El exorcismo ó la expulsion de los demonios es uno de los géneros de curacion que Jesús opera más frecuentemente. La creencia en los demonios reinaba entónces en todos los ánimos; y tan general era esa opinion, que no sólo en Judea, sino en el mundo entero, se creia que los demonios se amparaban del cuerpo de ciertas personas, obligándolas á obrar contra su voluntad. Un div persa, Aeschma-daeva, «el div de la concupiscencia», nombrado várias veces en el Avesta[686], y adoptado por los judíos bajo el nombre de Asmodeo[687], llegó á ser la causa de todas las perturbaciones histéricas de las mujeres[688]. La misma explicacion se daba respecto á la epilepsia, á las enfermedades mentales ó nerviosas[689], que ponen fuera de sí al paciente, y á aquellas cuya causa no se echa de ver, como la sordera y la mudez[690]. El admirable tratado «De la enfermedad sagrada», de Hipócrates, que estableció sobre este punto, cuatro siglos y medio ántes de Jesús, los verdaderos principios de la medicina, aún no habia desterrado del mundo semejantes errores. Suponíase que para lanzar los demonios habia procedimientos más ó ménos eficaces:—el estado de exorcista era una profesion regular como la de médico[691]. Es indudable que Jesús tenía fama de poseer los últimos secretos respecto á ese arte[692]. En aquella época habia muchos locos en Judea, fenómeno producido sin duda por la grande exaltacion de los ánimos. Aquellos locos se dejaban en completa libertad, como sucede áun hoy dia en las regiones de Siria, y habitaban las grutas sepulcrales ya abandonadas, las cuales eran el retiro ordinario de los vagabundos. Jesús ejercia mucha influencia sobre aquellos infelices[693]. Á propósito de esas curas se referian mil singulares historias, en las que se daba rienda suelta á la credulidad de la época. Pero tampoco en esto se deben exagerar las dificultades. Los desórdenes que entónces se explicaban por la posesion de los diablos, eran frecuentemente insignificantes. En Siria se miran todavía, en pleno siglo décimo nono, como locos ó poseidos del demonio (estas dos ideas se confunden en una, medjnum)[694] á los que sólo adolecen de alguna extravagancia. En semejante caso, una palabra dulce y cariñosa basta á veces para lanzar al demonio:—es más que probable que Jesús no emplease otros medios. ¿No cabe tambien en lo posible que su fama de exorcista se extendiera sin que él tuviese casi conocimiento de ello? Las personas que residen en Oriente se quedan á veces sorprendidas de encontrarse, al cabo de algun tiempo, con una gran reputacion de médico, de hechicero ó de zahorí; reputacion que el vulgo les cuelga sin que ellas puedan darse cuenta de los hechos que hayan podido motivar esas extravagantes suposiciones.
Hay, además, muchas circunstancias que indican que Jesús no fué taumaturgo sino tarde y á su pesar. Á menudo no ejecuta sus milagros sino á fuerza de súplicas, y los hace con una especie de mal humor, y echando en cara á los que se los piden la rudeza de su entendimiento[695]. Una rareza, en apariencia inexplicable, pero fácil de comprender, es el cuidado que pone en hacer sus milagros de un modo oculto, y sus recomendaciones á las personas curadas de que no digan nada á nadie[696]. Cuando los demonios quieren proclamarle hijo de Dios, les prohibe que despeguen los labios; si le reconocen, es á pesar suyo[697]. Estos rasgos son muy característicos en Márcos, que es el evangelista por excelencia de los milagros y de los exorcismos. No parece sino que el discípulo que suministró las noticias fundamentales del segundo evangelio importunaba á Jesús con su admiracion por los prodigios, y que, aburrido el maestro de una reputacion que le disgustaba, le recomendaba frecuentemente no hablar de ello. Esa discordancia produce en una ocasion un destello singular[698], un acceso de impaciencia que prueba el enojo que causaban á Jesús aquellas contínuas é importunas peticiones de los espíritus débiles. Diríase que su papel de taumaturgo le es algunas veces insoportable, y que trata de dar la menor publicidad posible á las maravillas que en cierto modo brotan bajo la huella de sus piés. Cuando sus enemigos le piden un milagro, y en particular un prodigio celeste, un meteoro, rehusa categórica y obstinadamente[699]. Permitido es, pues, creer que le impusieron su reputacion de taumaturgo, que si no la rechazó, tampoco hizo nada por consolidarla, y que de cualquier manera comprendia cuán infundada y vana era la opinion respecto á esto.
