La idea fundamental de Jesús fué, desde un principio, el establecimiento del reino de Dios, el cual, segun ya hemos dicho, parece haberle entendido de diferentes modos. En ocasiones se le podria tomar por un jefe democrático, queriendo simplemente el reino de los pobres y de los desheredados. Otras veces el reino de Dios es el cumplimiento literal de las visiones apocalípticas de Daniel y de Henoch, y frecuentemente, por último, ese reino es el de las almas, y el rescate próximo, es el rescate por el espíritu. La revolucion deseada por Jesús es, en tal caso, la que en realidad tuvo lugar; el establecimiento de un culto nuevo, más puro que el de Moisés.—Todos esos pensamientos parecian haber existido á la vez en la conciencia de Jesús. El primero, es decir, el de una revolucion temporal, no parece haberle detenido demasiado. Jesús no reparó nunca ni en el mundo, ni en los ricos, ni en el poder material como cosas dignas de llamar su atencion. No tuvo ninguna ambicion exterior; algunas veces, por una consecuencia natural, su grande importancia religiosa estaba á punto de cambiarse en importancia social. Diferentes personas iban á pedirle que se constituyese en juez y árbitro en cuestiones de intereses; Jesús rechazaba esas proposiciones con orgullo, casi como si hubieran sido injurias[708]. Poseido de su celeste ideal, no salia nunca de su desdeñosa pobreza. Con respecto á las otras dos concepciones del reino de Dios, Jesús parece haberlas conservado simultáneamente. Si él no hubiese sido nada más que un entusiasta, alucinado por los apocalípsis que servian de alimento á la imaginacion popular, habria permanecido siendo un sectario oscuro, inferior á aquellos cuyas ideas imitaba. Si sólo hubiera sido un puritano, una especie de Channing ó de «Vicario saboyano», es indudable que no habria obtenido ningun triunfo. Las dos partes de su sistema, ó por mejor decir, sus dos concepciones del reino de Dios, están basadas la una en la otra, y este apoyo recíproco fué la causa de su incomparable resultado.

Los primeros cristianos son visionarios, viviendo en un círculo de ideas que nosotros calificamos de sueños, pero al mismo tiempo ellos son los héroes de la guerra social que produjo la franquicia de la conciencia y el establecimiento de una religion, cuyo culto puro, anunciado por el fundador, acabará, á la larga, por efectuarse.

Las ideas apocalípticas de Jesús, en su forma más completa, pueden resumirse de la manera siguiente:

El órden actual de la humanidad toca á su término; este término será una revolucion inmensa, «una agonía», semejante á los dolores del parto; una palingenesia ó «renacimiento» (segun la misma frase de Jesús)[709], precedido de negras calamidades y anunciado por fenómenos extraños[710]. En pleno dia, brillará en el cielo la señal del Hijo del hombre; y será una vision ruidosa y luminosa como la del Sinaí, un gran huracan rasgando la nube, un dardo de fuego cruzando en un abrir y cerrar de ojos, de Oriente á Occidente. El Mesías aparecerá en las nubes, revestido de gloria y de majestad, al sonido de las trompetas y rodeado de ángeles. Sus discípulos se sentarán á su lado en los tronos. Los muertos resucitarán entónces y el Mesías procederá al juicio[711].

En ese juicio, los hombres serán clasificados en dos categorías, segun sus obras[712]. Los ángeles serán los ejecutores de las sentencias[713]. Los elegidos entrarán en una mansion deliciosa que les fué preparada desde el principio del mundo[714]; allí se sentarán radiantes de luz, á un festin presidido por Abraham[715], los patriarcas y los profetas. Este número de elegidos será el menor[716]. Los otros irán á la Gehenna. La Gehenna era el valle occidental de Jerusalen. Allí se habia ejercido en diversas épocas el culto del fuego, y aquel lugar habia llegado á ser una especie de cloaca. La Gehenna es, pues, en la imaginacion de Jesús, un valle tenebroso, impuro, lleno de fuego. Los excluidos del reino serán quemados allí y roidos de gusanos en compañía de Satanás y de los ángeles rebeldes[717]; habrá tambien allí lágrimas y rechinamientos de dientes[718]. El reino de Dios será como una sala cerrada, luminosa en su interior, en medio de ese mundo de tinieblas y de tormentos[719].

