De esa moral exaltada, que se expresaba en un lenguaje hiperbólico y espantosamente enérgico, debia resultar un gran peligro para el porvenir. Á fuerza de desprender al hombre de la tierra, se atacaba á la vida en sus mismas fuentes. En adelante, el cristiano que sea mal hijo, mal padre, mal patriota, merecerá por ello elogios, si sus atentados contra la patria y la familia reconocen por orígen el amor de Cristo. La ciudad antigua, la república, madre de todos, el Estado, ley comun de todos, quedan constituidos en hostilidad abierta con el reino de Dios, sembrando en el mundo un gérmen fatal de teocracia.

Otra consecuencia se deja tambien entrever desde entónces. Esa moral, hecha para un momento de crísis, parecerá imposible cuando se trasporte á un medio más tranquilo, al seno de una sociedad segura de su duracion. El Evangelio queda así destinado á convertirse en una utopia que muy pocos cristianos intentarian realizar. Para el mayor número, esas fulminantes máximas deberán dormir en profundo olvido, con el asentimiento del mismo clero; porque el hombre evangélico será un hombre peligroso. El más interesado, el más orgulloso, el más déspota, el más terrenal de todos los humanos, un Luis XIV, por ejemplo, debia encontrar sacerdotes que le persuadiesen, á despecho del Evangelio, de que era buen cristiano. Pero tambien debian encontrarse santos que tomasen al pié de la letra las sublimes paradojas de Jesús. No pudiendo alcanzarse la perfeccion dentro de las condiciones ordinarias de la sociedad, ni practicarse completamente la vida evangélica sino fuera del mundo, quedaba asentado de una manera tácita el principio del ascetismo y del estado monacal. Las sociedades cristianas tendrán, pues, dos reglas morales, una medianamente heróica, para la generalidad de los hombres; otra exaltada hasta el exceso, para el hombre perfecto; y este será el fraile sujeto á reglas que pretendan realizar el ideal evangélico. Es indudable que ese ideal no podia ser de derecho comun, puesto que implicaba la obligacion del celibato y de la pobreza. Bajo este punto de vista, el fraile es en cierto modo el solo cristiano verdadero. El sentido comun se revela contra semejantes excesos, porque para él lo imposible es la señal de la debilidad y del error. Pero, cuando se trata de grandes cosas, el sentido comun es malísimo juez. Para obtener algo de la humanidad, necesario es pedirle mucho. El inmenso progreso moral debido al Evangelio proviene de sus mismas exageraciones. Bajo este supuesto, él ha sido, así como el estoicismo, pero con muchísima más amplitud, un vivo argumento de las fuerzas divinas que el hombre tiene en sí, un monumento elevado al poder de la voluntad.

Compréndese fácilmente que, en el momento á que hemos llegado de la vida de Jesús, todo lo que no era el reino de Dios habia desaparecido para él de un modo absoluto. Jesús se hallaba fuera de la naturaleza, si así puede decirse; la familia, la amistad, la patria no tienen ya para él valor alguno. Sin duda habia hecho desde entónces el sacrificio de su vida. En ocasiones se inclina uno á creer que, viendo en su propia muerte un medio de fundar su reino, concibió deliberadamente el propósito de hacerse matar[825]. Otras veces, la muerte se presenta á él como un sacrificio destinado á apaciguar á su Padre y á salvar á los hombres[826], idea que despues habia de convertirse en dogma. Domínale un gusto singular de persecucion y de suplicios[827], considera su sangre como el agua de un segundo bautismo que debe recibir, y parece poseido de una extraña precipitacion por salir al encuentro de ese bautismo, único que puede calmar su sed[828].

Su grandeza de miras respecto al porvenir era á veces sorprendente. Jesús no desconocia la terrible tempestad que iba á desencadenar sobre el mundo. «No teneis que pensar—decia enérgica y atrevidamente—que yo he venido á traer la paz á la tierra; no he venido á traer la paz, sino la guerra. En una misma casa habrá cinco entre sí desunidos, tres contra dos y dos contra tres. Pues he venido á separar al hijo de su padre, á la hija de su madre, y á la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa»[829].—«Yo he venido á poner fuego á la tierra; y ¿qué he de querer sino que arda?»[830].—«Os echarán de las sinagogas—añadia—y va á venir tiempo en que quien os matare se persuada hacer un obsequio á Dios[831]. Si el mundo os aborrece, sabed que primero que á vosotros me aborreció á mí. Acordaos de aquélla sentencia mia, que os dije: no es el siervo mayor que su amo. Si me han perseguido á mí, tambien os han de perseguir á vosotros»[832].

