Entre aquella muchedumbre amiga, Jesús tenía indudablemente sus preferencias, y hasta cierto punto, su círculo de elegidos. Los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, parecen haber formado parte de los últimos. Ambos eran vehementes y apasionados en extremo. Á causa de su impetuosidad y de su celo excesivo, Jesús les aplicaba con mucho ingenio el sobrenombre de «hijos del trueno», significándoles que harian uso de los rayos si los tuvieran á su disposicion[398]. Al parecer, Juan tenía con Jesús cierta familiaridad que los otros no alcanzaron. Pero muy posible es que este discípulo, que escribió despues sus recuerdos de una manera que deja conocer demasiado el interes personal, exagerase el cariño que el maestro le profesaba[399]. De todos modos, se comprende por la lectura de los evangelios sinópticos, que Simon Barjona ó Pedro, Santiago, hijo del Zebedeo, y su hermano Juan, formaban una especie de comité ó círculo íntimo, al cual se dirigia Jesús en ciertas ocasiones en que dudaba de la fe y de la inteligencia de los demás[400]. Por otra parte, se ve que los tres se hallaban asociados en sus pesquerías[401]. La afeccion que Pedro inspiraba á Jesús era profunda: su carácter sincero, recto, decidido, franco y leal, gustaba mucho al maestro, á quien hacian sonreir á veces sus movimientos irreflexivos. Pedro, poco místico de suyo, le comunicaba sus dudas y sus debilidades humanas[402] con una ingenuidad y una honrada franqueza que recuerdan las de Joinville respecto á San Luis. Jesús le reprendia amistosamente, probándole con aquellas afectuosas reprensiones su aprecio y su confianza. En cuanto á Juan, su juventud[403], la ternura exquisita de su corazon[404] y lo vivo de su inteligencia[405] debian tener mucho atractivo. La personalidad de aquel hombre extraordinario, que tan vigoroso giro imprimió al cristianismo naciente, no se desarrolló sino en edad más avanzada. Era ya viejo cuando escribió respecto á su maestro ese evangelio rarísimo[406] que tan preciosas noticias contiene, pero en el cual, á nuestro juicio, se halla falseado el carácter de Jesús con harta frecuencia. La naturaleza de Juan era demasiado impetuosa y profunda para que pudiera amoldarse al tono impersonal de los primeros evangelistas. De ahí el que hiciese una biografía de Jesús como la que Platon hizo de Sócrates. Acostumbrado á remover sus recuerdos con la agitacion febril de un alma exaltada, trasformó á su maestro al querer pintarle, y su relato (á ménos que no le hayan alterado manos extrañas) permite á veces sospechar que en la composicion de tan singular escrito no siempre sirvió de norma al cronista una completa buena fe.

En la secta naciente no habia ningun grado jerárquico propiamente dicho: todos debian llamarse «hermanos», y Jesús prohibia de un modo absoluto los títulos de superioridad, tales como rabbí, «maestro», «padre», en razon á que él era el único maestro, y Dios el único padre. El mayor debia ser el más humilde y servir á los demás[407]. Sin embargo, Simon Barjona se distingue entre sus iguales por un grado de particular importancia. Jesús habitaba en su domicilio, enseñaba en su barca[408], y la casa de Simon era el centro de las predicaciones evangélicas. El público le consideraba como el jefe del grupo, y á él era á quien se dirigian los recaudadores del tributo en reclamacion de los derechos que debia la comunidad[409]. Simon fué el primero que reconoció á Jesús como al Mesías[410]. Preguntando Jesús á sus discípulos en un momento de impopularidad: «¿Quereis tambien vosotros retiraros?» Simon le respondió: «Señor, ¿á quién iriamos? tú tienes palabras de vida eterna»[411]. En diferentes ocasiones Jesús le confirió cierta supremacía[412] en su iglesia, y le dió el sobrenombre siriaco de Kepha (piedra), como significándole que de él hacia la piedra angular del edificio[413]. Tambien parece prometerle «las llaves del reino de los cielos» y concederle el derecho de pronunciar sobre la tierra decisiones que serían ratificadas en la eternidad[414].