Dejarnos llevar demasiado de nuestras repugnancias, y por sustraernos á las objeciones que puedan hacérsenos contra el carácter de Jesús, prescindir de hechos que á los ojos de sus contemporáneos figuraron en primera fila[700], sería faltar al buen método histórico. Decir que ellos son adiciones de discípulos muy inferiores al maestro; que, no pudiendo comprender su verdadera grandeza, trataron de realzarle con prodigios indignos de él, sería sumamente cómodo. Pero es el caso que los cuatro narradores de la vida de Jesús se hallan unánimes en ensalzar sus milagros; uno de ellos, Márcos, intérprete del apóstol Pedro[701], insiste de tal manera sobre este punto, que si para trazar el carácter del Cristo no se tuviera presente más que su evangelio, habria que representarle como un exorcista posesor de encantos y de filtros de rara eficacia; como un poderoso y temible hechicero que infunde temor, y del cual desea uno desembarazarse[702]. Nosotros admitimos, pues, sin vacilar que en la vida de Jesús hubo muchos actos que ahora se considerarian como otros tantos rasgos de ilusion ó de locura. Pero ¿debe sacrificarse á esta faz ingrata la faz sublime de semejante vida? ¡Guardémonos bien de ello! Un simple hechicero, semejante á Simon el Mago, no habria realizado una revolucion moral como la que realizó Jesús. Si el taumaturgo hubiera sobrepujado en Jesús al moralista y al fundador religioso, no habria dejado en pos de sí el cristianismo, sino una escuela de teurgia.
Por otra parte, el problema se presenta de la misma manera respecto á todos los santos y fundadores religiosos. Hechos que hoy se hallan patentizados de morbosos, tales como la epilepsia y las visiones, fueron otras veces un principio de poder y de grandeza. La medicina conoce el nombre de la enfermedad que formó la reputacion de Mahoma[703]. Casi hasta nuestros dias, los hombres que más han contribuido al bien de la humanidad (sin excluir al excelente Vicente de Paul), han pasado, con razon ó sin ella, por taumaturgos. Si se parte del principio de que todo personaje histórico á quien se atribuyan hechos que en el siglo décimo nono pasan por insensatos ó charlatanescos fué un loco, la crítica es imposible, porque se falsea por su base. La escuela de Alejandría fué una noble escuela, y sin embargo, se entregó á las prácticas de una teurgia extravagante. Sócrates y Pascal no estuvieron tampoco exentos de alucinaciones. Los hechos deben, pues, explicarse por causas que les sean proporcionadas. Las debilidades del espíritu humano no engendran sino debilidad; en la naturaleza del hombre, las grandes cosas tienen siempre grandes causas, por más que á menudo se produzcan escoltadas de multitud de pequeñeces que ofuscan su grandeza á los ojos de los espíritus superficiales.
Puede decirse con verdad que, generalmente hablando, Jesús no fué taumaturgo y exorcista sino á pesar suyo. El milagro es á menudo obra del público más bien que de aquel á quien se atribuye. Aunque Jesús se hubiese obstinado constantemente en no hacer prodigios, la muchedumbre los habria creado para reputárselos:—el milagro mayor de todos habria sido el que no hubiese hecho ninguno; eso habria sido la completa derogacion de las leyes de la historia y de la sicología popular. Los milagros de Jesús fueron una violencia de su siglo, una concesion que le arrancó la necesidad pasajera. Por eso el exorcista y el taumaturgo se han desvanecido, miéntras que el fundador religioso vive y vivirá eternamente.
Hasta aquellos que no creian en Jesús se hallaban impresionados por la fama de sus hechos, y trataban de presenciarlos[704]. Los gentiles y las personas poco iniciadas experimentaban un sentimiento de temor y hacian lo posible por alejarle de su territorio[705]. Tal vez algunos pensaban en abusar de su nombre á fin de provocar movimientos sediciosos[706]. Pero la direccion completamente moral y nada política del carácter de Jesús, le salvó de aquellas seducciones. Su verdadero reino consistia en el círculo de niños que una frescura de imaginacion semejante á la suya y un mismo sentimiento del cielo agrupaban y retenian á su alrededor.
CAPÍTULO XVII
FORMA DEFINITIVA DE LAS IDEAS DE JESÚS SOBRE EL REINO DE DIOS
Suponemos que esa última fase de la actividad de Jesús duró aproximadamente diez y ocho meses, desde su vuelta de la peregrinacion de la Pascua del año 31, hasta su viaje á la fiesta de los Tabernáculos en el año 32[707].
Durante ese espacio de tiempo el pensamiento de Jesús no parece haberse enriquecido de ningun nuevo elemento; pero todas sus ideas se desarrollaron y produjeron en un grado siempre creciente de poder y de audacia.