento[291].

Juan fué bien pronto detenido en su carrera profética. De igual modo que los antiguos profetas judíos, dirigió frecuentemente filípicas terribles contra los poderes establecidos[292]. La vivacidad y acritud de sus palabras á este respecto, no podia ménos de ocasionarle graves inconvenientes. En Judea, Juan no parece haber sido molestado por el procurador Pilato; pero la Perea, al otro lado del Jordan, confinaba con el territorio de Antipas, y el gérmen político que ocultaban las predicaciones de Juan inquietó á aquel tirano. Las grandes reuniones de hombres que el entusiasmo religioso y patriótico formaba al rededor del Bautista tenian algo de sospechoso. Un agravio personal vino á añadirse á aquellas razones de estado, haciendo inevitable la pérdida del austero censor.

Entre los caractéres más fuertemente acentuados de aquella trágica familia de los Heródes, uno de ellos era Herodías, nieta de Heródes el Grande. Violenta, ambiciosa y apasionada, Herodías aborrecia el judaismo y despreciaba sus leyes. Habíase casado, probablemente contra su voluntad, con su tio Heródes, hijo de Mariamno[293], á quien Heródes el Grande habia desheredado[294] y el cual no desempeñó nunca ningun papel público. La posicion humilde de su marido, respecto á los otros miembros de la familia, era para ella motivo de profundo disgusto; Herodías queria ser soberana á todo trance[295], é hizo de Antipas el instrumento de su ambicion. Hallándose perdidamente enamorado de ella, aquel hombre débil y sin carácter la prometió tomarla por esposa, despues de repudiar á su primera mujer, la hija de Hareth, rey de Petra y emir de las tribus fronterizas de la Perea. La princesa árabe llegó á tener noticia del proyecto y determinó huir: disimulando su designio, fingió un viaje á Machero, punto situado en las tierras de su padre, y se hizo acompañar por los oficiales de Antipas[296].

Makor ó Machero era una fortaleza colosal, construida por Alejandro Janeo, y restaurada despues por Heródes, la cual se alzaba en uno de los sitios más escarpados de cuantos existen en la parte oriental del mar Muerto[297]. Era aquél un país áspero, salvaje, poblado de extravagantes leyendas y, segun la creencia general, frecuentado por los demonios[298]. La fortaleza estaba justamente en el límite de los estados de Hareth y de Antipas, y en aquel momento se hallaba en posesion del primero[299]. Advertido Hareth, habia preparado cuanto era indispensable á la fuga de su hija, la cual fué, de tribu en tribu, conducida hasta Petra.