Sin embargo, el alma noble y recta de Pedro estaba como sobre ascuas, é hizo seña á Juan para que tratara de saber á quién habia querido aludir el maestro. Juan, que podia conversar con Jesús sin que los demás lo oyeran, le suplicó por lo bajo que le diese la clave de aquel enigma. Pero Jesús, que no tenía sino sospechas, no quiso pronunciar nombre alguno; únicamente dijo á Juan que reparase en aquel á quien iba á ofrecer el pan mojado en la salsa. Y al mismo tiempo ofreció una sopa á Júdas. Por consiguiente, sólo Juan y Pedro tuvieron conocimiento del hecho. Jesús dirigió á Júdas algunas palabras que envolvian una amarga reconvencion; pero no fueron comprendidas de los circunstantes, los cuales creyeron, al ver salir á Júdas en seguida, que Jesús le habia dado alguna órden relativa á la fiesta del dia siguiente[1010].

Por el momento, aquella comida no llamó la atencion de nadie, y exceptuando las aprensiones que el maestro confió á sus discípulos y que no fueron comprendidas sino á medias, nada pasó en ella de extraordinario. Pero, despues de la muerte de Jesús, se atribuyeron á aquella noche solemnes significados, y la imaginacion de los creyentes derramó sobre ella una tinta de suave y dulce misticismo. Los últimos momentos de una persona querida son los que más profundamente se graban en la memoria. Por una ilusion inevitable, se atribuyen á las conversaciones que entónces se tuvieron con ella una significacion que no habrian adquirido sin la muerte, y se aglomeran en el espacio de algunas horas los recuerdos de años enteros. Despues de la cena de que acabamos de hablar, la mayor parte de los discípulos no volvieron á ver al maestro. Aquél fué, pues, el último adios, el banquete de despedida. En aquella cena, de igual modo que en otras muchas colaciones, Jesús practicó su rito misterioso del fraccionamiento del pan. Como quiera que desde un principio se creyó que el citado banquete habia tenido lugar el dia de Pascua, siendo, por consiguiente, el festin pascual, natural fué que se concibiese la idea de haber quedado fundada en aquel momento supremo la institucion de la Eucaristía. Partiendo de la hipótesis de que Jesús conocia de antemano el momento preciso de su muerte, los discípulos debian suponer que el maestro habia reservado para sus últimos momentos una multitud de actos importantes. Y como quiera que una de las ideas fundamentales de los primeros cristianos consistia en que la muerte de Jesús habia sido un sacrificio destinado á reemplazar todos los de la antigua Ley, la «Cena» (que por última vez repetimos se suponia haberse celebrado en la víspera de la Pasion) llegó á ser el sacrificio por excelencia, el acto constitutivo de la nueva alianza, el signo de la sangre derramada por la salvacion de todos[1011]. Así, pues, el pan y el vino, puestos en relacion con la misma muerte, se convirtieron en la imágen del Nuevo Testamento, que Jesús habia sellado con sus dolores, en la conmemoracion del sacrificio de Cristo hasta su advenimiento[1012].

Ese misterio se fijó desde muy temprano en un pequeño relato sacramental, que poseemos bajo cuatro formas muy análogas entre sí[1013]. Y sin embargo, Juan, á quien tanto preocupan las ideas eucarísticas[1014], que refiere con tanta prolijidad el último banquete, relacionando con él tantas circunstancias y tantos discursos[1015]; Juan, único entre los narradores evangélicos que tiene sobre este punto el valor de un testigo ocular, no conoce el relato en cuestion, lo cual prueba que no consideraba la institucion de la Eucaristía como una particularidad de la Cena. En su concepto, el rito de la Cena es el lavatorio de los piés, rito que probablemente obtuvo entre ciertas familias del cristianismo primitivo una importancia que perdió con el tiempo[1016]. Sin duda Jesús le habia practicado en algunas ocasiones para dar á sus discípulos una leccion de humildad fraternal. Pero se trasfirió á la víspera de su muerte, á causa de la tendencia que despues hubo en agrupar al rededor de la Cena todas las grandes recomendaciones morales y rituales de Jesús.

Por lo demás, un elevado sentimiento de amor, de caridad, de concordia y de mútua deferencia, animaba los recuerdos que los discípulos creian conservar de las últimas horas de Jesús[1017]. El alma de los símbolos y de los discursos, que la tradicion cristiana colocó en aquel sagrado momento, es siempre la unidad de su Iglesia, constituida por él ó por su espíritu: «Un nuevo mandamiento os doy—decia—que os ameis unos á otros, y que del modo que yo os he amado á vosotros, así tambien os ameis recíprocamente. Por aquí conocerán todos que sois mis discípulos, si os teneis amor unos á otros. Ya no os llamaré siervos, pues el siervo no es sabedor de lo que hace su amo. Mas á vosotros os he llamado amigos; porque os he hecho saber cuantas cosas oí de mi Padre. Lo que os mando es que os ameis unos á otros»[1018].