La supremacía de Pedro excitó sin duda algunos celos entre sus compañeros, celos que se aumentaban con la perspectiva de aquel reino de Dios en que los discípulos habrian de sentarse en los tronos, á derecha ó á izquierda del maestro, para juzgar á las doce tribus de Israel[415]. Preguntábanse quién de entre ellos se hallaria entónces más cerca del Hijo del hombre, siendo hasta cierto punto como su primer ministro ó su asesor. Los dos hijos del Zebedeo aspiraban á ese rango, y preocupados por tal pensamiento, recurrieron al influjo de su madre Salomé, la cual llamó un dia aparte á Jesús y solicitó de él que otorgase á sus hijos los dos puestos de honor[416]. Jesús esquivó la demanda repitiendo su principio habitual de que el que se exalta será humillado y que el reino de los cielos pertenecerá á los pequeños. La noticia de semejante peticion ocasionó algunos rumores en la comunidad y produjo gran descontento contra Juan y Santiago[417]. La misma rivalidad se trasluce en el evangelio de Juan;—el cronista declara á cada paso que él fué el «discípulo querido», á quien el maestro confió su madre al morir, y trata sistemáticamente de colocarse al nivel de Simon Pedro (y con frecuencia ántes que él) á propósito de circunstancias importantes en que los evangelistas más antiguos ni siquiera citan su nombre[418].

Todos los personajes que acabamos de enumerar, ó al ménos aquellos de cuya vida se sabe algo, habian principiado por ser pescadores. Ninguno de ellos pertenecia á una clase elevada de la sociedad. Únicamente Matheo, ó Leví, hijo de Alpheo[419], habia sido publicano. Pero aquellos á quienes en Judea se designaba con ese nombre, no eran los recaudadores generales, personas de rango elevado (y siempre caballeros romanos) que á orillas del Tíber llamaban publicani[420]; sino agentes de esos arrendadores generales, empleados de baja estofa, simples cobradores subalternos. En el gran camino de Acre á Damasco, uno de los más antiguos del mundo, que atravesaba la Galilea costeando el lago[421], habia considerable número de esa especie de cobradores. Capharnahum, que quizás se hallaba situada sobre la via, contaba tambien un numeroso personal[422]. Semejante profesion no encontró nunca grandes simpatías en ningun país del mundo; pero los judíos la miraban con particular ojeriza y tenian por criminales á los que la ejercian. El impuesto, cosa nueva para ellos, era el signo de su vasallaje; la escuela de Júdas el Gaulonita sostenia que abonarle era cometer un acto de paganismo. Así es que todos los celosos conservadores de la ley aborrecian de muerte á los aduaneros. Su nombre iba siempre asociado al de los asesinos, ladrones y gentes de mala vida[423]. Los judíos que tales funciones aceptaban eran excomulgados y quedaban inhábiles para testar; considerábase su caja como maldita de Dios, y los casuistas prohibian al público el que fuese á ella á cambiar dinero[424]. Desterrados aquellos infelices del seno de la sociedad, tenian que formar una sociedad aparte reuniéndose entre sí. Jesús aceptó una comida que le ofreció Leví, en la cual habia, segun el lenguaje de la época, «muchos aduaneros y pecadores»; el hecho produjo gran escándalo[425]. La reputacion de aquellas casas era malísima, y el que á ellas iba se arriesgaba á no encontrar muy buena compañía. Pero frecuentemente verémos á Jesús cuidándose muy poco de las preocupaciones que abrigaban las personas que se tenian por juiciosas, tratando de ensalzar las clases humilladas por los ortodoxos, y exponiéndose por ello á las amargas reconvenciones de los devotos.

