La acogida que se dispensó á la nueva doctrina en todas las ciudades de Galilea no fué igualmente benévola. No sólo la incrédula Nazareth continuaba rechazando al que debia darle inmarcesible gloria; no sólo sus hermanos persistian en no creer en él[845], sino que algunas de las ciudades del lago, que en general no le eran hostiles, se hallaban muy léjos de estar completamente convertidas. Jesús se queja á menudo de la incredulidad y de la dureza de corazon que encuentra á cada paso; y aunque en tales reconvenciones haya gran parte de exageracion, propia del predicador, y aunque en ellas se eche de ver esa especie de convicium seculi, á que Jesús se mostraba aficionado, á imitacion de Juan Bautista[846], conócese, no obstante, que no todo el país se mostraba adicto al reino de Dios.
«¡Ay de tí, Corazin!—exclamaba.—¡Ay de tí, Betsaida! que si en Tyro y en Sidon se hubiesen hecho los milagros que se han obrado en vosotras, tiempo há que habrian hecho penitencia, cubiertas de ceniza y de cilicio. Por tanto os digo que Tyro y Sidon serán ménos rigorosamente tratados en el dia del juicio que vosotras. Y tú, Capharnahum, ¿piensas acaso levantarte hasta el cielo? Serás, sí, abatida hasta el infierno; porque si en Sodoma se hubiesen hecho los milagros que en tí, Sodoma quizá subsistiera áun hoy dia. Por eso te digo que el país de Sodoma en el dia del juicio será con ménos rigor que tú castigado[847].»
«La reina de Saba,—añadia,—hará de acusadora en el dia del juicio contra esta raza de hombres, y la condenará; por cuanto vino de los extremos de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomon, y con todo, aquí teneis quien es más que Salomon. Los naturales de Nínive se levantarán en el dia del juicio contra esta raza de hombres, y la condenarán; por cuanto ellos hicieron penitencia á la predicacion de Jonás. Y con todo, el que está aquí es más que Jonás»[848].
Su vida errante y vagabunda, que en un principio se le presentaba llena de atractivo, empezaba tambien á fatigarle.
«Las raposas,—decia,—tienen sus madrigueras, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene sobre qué reclinar la cabeza»[849].
Su corazon destilaba en grado progresivo la reconvencion y la amargura:—acusaba á los incrédulos de resistirse á la evidencia, y decia que habia personas que, áun en el momento en que el Hijo del hombre apareciese rodeado de gloria celestial, dudarian todavía de él[850].
Jesús no podia, en efecto, acoger la oposicion con la calma del filósofo que, comprendiendo la razon de la diversidad de opiniones que se disputan el mundo, encuentra muy natural el que no todos adopten sus principios. Uno de los principales defectos de la raza judía es la acritud en la controversia y el tono injurioso que mezcla en ella. Nunca hubo en el mundo tan acaloradas disputas como las que los judíos tenian entre sí. Lo que hace al hombre político y moderado es el sentimiento de la variedad de opinion. La falta de ese sentimiento es uno de los rasgos que caracterizan el espíritu semítico. Las obras delicadas, como, por ejemplo, los diálogos de Platon, son completamente extrañas á esos pueblos. Jesús, no obstante hallarse exento de casi todos los defectos de su raza, y sin embargo de ser su cualidad predominante una delicadeza infinita, se vió obligado, á pesar suyo, á usar en la polémica del estilo general[851]. De igual manera que Juan Bautista[852], empleaba contra sus adversarios términos durísimos. Su carácter, de exquisita mansedumbre para con los humildes, se exasperaba ante la incredulidad ménos agresiva[853]. Ya no era aquel apacible maestro del «Discurso sobre la montaña», que aún no habia encontrado ni resistencia ni dificultades. La pasion, que formaba el fondo de su naturaleza, le arrastraba al terreno de las más violentas invectivas. Esa mezcla original de encontrados afectos no debe causarnos sorpresa. Un hombre de nuestra época, M. de