El entusiasmo, produciendo la conviccion y alejando hasta la sombra de una duda, servia de escudo á esas atrevidas afirmaciones. Á nosotros, naturalezas frias y timoratas, no nos es fácil comprender cómo la idea de que el hombre se hace apóstol puede llegar á poseerle hasta ese extremo. La conviccion, con arreglo al prisma racional y severo á traves del cual miran las acciones los individuos de nuestras razas pensadoras, significa la sinceridad para consigo mismo. Pero en los pueblos orientales, poco acostumbrados á las delicadezas del espíritu crítico, la sinceridad para consigo mismo no significa gran cosa. Á los ojos de nuestra rígida conciencia, la buena fe y la impostura se rechazan entre sí como dos términos irreconciliables. En Oriente no sucede lo mismo: entre uno y otro término caben innumerables subterfugios y sutilezas. Los autores de los libros apócrifos (por ejemplo, de Daniel y de Henoch), esos hombres tan ensalzados, cometian en favor de su causa, y de seguro sin la menor sombra de escrúpulo, lo que nosotros calificariamos de falsedad y fraude. Los orientales dan poca importancia á la verdad material, y todo lo ven por el prisma de sus ideas, de sus intereses y de sus pasiones.
Si no se admiten respecto á la sinceridad diferentes grados, la historia es imposible. El pueblo es el autor de todas las grandes cosas, y siendo así, para conducirle es menester doblegarse á sus ideas. El filósofo que sabiendo esto se aisla y encierra en la integridad de carácter, sin duda merece los más sinceros elogios. Pero no debe censurarse al que acepta la humanidad tal como es, con sus ilusiones y sus delirios, y trata de obrar con ella y sobre ella. César sabía perfectamente que no era hijo de Vénus; la Francia no sería lo que es hoy, si no hubiese creido por espacio de mil años en la santa ampolla[*] de Reims. Fácil nos es á nosotros, pobres impotentes, calificar todo eso de impostura, y orgullosos de nuestra tímida honradez, tratar desdeñosamente á los héroes que aceptaron la lucha de la vida en otras condiciones. Pero cuando con nuestros escrúpulos hayamos hecho lo que ellos hicieron con sus falsedades, entónces y sólo entónces tendrémos derecho de tratarlos con severidad. Es preciso, cuando ménos, establecer profunda distincion entre sociedades como la nuestra, donde todo se pasa por el tamiz de la crítica y de la reflexion, y sociedades crédulas y sencillas como aquellas en que nacieron las creencias que han dominado los siglos. Todas las grandes fundaciones descansan en alguna leyenda. Si hay en ello un culpable, es sin duda la humanidad, que quiere ser engañada.
[*] Vaso sagrado, en el cual se conservaba el óleo que servia para ungir á los reyes. (N. del T.)
CAPÍTULO XVI
MILAGROS
Segun los contemporáneos de Jesús, dos medios de prueba podian solamente establecer una mision sobrenatural: tales eran los milagros y el cumplimiento de las profecías. Jesús, y en particular sus discípulos, emplearon con la mejor buena fe esos dos procedimientos de demostracion. Jesús se hallaba convencido desde hacia mucho tiempo de que los profetas habian escrito refiriéndose á él. Veia en sus oráculos sagrados su propia figura, y se consideraba como el espejo en que todo el espíritu profético de Israel habia leido el porvenir. Tal vez la escuela cristiana trató de probar, áun en vida de su fundador, que Jesús correspondia perfectamente á cuanto los profetas habian predicho respecto al Mesías[671]. Pero, en muchos casos, las semejanzas eran del todo exteriores y tan vagas, que nosotros apénas podemos apreciarlas. Frecuentemente, circunstancias fortuitas ó insignificantes de la vida del maestro, recordaban á los discípulos ciertos pasajes de los salmos y de los profetas, en los cuales, gracias á su constante preocupacion, creian ver imágenes relativas á Jesús[672]. Así, pues, casi toda la exegésis de la época consistia en juegos de palabras, en citas traidas por los cabellos, en inducciones artificiales y arbitrarias. La sinagoga no tenía una lista oficial y segura de los pasajes referentes al reino futuro. Las aplicaciones mesiánicas eran libres, y más bien que una argumentacion importante y razonada, constituian artificios de estilo.
En cuanto á los milagros, ellos eran en aquella época el signo indispensable de lo divino, el sello de las vocaciones proféticas. En las leyendas de Elías y de Elíseo, hormigueaban los hechos maravillosos, y todo el mundo estaba persuadido de que el Mesías realizaria gran número de ellos[673]. Á algunas leguas del punto en que vivia Jesús, en Samaria, un mago llamado Simon alcanzaba, merced á sus prestigios, una reputacion casi divina[674]. Y andando el tiempo, cuando se pretendió poner en boga al taumaturgo Apolonio de Tiana y probar que su vida habia sido el viaje de un dios sobre la tierra, nada se creyó tan á propósito para conseguirlo como inventar respecto á él un vasto ciclo de milagros[675]. Los mismos filósofos de Alejandría, Plotino y demás compañeros, tienen fama de haberlos hecho[676]. Jesús se encontró, pues, en esta alternativa: ó renunciar á su mision, ó convertirse tambien en taumaturgo. Es preciso tener presente que, á excepcion de las grandes escuelas científicas de la Grecia y de sus adeptos romanos, toda la antigüedad admitia los milagros, y que Jesús, no solamente creia en ellos, sino que no tenía ni la más remota idea de un órden natural sujeto á leyes invariables. Sus conocimientos sobre este punto en nada eran superiores á los de sus contemporáneos. Léjos de ello, puesto que una de las opiniones más profundamente arraigadas en Jesús era, que la fe y la oracion dan al hombre ilimitado poder sobre la naturaleza[677], la facultad de hacer milagros nada tenía entónces de sorprendente, en razon á que se la consideraba como un permiso en toda regla concedido por Dios á los hombres[678].
