Al mismo tiempo que Jesús admitia plenamente las creencias apocalípticas tales como se encuentran en los libros apócrifos de los judíos, admitia el dogma, que es el complemento de ellas, ó más bien la condicion de la resurreccion de los muertos. Tal doctrina, como ya lo hemos dicho, era aún nueva en Israel; muchas personas no la conocian ó no creian en ella[740]. Sin embargo, era de fe para los fariseos y para los fervientes adeptos de las creencias mesiánicas[741]. Jesús la aceptó sin reserva, pero siempre en el sentido más idealista. Muchos se figuraban que en el mundo de los resucitados se comeria, se beberia y se casarian. Jesús admite en su reino una nueva Pascua, un festin y un vino nuevo[742]; pero excluye de él formalmente el casamiento. Los saduceos tenian, respecto á esto, un argumento grosero en la apariencia, pero bastante conforme en el fondo con la antigua teología. Se acordaban de que, segun los sabios antiguos, el hombre no sobrevivia sino en sus hijos. El código mosáico habia consagrado esa teoría patriarcal por una institucion extravagante, el Levirat, y los saduceos deducian de ahí sutiles consecuencias en contra de la resurreccion. Jesús las evadia declarando formalmente que en la vida eterna no existiria ya la diferencia de sexo y que el hombre sería semejante á los ángeles[743]. Algunas veces parece que no promete la resurreccion sino á los justos[744]; el castigo de los impíos consistiria en morir enteramente y permanecer en la nada[745]. Más frecuentemente, sin embargo, Jesús quiere que la resurreccion se aplique á los malos para su eterna confusion[746]. Como se ve, nada era completamente nuevo en esas teorías. Los evangelios y los escritos de los apóstoles no contienen absolutamente, en punto á doctrinas apocalípticas, sino lo que se encuentra ya en «Daniel»[747], «Henoch»[748], y los «oráculos sibilinos»[749] de orígen judío. Jesús aceptó esas ideas extendidas generalmente entre sus contemporáneos, convirtiéndolas en base de su accion, ó por mejor decir, en uno de sus puntos de apoyo; porque tenía un sentimiento demasiado profundo de su verdadera obra para establecerla únicamente sobre principios tan frágiles, tan expuestos á recibir de los hechos una fulminante refutacion.

Cierto es, en verdad, que una doctrina semejante, tomada por sí misma de una manera literal, no tenía porvenir alguno. El mundo, obstinándose en vivir, la hacia hundirse, y la edad que vive un hombre le estaba reservada á lo sumo. La fe de la primera generacion cristiana se explica, pero no así la de la segunda. Despues de la muerte de Juan, ó del último superviviente, cualquiera que fuese, del grupo que vió al maestro, la palabra de éste quedaba desmentida[750]. Si la doctrina de Jesús sólo hubiese sido la creencia en un próximo fin del mundo, ciertamente que hoy dormiria en el olvido. ¿Qué es, pues, lo que la ha salvado? La gran latitud de las concepciones evangélicas, que ha permitido encontrar en el mismo símbolo doctrinas apropiadas á estados intelectuales muy diversos. El mundo no ha acabado, como Jesús lo anunció y como sus discípulos lo creyeron, pero está renovado del modo que Jesús deseaba. Si su pensamiento ha sido fecundo, débelo á su doble fase. Su quimera no ha corrido la suerte de otras muchas que han cruzado por el espíritu humano, gracias á que abrigaba un gérmen de vida que, introducido, merced á una apariencia fabulosa, en el seno de la humanidad, ha producido en él frutos eternos.

