Probablemente desde entónces se introdujo en las comidas de la secta algun uso que se relacionaba con la predicacion que halló tan mala acogida en la sinagoga de Capharnahum. Pero las tradiciones apostólicas son respecto á esto muy divergentes y, quizás adrede, muy incompletas. Los evangelios sinópticos suponen que un acto sacramental único sirvió de base al rito misterioso, y señalan ese acto en la última Cena. Juan, que es precisamente quien nos ha conservado el incidente de la sinagoga de Capharnahum, no dice ni una palabra de semejante hecho, sin embargo de referir muy al pormenor cuanto en la última Cena tuvo lugar. Por otra parte, vemos que se reconocia á Jesús en la manera de partir el pan[796], como si para aquellos que le habian tratado hubiese sido esa accion la más característica de su persona. Así que murió, la forma bajo la cual aparecia á los piadosos recuerdos de sus discípulos era la de presidente de un místico banquete, bendiciendo el pan y repartiéndole á los circunstantes[797]. Es muy posible que ésta fuese una de sus costumbres, y esos momentos aquellos en que más particularmente se mostraba amable y afectuoso. Una circunstancia material, la presencia del pescado sobre la mesa (indicio que prueba que el rito indicado tuvo orígen en las márgenes del lago de Tiberiade)[798], fué tambien casi sacramental, y formó parte integrante de las imágenes que los discípulos hicieron del sagrado festin[799].

En la naciente comunidad, los instantes consagrados á la comida habian llegado á ser los más agradables. En aquellos momentos en que todos se reunian al rededor de la misma mesa, el maestro hablaba á cada uno y mantenia siempre una conversacion jovial y llena de atractivo. Jesús amaba aquellos instantes y se complacia en ver en torno suyo á su familia espiritual[800]. La participacion del mismo pan era considerada como una especie de comunion, de lazo recíproco. Los términos extremadamente enérgicos que el maestro usaba respecto á este punto, se tomaron despues al pié de la letra de una manera absoluta y lastimosa. Jesús era, al mismo tiempo, muy espiritualista en las concepciones y muy materialista en la expresion. Queriendo hacer palpable el pensamiento de que el creyente no vive sino de él, y que él todo entero (cuerpo, sangre y alma) era la vida del verdadero fiel, decia á sus discípulos:—«Yo soy vuestro alimento»; frase que cambiada en estilo figurado, se convertia en esta otra: «Mi carne es vuestro pan, mi sangre es vuestra bebida.» La costumbre de hacer uso de un lenguaje sustancial en extremo le llevaba más léjos aún. En la mesa decia á los discípulos, señalándoles el alimento: «Héme ahí»; y repartiéndoles el pan: «Tomad, éste es mi cuerpo»; y alargándoles el cáliz con vino: «Tomad, ésta es mi sangre»; maneras de hablar que eran todas el equivalente de: «Yo soy vuestro alimento.»

Ese rito misterioso alcanzó en vida de Jesús grande importancia; probablemente se hallaba establecido mucho tiempo ántes del último viaje á Jerusalen, siendo tambien posible que fuese el resultado de una doctrina general más bien que de hecho determinado. Despues de la muerte de Jesús, llegó á ser el gran símbolo de la comunion cristiana[801], y se relacionó su orígen con el momento más solemne de la vida del Salvador. Pretendíase entónces ver en la consagracion del pan y del vino una memoria del adios que Jesús dió á sus discípulos ántes de abandonar la vida[802], y se volvió á encontrar al mismo Jesús en ese sacramento. La idea completamente espiritualista de la presencia de las almas, idea que tan familiar era al maestro y que le obligaba, por ejemplo, á decir á sus discípulos que cuando se reunieran en su nombre estaria en persona en medio de ellos[803], hacia la hipótesis admisible. Como ya hemos dicho, Jesús no tuvo nunca una nocion fija de lo que constituye la individualidad. La idea, en el grado de exaltacion á que habia llegado, tenía en él tal supremacía y tan absoluto imperio, que el cuerpo no figuraba para nada. Dos seres que se aman no forman sino uno, viven uno en otro;—¿cómo no habian de ser uno él y sus discípulos?[804] Éstos adoptaron el mismo lenguaje. Y los que por espacio de algunos años habian vivido de él, continuaron viéndole siempre con el pan y el cáliz «entre sus manos santas y venerables»[805] ofreciéndose á ellos. Á él fué, pues, á quien comieron y bebieron, y él llegó á ser la verdadera Pascua, puesto que la antigua quedó abolida por su sangre. Imposible es traducir á nuestro idioma determinado, que tan profunda distincion exige entre el sentido propio y el metafórico, esas costumbres de estilo cuyo carácter esencial consiste en prestar á la metáfora, ó mejor dicho, á la idea, una forma palpable y de exuberante realidad.

