«Dos hombres subieron al templo á orar; el uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo puesto en pié oraba en su interior de esta manera: «¡Oh Dios! yo te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como este publicano; ayuno dos veces á la semana, pago los diezmos de todo lo que poseo.» El publicano, al contrario, puesto allá léjos, ni áun los ojos osaba levantar al cielo; sino que daba golpes de pecho, diciendo: «Dios mio, ten misericordia de mí, que soy un pecador.» Os declaro, pues, que éste volvió á su casa justificado, mas no el otro»[868].
La consecuencia de aquellas luchas era un ódio que no podia satisfacerse sino con la muerte. Juan Bautista habia provocado ya enemistades del mismo género[869]. Pero la aristocracia de Jerusalen, que le despreciaba, habia dejado que las personas sencillas le tomasen por un profeta[870]. Mas esta vez la guerra era á muerte, porque un espíritu nuevo aparecia en el mundo, marcando con el sello de la proscripcion cuanto le habia precedido. Juan Bautista era profundamente judío; Jesús lo era muy poco. Jesús se dirige siempre á la delicadeza del sentimiento moral. No es ergotista sino cuando argumenta contra los fariseos, cuando el adversario le obliga, como sucede siempre, á adoptar su propio tono[871]. Su exquisita ironía, sus malignas provocaciones iban siempre derechas al corazon. Estigmatos eternos, ellos han permanecido coagulados en la llaga. Esa túnica de Neso del ridículo, cuyos girones arrastra en pos de sí el judío descendiente de los fariseos, desde hace diez y ocho siglos, es obra de Jesús; él fué quien la tejió con artificio divino. Obra maestra de elevada ironía, sus rasgos se han inscrito en líneas de fuego sobre la piel del hipócrita y del falso devoto. ¡Rasgos incomparables, dignos de un hijo de Dios! Porque sólo un Dios sabe matar de esa manera. Sócrates y Molière no hacen sino arañar la epidérmis. Jesús introduce el hierro candente hasta la médula de los huesos.
Natural era que ese gran maestro en ironía pagase con la vida su triunfo. Ya en Galilea los fariseos habian tratado de perderle empleando contra él la maniobra que más tarde debia secundar en Jerusalen sus proyectos siniestros, maniobra que consistia en interesar en su querella á los partidarios del nuevo órden político existente[872]. Las facilidades que Jesús tenía en Galilea para ocultarse, y la debilidad del gobierno de Antipas hicieron abortar aquellas tentativas. Pero él mismo fué bien pronto á ofrecerse al peligro. Jesús conocia que permaneciendo confinado en Galilea, su accion tendria que ser necesariamente muy limitada. La Judea era para él un iman de irresistible atraccion; así, pues, quiso tentar un último esfuerzo á fin de convertir la ciudad rebelde; no parece sino que se empeñó en justificar el proverbio de «ningun profeta debe morir fuera de Jerusalen»[873].
CAPÍTULO XXI
ÚLTIMO VIAJE DE JESÚS Á JERUSALEN
Hacia ya mucho tiempo que Jesús tenía conciencia de los peligros que le rodeaban[874]. Durante un período que puede calcularse de diez y ocho meses evitó ir en peregrinacion á Jerusalen[875]. Por la fiesta de los Tabernáculos del año 32 (segun la hipótesis que hemos adoptado), sus parientes, siempre incrédulos y nada bien dispuestos á su favor[876], le excitaron á que emprendiese el viaje á la capital. El evangelista Juan parece indicar que semejante excitacion ocultaba algun proyecto malévolo. «Date á conocer al mundo—le decian—nadie hace las cosas en secreto si quiere ser conocido. Véte á Judea para que vean allí las obras que haces.» Sospechando alguna traicion, Jesús rehusó en un principio; mas así que partió la caravana de peregrinos, se dirigió tambien á Jerusalen, casi solo y como ocultándose de los demás[877]. Aquel fué su último adios á Galilea. La fiesta de los Tabernáculos se celebraba en el equinoccio de otoño; por consiguiente, aún faltaban seis meses para el fatal desenlace. Pero durante ese intervalo, Jesús no volvió á ver sus queridas provincias del norte. Ha pasado, pues, el tiempo de las dulzuras, y menester es recorrer ahora paso á paso la dolorosa via que terminará en las angustias de la muerte.
