El orgullo de los judíos acababa de descontentar á Jesús y de hacerle penosa la permanencia en Jerusalen. Á medida que las grandes ideas de Israel se fortalecian, el sacerdocio se humillaba. La institucion de las sinagogas dió al intérprete de la Ley, al doctor, una grande superioridad sobre el sacerdote. No existian sacerdotes sino en Jerusalen, y áun allí mismo, limitados á las funciones simplemente rituales, casi como nuestros sacerdotes de parroquia, excluidos de la predicacion, estaban pospuestos al orador de la sinagoga, al casuista, al sofer ó escriba, por más lego que fuese este último. Los hombres célebres del Talmud no son sacerdotes; son sabios segun las ideas del tiempo. El alto sacerdocio de Jerusalen gozaba, en verdad, de un rango muy elevado en la nacion, pero no estaba en manera alguna á la cabeza del movimiento religioso. El sumo pontífice, cuya autoridad habia sido ya deshonrada por Heródes[555], se convertia cada vez más en un funcionario romano[556], que se mudaba frecuentemente para que muchos se aprovechasen del empleo. En contraposicion de los fariseos, celosos seglares muy exaltados, casi todos los sacerdotes eran saduceos, es decir, miembros de aquella aristocracia incrédula que se formó al rededor del templo, viviendo del altar y teniendo en él su vanidad[557]. La casta sacerdotal se habia separado hasta tal punto del sentimiento nacional y de la gran direccion religiosa que conducia al pueblo, que el nombre de «saduceo» (sadoki), que designaba de antemano solamente á un miembro de la familia sacerdotal de Sadok, vino á ser sinónimo de «materialista» y de «epicúreo».

Pero aún vino un elemento peor, despues del reinado de Heródes el Grande, á corromper el alto sacerdocio. Habiéndose Heródes enamorado de Mariana, hija de un tal Simon, hijo éste de Boethus de Alejandría, y habiendo querido casarse con ella (hácia el año 28 ántes de J. C.), no encontró otro medio para ennoblecer al padre de su futura y elevarle hasta él, que hacerle gran sacerdote. Aquella intrigante familia permaneció dueña del soberano pontificado durante treinta y cinco años, casi sin interrupcion[558]. Estrechamente ligada á la familia reinante, no se separó de él sino despues que fué depuesto Arquelao, volviéndose á apoderar del pontificado (el año 42 de nuestra era) despues que Heródes Agrippa rehizo por algun tiempo la obra de Heródes el Grande. Bajo el nombre de Boethusim[559], se formó así una nueva nobleza sacerdotal, muy mundana, muy poco devota, que casi se confundió con los Sadokitas. Los Boethusim, en el Talmud y en los escritos rabínicos, están presentados como dos especies de incrédulos, y siempre cerca de los saduceos[560]. De todo esto resultó al rededor del templo una especie de córte de Roma, viviendo de la política, poco dada á los excesos de celo, áun esquivándolos, no queriendo oir hablar de personajes santos, de innovadores, porque se aprovechaba de la rutina establecida. Estos sacerdotes epicúreos no tenian la violencia de los fariseos; sólo querian el reposo: su frivolidad moral y su fria irreligion hacian sublevarse á Jesús; y aunque diferentes en sí, le eran de igual modo antipáticos. Pero extranjero y sin crédito, debia guardar para sí, durante bastante tiempo, su disgusto y no comunicar sus sentimientos sino á la sociedad íntima que le acompañaba. Ántes de la última residencia, más larga con mucho que todas las que permaneció en Jerusalen, y que terminó por su muerte, Jesús ensayó, no obstante, hacerse escuchar. Predicó; se habló de él; se ocuparon de ciertos actos que consideraban como milagrosos. Pero de todo esto no resultó ni el establecimiento de una iglesia en Jerusalen, ni un número de discípulos hierosolimitanos. El elocuente doctor que perdonaba á todos con tal que le amasen, no debia encontrar eco en un santuario de disputas vanas y de sacrificios arraigados. Sólo consiguió con esto algunas buenas relaciones, de las que más tarde recogió el fruto. No es de suponer que entónces trabase conocimiento con la familia de Bethania que le prodigó, en medio de las pruebas de sus últimos meses, tantos consuelos. Pero desde el principio llamó la atencion de un tal Nicodemo, rico fariseo, miembro del sanedrin, y muy considerado en Jerusalen[561]. Ese hombre, que parecia honrado y de buena fe, se sintió arrastrado hácia el jóven galileo. No queriendo comprometerse, fué á verle de noche y tuvo con él una larga conferencia[562]. De ella guardó, sin duda, una favorable impresion, porque más tarde defendió á Jesús contra las prevenciones de sus cofrades[563], y, á la muerte de Jesús, volvemos á hallarle prodigando piadosos cuidados al cadáver del maestro[564]. Nicodemo no se hizo cristiano; creyó que su posicion se lo impedia en un momento revolucionario, en que la religion no contaba aún prosélitos ilustres. Pero evidentemente prodigó gran amistad á Jesús dispensándole servicios, aunque sin poder arrancarle á una muerte cuyo decreto, á la época en que llegamos, estaba como escrito.