La diferencia de los tiempos y la distinta manera de apreciar las cosas, hacen que nos disguste y ofenda aquello mismo que sirvió de poderosa palanca al gran fundador; y si el culto de Jesús se debilita alguna vez en la humanidad, será justamente á causa de los actos que hicieron creer en él. Ante esa especie de fenómenos históricos, la crítica no experimenta ninguna perplejidad. En nuestros dias un taumaturgo, á ménos que no sea de una candidez extrema, como ciertas estigmatizadas de Alemania, es un ente odioso, porque hace milagros sin creer en ellos; es lo que se llama un charlatan. Pero la cuestion cambia de aspecto, si aplicamos nuestro juicio á un Francisco de Asís;—el ciclo milagroso del orígen de la órden de San Francisco, léjos de chocarnos, nos causa un verdadero placer. Los fundadores del cristianismo vivian en un estado de poética ignorancia, tan completo como aquel en que vivió Santa Clara y los tres socii. Parecíales la cosa más sencilla del mundo que su maestro tuviese entrevistas con Moisés y Elías, curase los enfermos é hiciese que los elementos obedecieran á su voz. Por otra parte, es menester no olvidar que todas las ideas pierden algo de su primitiva pureza tan pronto como aspiran á realizarse: no se llega á obtener éxito sin que la delicadeza del alma saque algunas heridas de la lucha. Tal es la flaqueza del entendimiento humano, que las mejores causas se ganan casi siempre con malas razones. Las demostraciones de los primeros apologistas del cristianismo se fundan en pobrísimos argumentos. Moisés, Cristóbal Colon, Mahoma y tantos otros no triunfaron de los obstáculos, sino teniendo presente á cada momento la debilidad de los hombres y ocultando con frecuencia la verdad. Es muy probable que los milagros impresionasen más á las personas que rodeaban á Jesús que las predicaciones tan profundamente divinas del maestro. Añádase que ántes y despues de la muerte de Jesús la fama exageró sin duda extraordinariamente el número de los hechos sobrenaturales. Los tipos de los milagros evangélicos no ofrecen, en efecto, mucha variedad; repítense á cada paso los mismos, y parecen calcados sobre un reducido número de modelos, en armonía con las exigencias y los gustos del país.
Entre el cúmulo de relatos milagrosos, cuya fatigosa enumeracion contienen los evangelios, es imposible distinguir los milagros que la opinion atribuyó á Jesús de aquellos en que él se avino á desempeñar un papel activo. Y es todavía más imposible el averiguar si esas chocantes circunstancias de esfuerzos, estremecimientos y demás rasgos que tienen cierto sabor de juglería[679] son históricas, ó si son fruto de la creencia de los redactores, cuyas almas vivian en un mundo lleno de preocupaciones teúrgicas, muy semejante al mundo en que viven nuestros modernos espiritistas[680]. Casi todos los milagros que Jesús creyó ejecutar parecen haber sido milagros de curacion. En aquella época, la medicina era en Judea lo que es todavía en Oriente, esto es, nula bajo el punto de vista científico, un arte rudimentario sometido completamente á la inspiracion individual. La medicina científica, fundada por los griegos desde hacia quinientos años, era en tiempo de Jesús desconocida entre los judíos de la Palestina. En semejante estado de ignorancia, la presencia de un hombre superior que trate al paciente con dulzura y le dé, mediante algunos signos sensibles, la seguridad de su restablecimiento, es con frecuencia un remedio decisivo. Nadie negará que en muchos casos, exceptuando los de lesiones completamente caracterizadas, los consuelos de una persona exquisita valen tanto como los recursos de la farmacia. El placer de verla produce alivio; y aunque no ofrezca al enfermo sino aquello que puede, esto es, una sonrisa, una esperanza, sus dones no carecen de precio.
Jesús, de igual manera que sus compatriotas, no tenía idea de una ciencia médica racional; como todo el mundo, creia que la cura de las enfermedades debia operarse por medio de las prácticas religiosas: semejante creencia era en extremo lógica y consecuente. Considerándose la enfermedad como el castigo de un pecado[681], como obra de los demonios[682], y de ninguna manera como el resultado de causas físicas, natural era que el mejor médico fuese el hombre santo, aquel que tenía poder en el órden maravilloso. La cura de las enfermedades pasaba por una cosa moral; Jesús, teniendo conciencia de su fuerza moral, debia, pues, creerse especialmente dotado para practicarla. Convencido de que el contacto de su túnica[683] y la imposicion de sus manos[684] eran favorables á los enfermos, habria sido cruel si hubiese negado á los que sufrian un alivio que tan fácilmente podia concederles. Mirábase tambien la curacion de los enfermos como una de las señales del reino de Dios, idea que iba siempre asociada á la emancipacion de los pobres[685]. Ambas eran los signos de la gran revolucion que debia conducir al alivio de todas las enfermedades.