Ese nuevo órden de cosas será eterno. El paraíso y la Gehenna no tendrán fin. Un abismo inaccesible los separará uno del otro[720]. El Hijo del hombre, sentado á la diestra de Dios, presidirá ese estado definitivo del mundo y de la humanidad[721].

Que todo esto fué tomado al pié de la letra por los discípulos y hasta por el mismo maestro, en ciertos momentos, es lo que salta á la vista en los escritos de la época de una manera absoluta. Si la primera generacion cristiana tiene una creencia profunda y constante, es sin duda la de que el mundo está á punto de acabar[722], y que la gran «revelacion»[723] de Cristo se va á cumplir bien pronto. Esa viva proclamacion: «¡El tiempo está cerca!»[724], que comienza y acaba el Apocalípsis; ese llamamiento repetido sin cesar: «¡Que todo aquel que tenga oidos escuche!»[725], son gritos de esperanza y de reunion de toda la edad apostólica. Una expresion siria, Maran atha, «¡Nuestro Señor llega!»[726], se convirtió en una especie de santo y seña que los creyentes se decian entre ellos para fortalecerse en su fe y en sus esperanzas. El Apocalípsis escrito el año 68 de nuestra era[727], fija el término á tres años y medio[728], y la «Ascension de Isaías»[729] admite un cálculo muy aproximado á éste.

Jesús nunca llegó á tal precision. Cuando se le preguntaba acerca del tiempo de su advenimiento, siempre rehusaba responder; y una vez hasta declara que la fecha de ese gran dia sólo es conocida del Padre, que no se la ha confiado ni á los ángeles, ni al Hijo[730]. Jesús decia que el momento en que se espiaria el reino de Dios con una curiosidad impertinente, no sería precisamente en el que llegase[731]; y repetia sin cesar, que sería una sorpresa como en los tiempos de Noé y de Lot; que era preciso estar siempre prevenido á partir; que cada uno debia tener encendida su lámpara como para un cortejo de bodas que llega desprevenidamente[732]; que el Hijo del hombre vendria de la misma manera que un ladron, esto es, á la hora en que no se le esperase[733], y que apareceria como un rayo que recorre el horizonte de uno á otro extremo[734]. Pero sus declaraciones acerca de la proximidad de la catástrofe no daban lugar á equivocacion alguna[735]. «La generacion presente, decia, no pasará sin que se realice todo esto. Muchos de los que están aquí presentes no morirán sin haber visto al Hijo del hombre venir á tomar posesion de su reinado»[736]. Vitupera á los que creen que él no sabe leer los pronósticos del reino futuro. «Cuando va llegando la noche decís: Hará buen tiempo, porque está el cielo arrebolado. Y por la mañana: Tempestad habrá hoy, porque el cielo está cubierto y encendido. ¿Cómo sabeis adivinar por el aspecto del cielo, y no podeis conocer las señales de estos tiempos?»[737].

Gracias á una ilusion comun á todos los grandes reformadores, Jesús se figuraba el fin mucho más próximo de lo que era en realidad; no tenía en cuenta la lentitud de los movimientos de la humanidad: imaginábase realizar en un dia lo que mil ochocientos años más tarde no debia estar aún acabado.

Esas declaraciones tan precisas preocuparon á la familia cristiana casi por espacio de setenta años. Estaba admitido que algunos de sus discípulos verian el dia de la revelacion final ántes de morir. Juan en particular era considerado en este número[738], y muchos creian que no moriria nunca. Quizás era esto una tardía opinion producida hácia el fin del siglo primero, por la avanzada edad á que Juan parece haber llegado, y que daba ocasion á creer que Dios queria conservarle indefinidamente hasta el gran dia, á fin de realizar la palabra de Jesús. Sea de ello lo que quiera, á su muerte la fe de muchos vaciló, y sus discípulos dieron á la predicacion del Cristo un sentido más moderado[739].