CAPÍTULO XIX

PROGRESION CRECIENTE DE ENTUSIASMO Y DE EXALTACION

Es evidente que semejante sociedad religiosa, fundada sólo en la esperanza del reino de Dios, debia ser muy incompleta por sí misma. La primera generacion cristiana vivió toda ella de expectacion y de ensueños. Creyéndose en vísperas del fin del mundo, se consideraba como cosa inútil cuanto contribuye á continuarle. Prohibíase la propiedad[806], y debian esquivarse todos los lazos que sujetan al hombre á la tierra, todo cuanto le separa del cielo. Aunque algunos discípulos estaban casados, se renunciaba, segun parece, al matrimonio desde el momento en que se ingresaba en la secta[807]. Preferíase abiertamente el celibato, y en el matrimonio mismo se recomendaba la continencia[808]. Hay un momento en que el maestro parece dar su aprobacion á los que se mutilasen con la esperanza de ser más dignos del reino de Dios[809]. En lo cual era consecuente con su principio; «Si tu mano ó tu pié te dan ocasion de escándalo ó pecado, córtalos y arrójalos léjos de tí; pues más te vale entrar en la vida eterna manco ó cojo, que con dos manos ó dos piés ser precipitado en el fuego eterno. Y si tu ojo es para tí ocasion de pecado, sácale y tírale léjos de tí:—mejor te es entrar en la vida eterna con un solo ojo, que tener dos y ser arrojado al fuego del infierno»[810]. La falta de generacion fué considerada frecuentemente como la señal y la condicion del reino de Dios[811].

Segun se ve, aquella Iglesia primitiva no hubiera formado nunca una sociedad durable, sin la gran variedad de gérmenes que Jesús depositó en su enseñanza. Para que la verdadera Iglesia cristiana, la Iglesia que convirtió al mundo, se desprenda de aquella pequeña secta de santos y llegue á ser un cuadro aplicable á la sociedad entera, necesitará todavía más de un siglo. Lo mismo sucedió con el budismo, cuya doctrina fué en un principio fundada por frailes. Lo mismo habria tambien sucedido con la órden de San Francisco, si la pretension de aquella órden, que aspiraba á convertirse en regla de la sociedad humana, hubiese tenido éxito. Nacidas en estado de utopias, y consiguiendo abrirse camino á causa de su misma exageracion, las grandes fundaciones que acabamos de mencionar no llenaron el mundo sino á condicion de modificarse profundamente y de renunciar á sus excesos. Jesús no traspasó ese primer período monacal en que el hombre se cree autorizado á intentar lo imposible. Así es que predicó atrevidamente la guerra á la naturaleza, la total ruptura de los lazos de la sangre: «En verdad, en verdad os digo,—exclamaba,—ninguno hay que haya dejado casa, ó padres, ó hermanos, ó esposa, ó hijos, por amor de Dios, el cual no reciba mucho más en este siglo, y en el venidero la vida eterna»[812].

La misma exaltacion respiran las instrucciones que se suponen dadas por Jesús á sus discípulos[813]. En efecto, él, que tan fácil y tolerante se muestra para con los extraños, que á veces se contenta con débiles afecciones[814], manifiesta para con los suyos extraordinario rigor. No le satisfacen los términos medios. Diríase que su escuela era una «órden» basada en las más austeras reglas. Jesús, fiel á su idea de que los cuidados de la vida turban y empequeñecen al hombre, exige un completo desprendimiento de la tierra, una adhesion absoluta por su obra. Sus discípulos no deben llevar dinero, ni provisiones para el camino, ni siquiera una alforja, ni una muda de ropa; deben practicar la pobreza absoluta, vivir de las limosnas y de la hospitalidad que les ofrezcan. «Dad graciosamente lo que graciosamente habeis recibido»[815],—les decia en su hermoso lenguaje. Si los prenden, si los llevan ante los jueces, no deben preparar su defensa; el abogado celestial, el Paráclito, les inspirará lo que han de decir. El Padre les enviará de lo alto su Espíritu, el cual llegará á ser el principio de todas sus acciones, el director de sus pensamientos, su guía á traves del mundo[816]. Cuando los echen de una ciudad, deben sacudir, al abandonarla, el polvo de sus piés, aunque no sin notificarle la proximidad del reino de Dios, á fin de que no pueda alegar ignorancia. Y añadia: «No acabareis de recorrer las ciudades de Israel ántes que venga el Hijo del hombre.»