Jesús debia aquellas numerosas conquistas al atractivo irresistible de su persona y de su palabra. Una frase conmovedora, una mirada dirigida al fondo de alguna sencilla conciencia, dispuesta á entreabrirse al soplo de la verdad, le bastaban para captarse un ardiente discípulo. Jesús se valia en ocasiones de un artificio inocente que tambien empleó Juana de Arco:—aparentaba saber algun secreto íntimo respecto á la persona que deseaba atraer hácia sí, ó bien le recordaba alguna circunstancia querida, propia á conmover su corazon. Así fué como enterneció y se atrajo á Nathanael[426], á Pedro[427], á la Samaritana[428]. Disimulando la verdadera causa de su fuerza, esto es, su gigantesca superioridad sobre los demás, y á fin de satisfacer las ideas de la época, ideas que por otra parte eran tambien las suyas, dejaba creer que una revelacion de lo alto le descubria los secretos y le permitia leer en los corazones. Nadie dudaba que viviese en una esfera superior á la de la humanidad. Decíase que en la cumbre de las montañas conversaba con Moisés y con Elías[429], y se creia que en sus momentos de soledad bajaban los ángeles á rendirle homenaje y á establecer un comercio sobrenatural entre el cielo y él[430].

CAPÍTULO X

PREDICACION DEL LAGO

Tal era el grupo que rodeaba á Jesús en las márgenes del lago de Tiberiade. La aristocracia estaba representada por un aduanero ó cobrador y por la mujer de un intendente;—el resto se componia de pescadores y de gentes sencillas. Todos eran ignorantes en extremo, débiles de espíritu y todos creian en los espectros y en las apariciones[431]. En aquel primer cenáculo no habia penetrado ni un solo elemento de cultura helénica, y áun la instruccion judáica era en él bastante escasa; pero en cambio abundaban el sentimiento y la buena voluntad. El hermoso clima de Galilea convertia la existencia de aquellos honrados pescadores en delicioso y perpétuo encanto. Sencillos, buenos, dichosos, blandamente mecidos por las cristalinas olas de un mar en miniatura, ó bien arrullados por su oleaje miéntras dormian sobre el césped de sus risueños bordes, aquellas familias de pescadores preludiaban á no dudarlo el reino de Dios. Difícil es figurarse la embriaguez de una vida que de ese modo se desliza á la faz del cielo, el robusto y dulce entusiasmo que infunde en el alma el contínuo contacto con la naturaleza, y los sueños de aquellas noches pasadas bajo la inmensidad de la azulada bóveda al trémulo fulgor de las estrellas. En una noche semejante fué cuando Jacob, apoyada la cabeza sobre una piedra, leyó en los astros la promesa de una posteridad innumerable y vió la escala misteriosa por la cual iban y venian los Elohim del cielo á la tierra. En la época de Jesús, el cielo continuaba abierto y la tierra no se habia enfriado. Las nubes se entreabrian aún sobre el hijo del hombre, y los ángeles subian y bajaban, sirviéndole de mensajeros[432]; las visiones del reino de Dios se hallaban en todas partes, puesto que el hombre las abrigaba en su propio corazon. La mirada tranquila y dulce de aquellas almas sencillas contemplaba al universo en su orígen ideal; quizás el mundo descubria sus misterios á la conciencia divinamente lúcida de aquellos seres dichosos, cuya pureza de corazon les mereció un dia ver á Dios.

Jesús vivia casi siempre al aire libre rodeado de sus discípulos. Unas veces subia á una barca y desde allí predicaba á la muchedumbre estacionada en la orilla del lago[433]; otras, tomaba asiento sobre las montañas de la ribera, allí donde el aire es tan puro y tan luminoso el horizonte. El grupo de fieles adeptos iba de este modo, alegre y vagabundo, recogiendo en sus primeros gérmenes las inspiraciones del maestro. Si por casualidad surgia alguna ingenua duda, alguna pregunta inocentemente escéptica, una sonrisa ó una mirada de Jesús bastaban para desvanecer la objecion. Á cada momento creian notar las señales del reino de Dios; en el paso de una nube, en la germinacion de un grano, en la madurez de una espiga, en la cosa más insignificante: imaginábanse que se hallaban en vísperas de ver á Dios, de ser los dueños del mundo, y las lágrimas se cambiaban en gozo. Aquello era el advenimiento á la tierra del consuelo universal:

«Bienaventurados,—decia el maestro,—los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

»Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

»Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

»Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

»Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

»Bienaventurados los que tienen puro su corazon, porque ellos verán á Dios.

»Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

»Bienaventurados los que padecen persecucion por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»[434].