Lamennais, ha ofrecido, con raro vigor, el mismo contraste. En su hermoso libro «Palabras de un creyente», la cólera más desenfrenada y los giros más suaves y delicados alternan á cada paso. Y ese hombre, que en el trato comun de la vida era amable y bondadoso para con todo el mundo, se hacia intratable y se exasperaba hasta la locura con aquellos que disentian de sus opiniones. De igual manera, Jesús se aplicaba, no sin razon, el pasaje del libro de Isaías[854]: «No contenderá con nadie, no voceará, ni oirá ninguno su voz en las plazas; no quebrará la caña cascada, ni acabará de apagar la mecha que aún humea»[855]. Y sin embargo, várias de las recomendaciones que hace á sus discípulos encierran el gérmen de un verdadero fanatismo[856], gérmen que la Edad media debia desarrollar de una manera cruel. Pero ¿debe censurársele por ello? Ninguna revolucion se ha cumplido sin algo de rudeza. Ni la Reforma, ni la Revolucion francesa se habrian llevado á cabo si Lutero y los actores del gran drama de 1789 hubiesen debido observar los miramientos que exige la buena crianza. Felicitémonos, pues, de que Jesús no encontrase una ley que castigara el ultraje hecho á una clase de ciudadanos;—entónces los fariseos habrian sido inviolables. Todos los grandes casos que registra la historia de la humanidad se han efectuado en nombre de principios absolutos. Un filósofo crítico hubiera dicho á sus discípulos: «Respetad la opinion ajena y creed que, en este mundo, nadie posee completamente el tesoro de la verdad»; pero la accion de Jesús no tiene nada de comun con las desinteresadas especulaciones del filósofo. Para un alma ardiente, el pensamiento de haber tocado por un instante el ideal y de haber sido detenida por la maldad de los hombres, es de una amargura insoportable. ¿Qué no sería para el fundador de un mundo nuevo?
El obstáculo invencible que hallaban las ideas de Jesús procedia del judaismo ortodoxo representado por los fariseos. Éstos eran los verdaderos judíos, el nervio y la fuerza del judaismo, miéntras que Jesús se alejaba cada vez más de la antigua Ley. Aunque el centro de aquel partido se hallaba en Jerusalen, habia, sin embargo, algunos adeptos en Galilea, establecidos en el país ó permaneciendo en él accidentalmente[857]. Por regla general, eran hombres de limitado entendimiento, de grande apego á las vanas exterioridades y de una devocion desdeñosa, oficial y muy satisfecha de sí misma[858]. Sus modales eran ridículos y hacian sonreir á los mismos que los respetaban. Pruebas de ello son los satíricos apodos con que los distinguia el pueblo. Habia el «fariseo patizambo» (Nikfi), que marchaba por las calles arrastrando los piés y tropezando contra los guijarros; el «fariseo frente-sangrienta» (Kizai), que á fuerza de obstinarse en mirar al suelo por no ver á las mujeres se magullaba la frente contra las esquinas, teniéndola siempre ensangrentada; el «fariseo esteva» (Medukia), que permanecia plegado constantemente como el mango de un arado; el «fariseo robusto de hombros» (Sckimi), que andaba con la espalda encorvada como si todo el peso de la Ley gravitase sobre sus hombros; el «fariseo ¿qué hay que hacer? aquí estoy yo», siempre á caza de un precepto que cumplir; y, por último, el «fariseo barnizado», en el cual no eran las devotas exterioridades sino un barniz de hipocresía[859]. Y en efecto, ese rigorismo no era muchas veces sino vana apariencia que en el fondo ocultaba una gran relajacion moral[860]. Sin embargo, la credulidad pública no sospechaba todo lo que habia de falaz en aquellas mojigaterías. El pueblo, cuyo instinto es siempre recto, hasta en aquellos instantes en que padece mayores extravíos respecto á las cuestiones personales, se deja engañar fácilmente por los falsos devotos. Lo que en ellos ama es sin duda bueno y digno de ser amado; pero no tiene bastante penetracion para discernir la apariencia de la realidad.