Algunas rivalidades, algunas luchas de preeminencia se produjeron todavía en aquellos postreros momentos[1019]. Jesús hizo notar que si él, que era el maestro, habia estado entre sus discípulos como su servidor, con mayor motivo debian ellos subordinarse unos á otros. Segun algunos, parece que les dijo al beber el vino: «Yo os declaro que no beberé ya más desde ahora de este fruto de la vid, hasta el dia en que beba con vosotros el nuevo en el reino de mi Padre»[1020]. Otros afirman que les prometió para muy pronto un banquete celestial, en el cual se hallarian sentados en tronos cerca de él[1021].

Hácia el fin de la velada, los presentimientos de Jesús se propagaron, á lo que parece, al alma de sus discípulos. Todos sentian que se hallaban cercanos á una crísis y que un grave peligro amenazaba al maestro. Hubo un instante en que Jesús pensó en tomar algunas precauciones:—habló de espadas, y como le dijeran que habia dos entre los circunstantes, «basta»—respondió—[1022]. Pero desechó la idea y no volvió á hablar de ello, comprendiendo sin duda que aquellos tímidos provincianos no podrian oponer resistencia á la fuerza armada de los grandes poderes de Jerusalen. Cephas, impulsado por su gran corazon y lleno de confianza en sí mismo, juró que le acompañaria á la prision y que moriria con él. Jesús le opuso algunas dudas con su acostumbrada delicadeza de ingenio; y segun una tradicion, que probablemente se remonta hasta el mismo Pedro, le emplazó para el canto del gallo[1023]. Todos, á imitacion de Cephas, juraron que no le abandonarian.

CAPÍTULO XXIV

ARRESTO Y CAUSA DE JESÚS

La noche habia cerrado ya completamente[1024] cuando salieron de la sala[1025]. Segun su costumbre, Jesús atravesó el valle del Cedron, y acompañado de sus discípulos se dirigió al huerto de Gethsemaní, situado al pié del monte de los Olivos[1026]. Sentóse allí, y dominando á sus discípulos con su inmensa superioridad, permanecia en vela y en oracion miéntras ellos dormian. De pronto una patrulla armada y provista de antorchas invade el huerto. Eran los agentes del templo, especie de brigada de policía que se habia dejado á los sacerdotes: iban armados de palos y escoltados de un destacamento de soldados romanos con espadas. La órden del arresto emanaba del gran sacerdote y del sanedrin[1027]. Conociendo Júdas las costumbres de Jesús, les habia indicado que en aquel sitio podrian sorprenderle más fácilmente. Júdas, segun la tradicion unánime de los primeros tiempos, acompañaba á la patrulla[1028], y si hemos de creer lo que algunos afirman[1029], llevó la infamia hasta el extremo de designar con un beso á la víctima de su negra traicion. Sea como quiera, lo cierto es que hubo un principio de resistencia de parte de los discípulos[1030]. Uno de ellos (Pedro, segun testigos oculares)[1031] desenvainó la espada é hirió en una oreja á uno de los servidores del gran sacerdote, llamado Malek. Jesús detuvo aquel primer movimiento y se entregó voluntariamente á los soldados. Los discípulos, débiles, é incapaces de obrar de concierto contra autoridades que gozaban de tanto prestigio, huyeron cada cual por su lado. Sólo Juan y Pedro siguieron desde léjos al maestro sin perderle de vista. Otro jóven desconocido, cubierto de una ligera túnica, le seguia tambien: los soldados quisieron prenderle, pero el jóven huyó, dejando la túnica entre sus manos[1032].

La conducta que los sacerdotes habian resuelto observar contra Jesús se hallaba en un todo conforme con el derecho establecido. El procedimiento contra el «seductor» (mesith) que trata de atentar á la pureza de la religion se explica en el Talmud con detalles cuya ingenua impudencia hace sonreir. La asechanza, la alevosía, están en él erigidas en parte esencial de la instrucción criminal. Cuando hay un hombre acusado de «seduccion» se colocan dos testigos ocultos detrás de un tabique, y se arreglan las cosas de un modo que el prevenido éntre en una habitacion contigua, á fin de que los dos testigos en cuestion puedan oirle sin que él lo sospeche. Á mayor abundamiento se encienden dos luces junto á él para que los testigos ocultos puedan declarar que «le han visto»[1033]. Preparadas las cosas de este modo, se hace que repita su blasfemia, induciéndole á que se retracte. Si persiste en ella, los testigos le conducen al tribunal y es apedreado. El Talmud añade que de esta manera fué como se procedió con Jesús, que fué condenado por las declaraciones de los consabidos testigos, y que, además, el crímen de «seduccion» es el único para el cual se preparan tan originales testimonios[1034].