Y no se diga que ésa es una benévola interpretacion, imaginada para lavar el honor de nuestro gran maestro del cruel mentís dado á sus sueños por la realidad. No, no; ese verdadero reino de Dios, ese reino del espíritu que hace á cada uno rey y sacerdote; ese reino que, como el grano de la simiente de mostaza, ha llegado á ser un árbol que presta sombra al mundo, y bajo cuyas ramas los pájaros tienen sus nidos, Jesús le comprendió, le quiso, le fundó. Al lado de la idea falsa, fria, imposible, de un advenimiento de ostentacion, concibió la verdadera ciudad de Dios, la «palingenesia» exacta, el sermon en la montaña, la apoteósis del débil, el amor del pueblo, el gusto del pobre, la rehabilitacion de todo lo que es humilde, verdadero é inocente. Esa rehabilitacion la hizo, como artífice incomparable, por rasgos que durarán eternamente. Cada uno de nosotros le debe lo que en sí tiene de mejor. Perdonémosle su esperanza de un vano apocalípsis, de una venida en gran triunfo sobre las nubes del cielo. Quizás ése era el error de los demás más bien que el suyo; y si es cierto que él participó de las ilusiones de los otros, ¿qué importa, una vez que su sueño le hizo esforzado contra la muerte y le sostuvo en una lucha, en la que sin eso tal vez habria sucumbido?

Preciso es, pues, conservar diversos sentidos á la divina ciudad concebida por Jesús. Si su único pensamiento hubiese sido que el fin de los tiempos estaba cercano y que era necesario prepararse á él, no habria ido más allá que Juan Bautista. Renunciar á un mundo próximo á hundirse, desprenderse poco á poco de la vida presente, aspirar á un reino que iba á llegar, tal hubiera sido la última frase de su predicacion. La enseñanza de Jesús tuvo siempre por objeto miras más elevadas. Se propuso crear un nuevo estado de la humanidad, y no preparar sólo el fin del que existe. Elías ó Jeremías, volviendo á aparecer para preparar á los hombres á las supremas crísis, no hubieran predicado como él. Tan cierto es esto, que esa moral pretendida de los últimos dias ha resultado ser la moral eterna, la que ha salvado á la humanidad. El mismo Jesús, en muchas ocasiones, emplea modos de hablar que no entran absolutamente en la teoría apocalíptica. Frecuentemente declara que el reino de Dios ha comenzado; que todo hombre le lleva consigo mismo, y puede, si de ello es digno, disfrutar de él; que cada uno crea tácitamente ese reino por la verdera conversion del corazon[751].

El reino de Dios no es entónces sino el bien[752], es un órden de cosas mejor que el que existe, es el reino de la justicia, que el fiel, segun sus fuerzas, debe contribuir á fundar, ó es áun la libertad del alma, ó bien algo de análogo al «rescate» búdico, fruto de la desaficion. Esas verdades, que para nosotros son puramente abstractas, para Jesús eran vivas realidades. Todo en su pensamiento es concreto y sustancial: Jesús es el hombre que más enérgicamente creyó en la realidad de lo ideal.

Al aceptar las utopias de su tiempo y de su raza, Jesús supo hacer de ellas tambien grandes verdades, gracias á fecundos errores. Su reino de Dios era, sin duda, el próximo apocalípsis que iba á desarrollarse en el cielo. Pero, además de todo esto, probablemente era, sobre todo, el reino del alma, creado por la libertad y por el sentimiento filial, el que el hombre virtuoso experimenta en el seno de su padre. Aquélla era la religion pura, sin prácticas, sin templo, sin sacerdotes; era el juicio moral del mundo decretado á la conciencia del hombre justo y al poder del pueblo. Hé ahí lo que estaba hecho para vivir, y hé ahí lo que ha vivido. Cuando, al cabo de un siglo de aguardar en vano, se apura la esperanza materialista de un próximo fin del mundo, el verdadero reino de Dios aparece á ella. Lisonjeras explicaciones echan un velo sobre el reino real que no acaba de llegar. Estando el Apocalípsis de Juan, primer libro canónico del Nuevo Testamento, demasiado sériamente plagado de la idea de una catástrofe inmediata, queda pospuesto á segundo lugar y es tenido por ininteligible, torturado de mil modos y casi rechazado. Al ménos, se aplaza el dia de su cumplimiento para un porvenir indefinido. Algunos pobres obstinados que guardan aún, en plena época de reflexion, las esperanzas de los primeros discípulos, se convierten en heréticos (Ebionitas, Milenarios), perdidos en las clases inferiores del cristianismo. La humanidad creia en otro reino de Dios. La parte de verdad contenida en la idea de Jesús habia triunfado de la quimera que la ofuscaba.

No despreciemos, sin embargo, esa quimera, que ha sido la tosca corteza del sagrado bulbo de que nosotros vivimos.