Sus discípulos y las piadosas mujeres que le servian volvieron á encontrarle en Judea[878]; pero ¡cuán trocadas estaban allí las cosas para él! En Jerusalen, Jesús era un extranjero y conocia que una muralla inexpugnable se alzaba en aquella ciudad ante sus pasos. La malevolencia de los fariseos le perseguia constantemente, rodeándole de asechanzas y de objeciones[879]. En vez de la credulidad ilimitada, patrimonio feliz de las naturalezas vírgenes, que encontraba en Galilea; en vez de esos pueblos buenos, afectuosos é incapaces de objeciones (porque la objecion es siempre, en cierto modo, hija de la perversidad y del orgullo), Jesús no hallaba en Jerusalen sino una incredulidad obstinada, contra la cual iban á estrellarse los medios de accion que tan buen éxito le habian ofrecido en el norte. Sus discípulos eran allí despreciados por la sola cualidad de ser galileos. Nicodemo, que habia tenido con él en uno de sus precedentes viajes una entrevista nocturna, estuvo á pique de comprometerse por haber querido defenderle en el sanedrin.—«¿Eres acaso tú, como él, galileo?—le preguntaron.—Examina las escrituras y verás que un profeta no puede venir de Galilea»[880].
Como ya hemos dicho, Jesús no gustaba de las grandes ciudades. Hasta entónces habia evitado siempre los centros populosos, prefiriendo desplegar su accion en las campiñas y en los burgos de mediana importancia. Muchos de los preceptos que daba á sus apóstoles eran absolutamente inaplicables á una sociedad ménos sencilla que la de una aldea[881]. Acostumbrado á su amable comunismo galileo y no teniendo ninguna idea de lo que era el mundo, aventuraba á cada instante candideces que en Jerusalen debian parecer muy singulares[882]. Entre aquellas murallas, su risueña imaginacion y su amor á la naturaleza estaban fuera de su centro. La verdadera religion no debia salir del tumulto de las ciudades, sino de la tranquila serenidad de los campos.
Érale desagradable el átrio del templo á causa de la arrogancia de los sacerdotes. Algunos de sus discípulos, que conocian mejor que él á Jerusalen, quisieron un dia hacerle notar la belleza de las construcciones del templo, la buena calidad de los materiales y las riquezas de las ofrendas votivas que cubrian las paredes. «¿Veis todos esos edificios?—les respondió—pues yo os digo de cierto que no quedará de ellos piedra sobre piedra»[883]. Nada de todo aquello excitó, pues, su admiracion; más que el templo se la excitó una pobre viuda que pasaba en aquel instante y que depositó un óbolo en el arca ó cepillo de las ofrendas: «En verdad os digo—exclamó—que esta pobre viuda ha echado más en el arca que todos los otros. Por cuanto los demás han echado algo de lo que les sobraba; pero ésta ha dado de su misma pobreza todo lo que tenía»[884]. Esa manera de criticar todo lo que se hacia en Jerusalen, de realzar al pobre que daba poco, rebajando al rico que daba mucho[885]; de censurar al clero opulento que nada hacia por el bien del pueblo, exasperó naturalmente la casta sacerdotal. El templo, como el haram musulman que le ha sucedido, era el asiento de una aristocracia conservadora; y por consiguiente el sitio ménos á propósito del mundo para proclamar con éxito ideas revolucionarias. ¡Intentar semejante cosa era lo mismo que si un innovador de nuestros dias predicase al rededor de la mezquita de Omar la abrogacion del islamismo! Y sin embargo, allí se hallaba el centro de la vida judáica, y en aquel punto era preciso vencer ó morir. En ese calvario, donde seguramente sufrió Jesús mucho más que en el Gólgotha, sus dias se deslizaban en medio de amargas disputas, de enojosas controversias de derecho canónico y de exegésis, para las cuales, no sólo no le daba ninguna ventaja su grande elevacion moral, sino que, por el contrario, le hacia aparecer como inferior á sus contrincantes.
El corazon sensible y bondadoso de Jesús halló, sin embargo, en medio de aquella vida agitada, un apacible asilo en el cual él olvidaba sus habituales amarguras. Despues de haber pasado el dia cuestionando en el templo, Jesús descendia por la tarde al valle de Cedron, descansaba un rato bajo la arboleda de un establecimiento agrícola (probablemente algun molino de aceite), llamado Gethsemaní[886], el cual servia de punto de recreo á los habitantes, é iba á pasar la noche sobre el monte de los Olivos que termina al Oriente el horizonte de la ciudad[887]. Aquél es el único sitio de los alrededores de Jerusalen que ofrece un aspecto algo umbroso y risueño. Las plantaciones de olivos, higueras y palmas, eran allí numerosas, y de ellas tomaban nombre las aldeas, granjas ó cercados de Bethphage, Gethsemaní y Bethania[888]. Sobre el monte de los Olivos habia dos grandes cedros, cuyos recuerdos conservaron por espacio de mucho tiempo los judíos dispersos; nubes de palomas iban á buscar asilo entre sus ramas, y bajo su espléndido follaje habia establecidas algunas tiendas[889]. Aquellos arrabales fueron, en cierto modo, el barrio favorito de Jesús y de sus discípulos, y se echa de ver que le conocian palmo á palmo.