Un fuego extraño anima todos esos discursos, que tal vez sean en parte creacion del entusiasmo de los discípulos[817]; pero áun así, provienen directamente de Jesús, puesto que obra suya era ese entusiasmo. Jesús anuncia á los que quieren seguirle grandes persecuciones y que serán objeto del ódio del género humano. Envíalos como ovejas en medio de lobos, y les dice que serán azotados en las sinagogas y conducidos á las prisiones. El hermano será entregado por el hermano y el hijo por su padre. Aconséjales que cuando los persigan en un país huyan á otro. «El discípulo no es más que su maestro,—les decia,—ni el siervo más que su amo. Nada temais á los que matan al cuerpo y no pueden matar el alma. ¿No es así que dos pájaros se venden por un cuarto, y no obstante, ninguno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga vuestro padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados; no teneis, pues, que temer; valeis vosotros más que muchos pájaros»[818]. Y añadia: «Todo aquel que me reconociere delante de los hombres, yo tambien le reconoceré delante de mi Padre; mas á quien me negare delante de los hombres, yo tambien le negaré delante de mi Padre que está en los cielos»[819].

En esos accesos de rigor, Jesús se exaltaba hasta el extremo de suprimir la carne. Sus exigencias no tenian ya límites. Desconociendo la manera de ser de la naturaleza del hombre, quiere que no se viva sino para él, que no se ame sino á él únicamente. «Si alguno de los que me siguen,—decia,—no aborrece á su padre y madre, y á la mujer, y á los hijos, y á los hermanos y hermanas, y áun á su vida misma, no puede ser mi discípulo»[820].—«Cualquiera de vosotros que no renuncie á todo lo que posea, no puede ser mi discípulo»[821]. Entónces se mezclaba á sus palabras algo de extraño y sobrehumano; algo semejante á un fuego devorador que agostaba las raíces de la vida, que lo convertia todo en horrible desierto. El áspero y triste sentimiento de disgusto por el mundo y de abnegacion ilimitada, que caracteriza la perfeccion cristiana, tuvieron por fundador, no al ingenioso y jovial moralista de los primeros dias, sino al sombrío gigante á quien una especie de grandioso presentimiento arrojaba más y más fuera del género humano. En aquellos momentos de guerra contra las necesidades más legítimas del corazon, diríase que Jesús habia olvidado el placer de vivir, de amar, de ser y de sentir. Y llevando su exaltacion hasta el extremo, exclamaba: «Si alguno quiere ser mi discípulo, que renuncie á sí mismo y me siga. Quien ama al padre ó á la madre más que á mí, no merece ser mio; y quien ama al hijo ó á la hija más que á mí, tampoco merece ser mio. Quien conserve su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mio, la volverá á hallar. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde á sí mismo?»[822]. Dos anécdotas pertenecientes al género de aquellas que no deben tomarse por históricas pintan perfectamente, aunque exagerándole, ese reto lanzado por Jesús á la naturaleza. «¡Sígueme!»—dijo el maestro á un hombre.—«Señor,—le respondió—permíteme que ántes vaya á dar sepultura á mi padre.» Mas Jesús replicó:—«Sígueme tú, y deja que los muertos entierren á sus muertos; pero tú vé y anuncia el reino de Dios.»—Y otro le dijo: «Señor, yo te seguiré; pero primero déjame ir á despedirme de mi casa.» Respondióle Jesús: «Ninguno que despues de haber puesto su mano en el arado vuelve los ojos atras, es apto para el reino de Dios»[823]. Un extraordinario aplomo, y á veces un acento de singular dulzura, hacian tolerables esas exageraciones: «Venid á mí—exclamaba—todos los que andais agobiados de trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros; aprended de mí, que soy manso y humilde de corazon, y hallaréis el reposo para vuestras almas; porque suave es mi yugo y ligero el peso mio»[824].