Ese fantástico reino del cielo, ese perseguimiento sin fin de una ciudad de Dios, que siempre ha preocupado al cristianismo en su larga carrera, ha sido el principio del gran instinto de porvenir que ha animado á todos los reformadores, discípulos obstinados del Apocalípsis, desde Joaquin de Flora hasta el sectario protestante de nuestros dias. Ese impotente esfuerzo por fundar una sociedad perfecta ha sido la fuente de la tension extraordinaria que ha hecho del verdadero cristiano un atleta en lucha contra el presente. La idea del «reino de Dios» y el Apocalípsis, que en esto es la imágen completa, son pues, en cierto modo, la expresion más grande y más poética del progreso humano. Ciertamente que de ella debian salir grandes errores. Suspendido sobre la humanidad como una constante amenaza, el fin del mundo, por los horrores periódicos que causó durante muchos siglos, perjudicó no poco á todo desarrollo profano. La sociedad, no estando segura de su existencia, contrajo una especie de temor y aquellas costumbres de baja humildad que presentan á la Edad media tan inferior á los tiempos antiguos y á los modernos[753]. Por otra parte, se habia producido un cambio radical en el modo de considerar la venida de Cristo. La primera vez que se anunció á la humanidad que su planeta iba á acabar, de la misma manera que el niño que acoge la muerte con una sonrisa, experimentó el más vivo acceso de alegría que jamás pudo sentir. Al envejecer, el mundo se habia apegado á la vida. El dia de gracia, esperado tan largo tiempo por las almas puras de Galilea, habia llegado á ser para aquellos siglos de hierro un dia de cólera: Dies iræ, dies illa! Pero áun en el mismo seno de la barbarie, la idea del reino de Dios permaneció fecunda. Á pesar de la Iglesia feudal, de las sectas, de las órdenes religiosas, santos personajes continuaron protestando en nombre del Evangelio contra la iniquidad del mundo. En nuestros mismos dias, dias confusos en que Jesús no tiene continuadores más auténticos que aquellos que parecen repudiarle, los sueños de organizacion ideal de la sociedad, que tanta analogía tienen con las aspiraciones de las sectas cristianas primitivas, sólo son, en cierto modo, el ensanche de la misma idea, una de las ramas de ese árbol inmenso, donde germina toda idea de porvenir, y del cual el «reino de Dios» será eternamente el tronco y la raíz. Todas las revoluciones sociales de la humanidad serán ingertas en esa palabra, pero infectadas de un tosco materialismo, aspirando á lo imposible, es decir, á fundar la dicha universal sobre medidas políticas y económicas, las tentativas «socialistas» de nuestra época permanecerán infecundas, hasta que tomen por norma el verdadero espíritu de Jesús, es decir, el idealismo absoluto, ese principio que consiste en que, para poseer la tierra, es preciso renunciar á ella.

La frase de «reino de Dios» expresa, por otro lado, muy felizmente, la necesidad que siente el alma de un suplemento de destino, de una compensacion de la vida actual. Aquellos que no se avienen á concebir el hombre como un compuesto de dos sustancias y que hallan el dogma deista de la inmortalidad del alma en contradiccion con la fisiología, desean mantenerse en la esperanza de una reparacion final, que bajo una forma desconocida, satisfará á las necesidades del corazon del hombre. ¡Quién sabe si el último término del progreso, dentro de millones de siglos, traerá consigo la conciencia absoluta del universo, y en esa conciencia el despertar de todo lo que ha vivido! Un sueño de un millon de años no es más largo que el sueño de una hora. San Pablo en esta hipótesis hubiera podido decir aún con razon: In ictu oculi![754]. Es indudable que la humanidad moral y virtuosa tendrá su desquite; que un dia el sentimiento del pobre honrado juzgará el mundo, y que en ese dia la figura ideal de Jesús será la confusion del hombre frívolo que no creyó en la virtud, del hombre egoista que no supo alcanzarla. La palabra favorita de Jesús permanece, pues, llena de un encanto perenne. Una especie de adivinacion grandiosa parece haberla tenido en una sublime vaguedad, abrazando á la vez diferentes órdenes de verdades.

CAPÍTULO XVIII