No es difícil comprender la antipatía que, en un mundo tan apasionado como aquél, debió estallar desde un principio entre Jesús y las personas del carácter farisáico. Jesús no queria sino la religion del corazon; la de los fariseos consistia, casi únicamente, en meras fórmulas, en vanas observancias. Jesús atraia hácia su doctrina á los humildes y abria los brazos á aquellos que la sociedad rechazaba; los fariseos veian en ello un insulto á su religion de personas decentes. Un fariseo era un hombre infalible é impecable, un pedante seguro de tener siempre razon, que en la sinagoga ocupaba siempre el primer sitio, que oraba en las calles y daba limosna á són de trompeta, y que miraba si le dirigian un saludo. Jesús, por el contrario, sostenia que cada uno debe esperar con temor y humildad el juicio de Dios. Sin embargo, la mala direccion religiosa que el farisaismo representaba no reinó exclusivamente. Ántes de Jesús, y áun en su misma época, muchos hombres, tales como Jesús, hijo de Sirach, uno de los verdaderos antepasados de Jesús de Nazareth, Gamaliel, Antígono de Soco, y sobre todo, el tierno y noble Hillel, habian enseñado doctrinas mucho más elevadas y casi evangélicas. Pero aquellas buenas semillas quedaron sofocadas en gérmen. Las hermosas máximas de Hillel, que resumian toda la Ley en la equidad[861], y las de Jesús, hijo de Sirach, que hacian consistir el culto en la práctica del bien[862], fueron olvidadas ó anatematizadas[863]. El espíritu mezquino y exclusivista de Schammai habia obtenido sobre ellas el triunfo. Una masa enorme de «tradiciones» habia llegado á desnaturalizar la Ley[864], so pretexto de protegerla y de interpretarla. Esas medidas tuvieron sin duda su lado útil; debe mirarse como un bien el que el pueblo judío haya amado su ley hasta el frenesí, puesto que ese amor frenético fué el que salvó el mosaismo bajo Antíoco Epifáneo y bajo Heródes, y el que nos conservó la levadura de que más tarde debia salir la religion cristiana. Pero todas aquellas antiguas precauciones, consideradas en sí mismas, no eran sino otras tantas puerilidades. La sinagoga, entre cuyas manos estaba el sagrado depósito, se habia convertido en fuente de errores. Su reinado habia concluido; pero pedirle que abdicase era pedirle un imposible, porque ningun poder establecido abdica, ni abdicará nunca voluntariamente.
Las luchas de Jesús con la hipocresía oficial eran, pues, contínuas. La táctica ordinaria de los reformadores que aparecian en el estado religioso que acabamos de describir, estado que puede llamarse «formalismo tradicional», consistia en oponer á las tradiciones el «texto» de los libros sagrados. El celo religioso es siempre innovador, áun en aquellos mismos momentos en que pretende ser esencialmente conservador. Y así como los neo-católicos de nuestros dias se alejan cada vez más del Evangelio, de igual modo se alejaban los fariseos á cada instante de la Biblia. Hé ahí por qué el reformador puritano, partiendo del texto inmutable para criticar la teología corriente, que marcha de generacion en generacion, es casi siempre «bíblico» por excelencia. Lo mismo hicieron despues los caraítas y los protestantes. Jesús aplicó el hacha á la raíz con mayor energía. Verdad es que á veces se le ve invocando los textos contra las falsas Masoras ó tradiciones de los fariseos[865]; pero, en general, se cuida poco de exegésis y prefiere dirigir su llamamiento á la conciencia. Bajo su segur innovadora caen al mismo tiempo texto y comentarios. Demuestra, sí, á los fariseos que con sus tradiciones alteran gravemente el mosaismo; pero no pretende de ningun modo volverse hácia Moisés, porque su objeto se hallaba en el porvenir, y no en el pasado. Más bien que el reformador de una antigua religion, Jesús era el creador de la religion eterna de la humanidad.
Las disputas estallaban casi siempre á causa de una infinidad de prácticas exteriores que la tradicion habia introducido, y que ni Jesús ni sus discípulos observaban[866]; cosa que escandalizaba á los fariseos y por la cual le dirigian vivas reconvenciones. Cuando comia en casa de ellos, hacian grandes aspavientos al ver que no se sujetaba á las abluciones de costumbre. «Dad limosna,—les decia Jesús,—y todas las cosas estarán limpias en órden á vosotros»[867]. Lo que lastimaba en grado superlativo su tacto delicado era, el aire de seguridad que los fariseos afectaban respecto á las cosas religiosas, y su mezquina devocion, cuyo móvil consistia siempre en las preeminencias y en los títulos, y nunca en el mejoramiento de los corazones. Jesús expresaba esa idea, con gran exactitud y atractivo, en una admirable parábola: