En efecto, los discípulos de Jesús nos dicen que la «seduccion» era el crímen de que acusaban á su maestro[1035], y, á excepcion de algunas anotaciones, fruto de la imaginacion rabínica, el relato de los evangelios concuerda rasgo por rasgo con el procedimiento que describe el Talmud. El plan de los enemigos de Jesús era convencerle, por informe testimonial y por su propia confesion, de blasfemia y de atentado contra la religion mosáica, condenarle á muerte con arreglo á la Ley y remitir despues la sentencia á Pilato para que éste la confirmase. Como ya hemos visto, la autoridad sacerdotal residia de hecho en manos de Annás. La órden de arresto procedia de él probablemente, y á casa de aquel poderoso personaje fué adonde, en un principio, condujeron á Jesús[1036]. Annás le interrogó acerca de su doctrina y de sus discípulos; pero Jesús rehusó con noble altivez entrar en largas explicaciones. Remitiéndose á su enseñanza, que habia sido pública, declaró que jamás habia tenido doctrina secreta, y dijo al gran sacerdote que interrogase á aquellos que le habian escuchado. Nada más natural que esa respuesta; pero el exagerado respeto que inspiraba el antiguo pontífice la hizo aparecer osada é irreverente, y uno de los circunstantes replicó á ella—segun dicen—dando á Jesús un bofeton.
Pedro y Juan habian seguido al maestro hasta la morada de Annás: Juan, que no era desconocido en la casa, penetró sin dificultad, mas su compañero fué detenido á la entrada, y el hijo del Zebedeo tuvo que suplicar á la portera que le dejase paso.
La noche era fria.
Pedro permaneció en la antecámara y se acercó á un brasero al rededor del cual se calentaban algunos sirvientes, quienes no tardaron en reconocerle como discípulo del preso. Denunciado por su acento galileo y apremiado por las preguntas que le dirigian los lacayos, entre los cuales se hallaba un pariente de Malek que le habia visto en Gethsemaní, el desventurado aseguró por tres veces que jamás habia tenido relacion alguna con Jesús. Pedro creia que el maestro no podia oirle y estaba léjos de imaginar cuán digno de reprobacion era aquel acto de disimulada cobardía. Pero su excelente naturaleza le reveló bien pronto la falta que acababa de cometer. Una circunstancia fortuita, el canto del gallo, vino á recordarle las palabras que le habia dicho el maestro. Entónces se enterneció su corazon, salió afuera y se echó á llorar amargamente[1037].
Aunque verdadero autor del homicidio jurídico que iba á consumarse, Annás no tenía poderes para pronunciar la sentencia de Jesús; por eso le remitió á su yerno Caifás, que era el posesor del título oficial. Ciego instrumento de su suegro, Caifás debia naturalmente ratificar en todo y por todo las insinuaciones de aquél. El sanedrin se hallaba reunido en su casa[1038]. Empezóse la vista, y varios testigos, preparados de antemano con arreglo al procedimiento inquisitorial expuesto en el Talmud, comparecieron ante los jueces. La frase fatal que Jesús habia realmente pronunciado: «Yo destruiré el templo de Dios y le reconstruiré en tres dias», fué citada por dos testigos. Blasfemar del templo de Dios era, segun la ley judáica, blasfemar de la misma Divinidad[1039]. Jesús guardó silencio, rehusando explicar las palabras que se le acriminaban. Si hemos de creer lo que dice un relato, el gran sacerdote le conminó entónces que dijera si él era el Mesías. Jesús respondió afirmativamente y proclamó ante los jueces el próximo advenimiento de su reino celestial[1040]. Sin embargo, parécenos que el valor de Jesús, decidido ya á morir, no exige semejante confesion: es muy probable que en casa de Caifás, como en la de Annás, guardase ese mismo silencio que fué su regla de conducta en los últimos instantes de su vida. La sentencia estaba resuelta de antemano, y sólo se buscaban pretextos para justificarla: conociéndolo Jesús, no trató de emprender una defensa inútil. Bajo el punto de vista del judaismo ortodoxo, Jesús era real y verdaderamente un blasfemo, un destructor del culto establecido; esto supuesto, la ley castigaba con pena de muerte semejantes crímenes[1041]. La asamblea le declaró por voto unánime culpable de crímen capital. Los miembros del consejo que tenian por él secretas simpatías, se hallaban ausentes ó no votaron[1042]. La frivolidad propia de las aristocracias de antigua data no permitió á los jueces reflexionar mucho tiempo sobre los resultados de la sentencia que acababan de firmar. La vida de un hombre se sacrificaba entónces con suma ligereza; de seguro no pensaron los miembros del sanedrin en la terrible cuenta que de aquel decreto, pronunciado con tan indolente desden, tendrian sus hijos que dar á la posteridad irritada.
El sanedrin no tenía derecho para hacer ejecutar una sentencia de muerte[1043]. Pero, gracias á la confusion de poderes que entónces reinaba en Judea, no por eso dejaba Jesús de hallarse condenado desde aquel momento. Así es que permaneció el resto de la noche expuesto á los insultos y malos tratamientos de la más ínfima chusma, la cual no le escaseó ninguna afrenta[1044].