Arrastrado por esa espantosa progresion de entusiasmo y obedeciendo á las necesidades de una predicacion cada vez más exaltada, Jesús no era ya dueño de sí mismo, pertenecia á su papel y á la humanidad, hasta cierto punto. Hubiérase dicho á veces que su razon se turbaba. Sentia angustias y agitaciones interiores[833]. La gran vision del reino de Dios que incesantemente brillaba ante sus ojos le producia vértigos. Hubo momentos en que sus discípulos le creyeron loco[834], y en que sus enemigos declararon que estaba poseido[835]. Su apasionadísimo temperamento le llevaba á cada instante fuera de los límites de la naturaleza humana. No siendo su obra una obra de razon, sino de aquellas que burlan todas las clasificaciones del humano entendimiento, lo que Jesús exigia más imperiosamente era la «fe»[836]. Esta palabra, base de todos los movimientos populares, era la que más se repetia en el pequeño cenáculo. Claro es que ninguno de esos movimientos se realizaria, si fuese condicion indispensable que aquel que los provoca conquistase uno á uno sus discípulos por medio de pruebas lógicas y bien deducidas. La reflexion no conduce sino á la duda: si los autores de la revolucion francesa, por ejemplo, hubiesen exigido un convencimiento prévio, fruto de largas meditaciones, todos ellos habrian llegado á la vejez sin haber hecho nada. Jesús de igual manera aspiraba á seducir más bien que á convencer. Exigente, imperativo, no sufria ninguna oposicion ni demora, era preciso convertirse. Hasta su dulzura natural parecia haberle abandonado, y en ocasiones se manifestaba rudo y extravagante[837]. Habia momentos en que sus discípulos no le comprendian y en que les inspiraba una especie de temor[838]. Su mal humor contra los obstáculos le hacia cometer á veces actos inexplicables y absurdos en apariencia[839].

Y no es porque su virtud menguase, sino porque su lucha en nombre del ideal contra la realidad llegaba á ser insostenible. La resistencia le irritaba; el contacto de la tierra le exasperaba y le hacia daño. Y su nocion de Hijo de Dios se turbaba y exageraba. La ley fatal que condena á la idea á decaer y empobrecerse desde el momento en que trata de convertir á los hombres, tenía en él su aplicacion. Al tocar los hombres á Jesús, le rebajaban á nivel de ellos. La entonacion que habia adoptado no podia ser mantenida sino por algunos meses; tiempo era ya de que la muerte pusiese fin á una situacion tan violenta, y de que viniera á sustraerle á las imposibilidades de un camino sin término, á libertarle de una prueba demasiado prolongada, á introducirle impecable y para siempre en su celestial serenidad.

CAPÍTULO XX

OPOSICION CONTRA JESÚS

Jesús no encontró, á lo que parece, gran oposicion durante el primer período de su carrera. Gracias á la extremada libertad de que se gozaba en Galilea y al infinito número de maestros que aparecian en todas partes, su predicacion no fué entónces conocida sino entre un círculo de personas bastante reducido. Pero la tormenta empezó á rugir tan pronto como puso la planta en una senda brillante de prodigios y de éxito público. Más de una vez tuvo que huir y ocultarse por temor á las persecuciones[840]. Sin embargo, Antipas no le molestó nunca, como pudiera inferirse por la severidad con que Jesús se expresó algunas veces respecto á él[841]. Tiberiade, residencia ordinaria del tetrarca, no distaba sino una ó dos leguas del país que Jesús habia elegido por centro de su actividad; Antipas oyó desde allí hablar de sus milagros, que, sin duda, tomaba por rasgos de habilidad, y curioso, como lo eran entónces todos los incrédulos, de aquella especie de prestigios, deseó presenciarlos[842]. Pero Jesús, con su tacto ordinario, rehusó satisfacer la curiosidad del tetrarca, guardándose muy bien de extraviarse en un mundo irreligioso, que sólo pretendia verle para disfrutar de un vano pasatiempo. No aspirando á ganar sino al pueblo, guardó para las gentes sencillas medios que únicamente para ellas podian ser eficaces.

Hubo un momento en que se esparció el rumor de que Jesús no era otro sino Juan Bautista, que habia resucitado de entre los muertos. La noticia inquietó un poco á Antipas[843], el cual empleó la astucia á fin de alejar de sus dominios al nuevo profeta. So pretexto de interesarse por Jesús, algunos fariseos fueron á decirle que Antipas queria hacerle matar. Pero no obstante su gran sencillez, Jesús conoció el lazo que se le tendia y no abandonó el país[844]. Su carácter pacífico y su ninguna implicacion en las agitaciones populares concluyeron por tranquilizar al tetrarca y por alejar el peligro.