En cuanto á los doctores célebres de su tiempo, no parece que Jesús tuviera relaciones con ellos. Hillel y Schammai habian muerto: la mayor autoridad de la época era Gamaliel, nieto de Hillel, inteligencia clara y hombre de mundo, dedicado á los estudios profanos, y acostumbrado á la tolerancia por su comercio con la alta sociedad[565]. Al reves de los fariseos, muy severos, que caminaban envueltos en un velo ó con los ojos cerrados, él miraba á las mujeres, sin exceptuar á las paganas[566]. La tradicion le excusó, así como haber sabido el griego, porque le acercaba á la córte. Despues de la muerte de Jesús manifestó sobre la nueva secta miras muy templadas[567]. San Pablo salió de su escuela[568]. Pero es muy probable que Jesús jamás entró en ella.

Un pensamiento al ménos que Jesús sacó de Jerusalen, y que desde entónces parecia arraigarse en él, fué que no habia pacto posible con el antiguo culto judío; la abolicion de los sacrificios, que le causaron tanto disgusto; la supresion de un sacerdocio impío y altanero, y hasta cierto punto la abrogacion de la ley, le parecieron de absoluta necesidad.

Á partir de ese momento, se coloca, no como reformador judío, sino como destructor del judaismo. Algunos partidarios de las ideas mesiánicas habian admitido ya que el Mesías sería el portador de una nueva Ley, comun á toda la tierra[569]. Los Esenios, que apénas eran judíos, parecian ser tambien indiferentes al templo y á las observancias mosáicas. Pero sólo eran atrevimientos aislados y no consentidos. Jesús fué el primero que se atrevió á decir que á partir de él, ó mejor á partir de Juan[570], la Ley no existia ya. Si alguna vez empleaba términos más discretos[571], era por no chocar abiertamente con las preocupaciones admitidas. Cuando le ponian en el disparador, descorria todos los velos y declaraba que la Ley no tenía ninguna fuerza. Á propósito de esto, se valia de enérgicas comparaciones: «Nadie á un vestido viejo echa un remiendo de paño nuevo; tampoco echa nadie vino nuevo en cueros viejos»[572].

Hé ahí en la práctica, su acto de maestro y de creador. Aquel templo excluyó de su seno los no judíos por medio de carteles afrentosos. Jesús rechaza el templo. Aquella Ley estrecha, dura, sin caridad, no se hizo sino para los hijos de Abraham. Jesús pretende que todo hombre de buena voluntad, todo hombre que le acoja y le ame es hijo de Abraham[573]. El orgullo de la sangre le parecia el enemigo capital que debia combatir. Jesús, en otros términos, no es ya un judío. Es revolucionario al más alto grado; llama á todos los hombres á un culto fundado sobre su sola cualidad de hijos de Dios. Proclama los derechos del hombre, no los derechos del judío; la religion del hombre, no la religion del judío; la salvacion del hombre, no la salvacion del judío[574]. ¡Ah, cuán léjos estamos de un Júdas Gaulonita, de un Matías Margaloth, predicando la revolucion en nombre de la Ley! La religion de la humanidad, establecida, no sobre la sangre, sino sobre el corazon, queda fundada. Se ha ido más allá que Moisés; el templo no tiene ya razon de ser, y es irrevocablemente condenado.

CAPÍTULO XIV

RELACIONES DE JESÚS CON LOS GENTILES Y LOS SAMARITANOS

Consecuente á estos principios, Jesús despreciaba todo lo que no era la religion del corazon. Las vanas prácticas de los devotos[575] y el rigorismo exterior, que espera alcanzar la salvacion por medio de mojigaterías, hallaban en él un enemigo mortal. Se cuidaba poco del ayuno[576] y preferia el perdon de una ofensa á los sacrificios[577]. El amor de Dios, la caridad, el perdon recíproco, hé ahí toda su ley[578]; nada ménos sacerdotal que esto. El sacerdote, por su estado, induce siempre al sacrificio público, del cual es el ministro obligado, y disuade de la oracion privada, que es un medio de no necesitar de él. En vano se buscará en el Evangelio una práctica religiosa recomendada por Jesús. El bautismo sólo tiene para él una importancia secundaria[579]; y en cuanto á la oracion, nada establece, sino que se haga de corazon.

Muchos, como sucede siempre, creyeron reemplazar por el buen deseo de las almas débiles el verdadero amor del bien, y se imaginaron ganar el reino del cielo diciéndole: «Señor, Señor.» Jesús los rechazaba proclamando que su religion era el hacer bien[580]. Frecuentemente citaba el pasaje de Isaías: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazon está léjos de mí»[581].