Á la siguiente mañana se reunieron de nuevo los ancianos y los jefes de los sacerdotes[1045], para tratar de que Pilato aprobase la condena pronunciada por el sanedrin, condena que no podia tener cumplido efecto sin tal requisito, indispensable desde la ocupacion romana. El procurador no se hallaba investido, como el legado imperial, del derecho de vida y muerte; pero como Jesús no era ciudadano romano, bastaba la autorizacion del gobierno para que se diera curso al decreto pronunciado contra él. Los romanos, como sucede siempre que un pueblo político somete á una nacion en la que se confunden la ley civil y la religiosa, habian llegado á prestar una especie de apoyo oficial á la ley judáica. El derecho romano no se aplicaba á los judíos; éstos permanecian sometidos al derecho canónico que vemos consignado en el Talmud, de igual manera que los árabes de Argelia se hallan todavía regidos por el código del Islam. Aunque neutros en religion, los romanos sancionaban con mucha frecuencia las penas que se imponian por delitos religiosos. La situacion era, pues, muy semejante á la de las ciudades santas de la India bajo la dominacion inglesa, ó más bien á la en que se encontraria Damasco el dia en que la Siria fuese conquistada por una potencia europea. Josefo pretende (aunque en ello cabe mucha duda) que si un romano traspasaba las estelas en que se hallaban las inscripciones que prohibian avanzar á los gentiles, los procuradores le entregaban á los judíos para que le diesen muerte[1046].
Los agentes de los sacerdotes ataron á Jesús y le condujeron al pretorio, antiguo palacio de Heródes[1047], inmediato á la torre Antonia[1048]. Era la mañana del dia en que debia comerse el cordero pascual (viérnes, 14 de nisan,—3 de Abril). Los judíos se habrian mancillado entrando en el pretorio y no habrian podido celebrar el festin sagrado; por esta razon permanecieron fuera[1049]. Noticioso Pilato de su presencia, subió al bima[1050], ó tribunal, que se hallaba situado al aire libre[1051], en el sitio que tenía por nombre Gabbatha, en griego Lithostrotos, á causa del embaldosado que recubria el suelo.
Tan pronto como se le informó de la acusacion, Pilato manifestó el disgusto que le causaba el tener que mezclarse en aquel asunto[1052]. En seguida se encerró con Jesús en el pretorio. Los detalles precisos de la entrevista que allí tuvo lugar, no habiendo podido ningun testigo revelárselos á los discípulos, quedaron envueltos en el misterio; sin embargo, Juan parece haberlos adivinado con bastante exactitud. Su relato se halla en perfecta consonancia con lo que la historia nos refiere respecto á la situacion recíproca de los dos interlocutores.
El procurador Pontius, apellidado Pilatus, sin duda á causa del pilum ó dardo de honor con que fué condecorado[1053] él ó alguno de sus progenitores, no habia tenido hasta entónces ninguna relacion con la secta naciente. Indiferente á las querellas intestinas de los judíos, no veia en todos aquellos movimientos de sectarios sino el efecto de imaginaciones acaloradas y de cerebros extraviados. En general, los judíos le inspiraban poquísimo cariño. Pero si el procurador detestaba á los nietos de Moisés, éstos le pagaban con usura; encontrábanle duro, violento, despreciativo, y le acusaban de crímenes increibles[1054]. Jerusalen, como centro de una gran fermentacion popular, era una poblacion sumamente sediciosa y un punto de residencia insoportable para un extranjero. Los exaltados pretendian que el nuevo procurador habia hecho propósito firme de abolir la ley[1055]. Su mezquino fanatismo y sus odios religiosos no podian ménos de sublevar ese ámplio sentimiento de justicia y de gobierno civil que el más incapaz de los súbditos romanos llevaba consigo adonde quiera que iba. Todos los actos que de Pilato conocemos nos le presentan como un buen administrador[1056]. En el primer período del ejercicio de su cargo habia tenido con sus administrados sérias dificultades, que zanjó de una manera bastante brutal; pero áun entónces parece que la razon se hallaba de su parte. Los judíos debian parecer al procurador Pontius, gentes atrasadísimas, y sin duda le merecian el mismo juicio que á un prefecto liberal merecieron en otro tiempo los Bajos-Bretones, los cuales se insurreccionaban contra la apertura de un nuevo camino ó el establecimiento de una nueva escuela. En sus mejores proyectos por el bien del país, y con particularidad en todo cuanto se relacionaba con las obras públicas, Pilato habia encontrado siempre la Ley como un obstáculo insuperable. La Ley, en su espíritu absurdamente conservador, restringia la vida hasta el extremo de oponerse á todo cambio y á toda mejora. Las más útiles construcciones romanas eran para los judíos celosos objeto de particular ojeriza[1057]. Dos escudos votivos con inscripciones, que el procurador Pontius habia hecho colocar en su palacio, el cual se hallaba contiguo al sagrado recinto, provocaron una borrasca aún más violenta[1058]. Pilato hizo en un principio muy poco caso de aquellas susceptibilidades; pero ellas le obligaron despues á hacer uso de sangrientas represiones[1059], cuya severidad debia más tarde ocasionar su destitucion[1060]. La experiencia de tantos conflictos le habia, pues, hecho prudente en sus relaciones con aquel pueblo intratable, que se vengaba de sus dominadores obligándolos á usar con él de odiosas crueldades. El procurador experimentaba supremo disgusto al verse obligado á desempeñar, por una ley que detestaba[1061], un papel activo y abominable en aquel nuevo asunto. Pilato sabía que el fanatismo religioso, así que ha obtenido alguna violencia de los gobiernos civiles, es despues el primero en arrojar sobre ellos la responsabilidad, y áun casi se permite dirigirles amargas acusaciones. ¡Suprema injusticia, puesto que, en semejante caso, el verdadero culpable es el instigador!